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Editorial


ED Nº 183, Septiembre 2010

Está bien personal esta editorial… Me fui de vacaciones a Rio por seis días, cuatro de lluvia, dos de sol con playa, poca gente, el agua impecable, la temperatura justa, la Renata con los sandwiches, Nelio con las caipiriñas...

Perdí el teléfono, lo que no es nada raro, y el computador de la casa de mi amiga Francisca nunca funcionó, a pesar de que todas las mañanas me despertaba y había un gordo negro gigante sentado frente a él, “tudo bom, tudo bom”. Hablé con la oficina lo justo y necesario y después me desconecté, pero de forma involuntaria, como los viajes de antes, sin celular ni computador, y un mes fuera.

Cual fue mi sorpresa cuando a la vuelta revisé mis mails y un amigo, que sabía que estaba de viaje, estaba francamente molesto por el hecho de que yo no le había contestado los correos, en uno decía, “al menos sé educado y responde”.

Ya nadie concibe el hecho de que uno se desconecte (fin de semana incluido), que la llamada perdida no se conteste de inmediato. Es la moda estar 16 horas del día “on line”, y también una obsesión, como estar mandando fotos de cada paso y cosa que uno hace.

Antes la gente invitaba a sus casas a ver las fotos de los viajes. Como decía mi amiga Marta Montt, “si uno no fue a ese viaje no interesa para nada”. Facebook, dicen, hace que uno se contacte con gente que no veía hace tanto tiempo, el reencuentro con los compañeros de colegio… A la gente que uno no vio más en la vida habrá sido por algo... Yo veo a toda la gente que quiero, es poca, pero nunca pierdo de vista a la que me interesa.

No cabe duda que a la gente le gusta verse, y que las páginas sociales de diarios y revistas son las más vistas, aunque muchos lo nieguen. Facebook tiene mucho de eso, un afán de mostrarse y de aparecer y si es en algún lugar exótico y algo espectacular, mucho mejor. Yo no tengo, lo encuentro expuesto y copuchento, sobre todo en un país como el nuestro.

Que la tecnología sirve, qué duda cabe, sobre todo para trabajar. Ahora uno lo puede hacer desde cualquier parte, y eso es una maravilla, un ahorro de tiempo, una productividad milagrosa, eso es avanzar, pero no más información de la necesaria.

En esta edición sí se van a poder desconectar, fotografiamos casas desde Colico a Cachagua, con todo el sabor, color y energía de la primavera y el verano. Un material que teníamos guardado, lindos jardines, vida al aire libre, campo, mar y lago, decoración sencilla y acogedora, como es el caso de Leo Urruticoechea en Cachagua.

Esta mujer se pasó para recibir bien, tener la casa linda, las niñitas preciosas y sin decir ni pío. Todavía recuerdo ese almuerzo a comienzos de febrero, el aperitivo de locos y machas, todo exquisito, bien servido, bien hecho, para sacar muchas ideas… Buen gusto la Leo, además hace unos cojines preciosos.

Meche Calvo en Villarica, su casita a los pies del castillo de sus suegros refleja todo el encanto y la “buena onda”, como dice esta mujer.

Constanza Pellegrini es una auténtica amazona y podría ser modelo profesional, le encantan los caballos y el campo. Fotografiamos su estilo de vida en Colico y en Santiago.

Y como es septiembre y estamos en el Bicentenario, este número quedó bien patriota,  con sugerencias más allá del mimbre y la cerámica de Quinchamalí, artistas, chefs, personajes como Edgardo Von Schroeders, que se dan poco, decoración, estilo de vida, todo muy Made in Chile.


        

 

 

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