Ha estado a cargo de proyectos emblemáticos como el hotel Hyatt de Santiago y el Awasi de Patagonia –que el año pasado premiamos como el mejor en nuestro Ranking ED-. También ha sido testigo del boom de las viñas del Valle Central y del crecimiento económico del país, que se ha traducido en casas y oficinas decoradas a la altura de lo que son. Paula Gutiérrez, arquitecto e interiorista, tiene mucho que contar sobre sus 25 años de carrera y lo hace con un libro que recoge los trabajos que mejor la representan.

La historia profesional de Paula Gutiérrez partió a lo grande. Tenía sólo 27 años cuando se le encargó el interiorismo de todo el hotel Hyatt; era 1990, comenzaba una época de muchos cambios en el país, y la inauguración de este hotel marcaba la apertura de Chile al mundo. “Fueron dos años de trabajo intenso, una especie de máster donde aprendí muchísimo, y por eso, aunque ya tenía una oficina chica, lo considero ‘el’ hito que marcó el comienzo de mi carrera”, dice la arquitecta y decoradora. De eso han pasado 25 años, aniversario que la animó a publicar un libro que reúne las obras más representativas de su trabajo. “Era un sueño de esos que uno se pregunta ¿¡cómo!? Trabajé con mi hija Paula Irarrázaval, que es diseñadora y coincidió que venía llegando de una práctica profesional en Nueva York; ella aportó ideas modernas y me ayudó a simplificarme. Fue una verdadera psicoterapia: la oficina es boutique, muy personalizada, y con cada cliente tengo finalmente una relación de amistad, así que me costó definir qué incluir y qué no”.

El libro se divide en dos partes: la primera, denominada Habitar, se ocupa de todos esos lugares donde uno pasa las 24 horas del día, desde una casa en la ciudad a una en la playa, incluso oficinas. Luego está Territorio, que incluye proyectos donde el entorno –natural o patrimonial– es protagonista. El hotel Awasi Patagonia, el Hanga Roa en Isla de Pascua, la viña Tabalí en Ovalle…

Paula se siente testigo de parte de la historia del país, de su crecimiento económico, de historias de éxito. “Después del Hyatt, y hasta el año 2000, trabajé remodelando muchas oficinas, abriendo los espacios, que hasta el momento eran muy cerrados; lo hice para empresas mineras, financieras y otras que reflejaban la expansión de Chile. Luego, como arquitecto proyecté muchas casas, varias fuera de Santiago; me tocó el desarrollo vitivinícola del valle central y los hoteles boutique. A partir del 2005 y hasta ahora estoy trabajando en espacios más privados; mucha gente que está interesada en vivir en lugares estéticamente lindos, como pasa afuera”.

 

¿Cómo ha evolucionado la decoración en Chile en los últimos 25 años?
Claramente hoy la gente está mucho más al día, a través de mejores revistas y catálogos de arte. He percibido una importante evolución del gusto y empieza a pasar lo que antes se veía sólo en los países desarrollados: piden ayuda para saber cómo comprar cosas buenas y de determinado estilo, por ejemplo, muebles de los años 50, o del siglo XIX, o de la secesión vienesa… eso es desarrollo, eso es cultura.

¿Quiénes son tus referentes?
En decoración, el belga Axel Vervoordt, me gusta mucho porque propone una manera suelta de vivir dentro de espacios refinadísimos, pone obras de calidad, sin mucha cosa. A nivel de arquitectura sigo respetando a Norman Foster, gran ícono del siglo XX, y también a los suizos Herzog y De Meuron.

Has definido tu sello como atemporal pero vanguardista, ¿cuáles son tus básicos en la decoración?
Creo que lo primero es generar una buena relación volumen-espacio, que el tamaño de los muebles sea coherente con el lugar en el que están puestos y la forma en que están distribuidos. Por eso me fijo mucho en la kinestésis, en cómo se mueve la gente dentro del espacio. ¿Qué sacas con tener cosas bonitas si no te puedes ni mover?
Sólo después me preocupo del look, o sea qué estilo y qué colorido usar, y lo defino después de mucho conversar con las personas. Para mí la base es que la cosa fluya.

¿Hay algo a lo que te cierres?
No me gustan los muebles hechos de muchos materiales distintos. Tampoco cuando las cosas son pretenciosas: ante una silla francesa mal hecha, prefiero una silla de campo. Mejor tener algo sencillo y más bonito.