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Flashback


ED Nº 183, Septiembre 2010

Edgardo von Schroeders Edwards:
Un viaje al mágico interior de las alfombras


POR JUAN JOSE RICHARDS E.
 

Mansión en en Sri Lanka

Fascinado por la posibilidad de trasladarse a conocer la magia de lugares únicos, Edgardo ha elegido casa como la mansion construída en 1922 en la Isla Taprobane.

En el refugio de los Edwards en Farellones

Su madre, Marta Edwards Cruzat

En Angkor Wat

Con su amigo, el instructor de yoga Boris Gonzalez, en un viaje al sudeste asiatico durante el 2009. Aquí, en los templos más impresionantes de Camboya.

En Zapallar

Diego Jose Fontecilla junto a Edgardo y su hermana Marta von Schroeders.  

Foto familiar

Junto a sus padres y a su hermana Marta en una foto familiar en la que también aparece su perro Chifle.

En 1956

Sus padres, Edgardo von Schroeders Larraín y Marta Edwards Cruzat, elegantísimos.

Una vista de su casa en Zapallar

Obra de la destacada arquitecta Noelle Echenique, que figuro en la VIII Bienal de Arquitectura de Venecia de 2002.

Abril de 1959

En la casa estilo inglés que su familia tenía en Málaga 379.

En la lancha de Luis Fernando Mackenna

Tomando sol con Ana Maria Cummins, Nina Mackenna, Chin Urruticoechea, Patricia Hurtado y Constanza Jorquera.

Edgardo en Bagan

O la ciudad antigua de los 4400 templos. Ciudad de la ex Birmania, actualmente conocida como Myanmar.

Detalle de una de sus alfombras

Incansable trotamundos, reconocido por su exquisito gusto y cultura, gran conversador, zapallarino de corazón y tradición, este buscador de alfombras antiguas ha recorrido desde hace más de 30 años el Oriente, convirtiéndose en el referente obligado de un oficio donde pocos otros se han aventurado. “En Chile somos tan buenos para el potpurrI que nadie se especializa nunca en nada”, sentencia con su particular sentido del humor. Pero, ¿Quién es el hombre detrás del personaje que transa las alfombras más finas en nuestro país? Aquí algunas pistas para entender mejor a este genuino esteta a quien sus amigos más cercanos describen con una virtud propia de los caballeros ingleses: “a man for all seasons”.



En 1935 el filósofo alemán Walter Benjamin detectó en su ensayo La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica, que la masificación de los procesos industriales amenazaban con poner fin al aura de la obra de arte. Benjamin aseguraba que una réplica no sería nunca lo mismo que un original: “Incluso en la reproducción mejor acabada, falta algo: el aquí y ahora, su existencia irrepetible en el lugar en que se encuentra. Falta la historia a la que ha estado sometida en el curso de su perduración y las alteraciones que ha padecido a lo largo del tiempo”. Hoy, 75 años después de ese visionario texto, mientras crece la oferta de imitaciones, souvenirs y falsificaciones en las distintas áreas del mercado del arte, los especialistas capaces de reconocer con solo mirar una pieza auténtica, son cada vez más escasos. En especial quienes están abocados a los rubros propios de las artes decorativas, como el exquisito y fascinante mundo de las alfombras antiguas.

Edgardo von Schroeders (53) es uno de los pocos chilenos que ha dedicado su vida a este oficio y, como suele ocurrir en este tipo de vocaciones, su talento se manifestó más temprano que tarde. Tenía siete años, estaba recostado en el living de la casa de sus padres en la calle Málaga, jugando a seguir con sus autitos los caminos delineados en las alfombras, cuando sintió que algo se despertaba en él: un interés particular por entender a través de la mirada, del olfato, de la intuición, el secreto que escondía el diseño de ese patrón. Fue prácticamente como si la alfombra le develara el trazado de su propia vida, mostrándole prematuramente a lo que se dedicaría años más tarde. Un mapa que seguiría su propio curso.

Por ese entonces, aún cuando era sólo un niño, Edgardo ya manifestaba un interés especial hacia el arte y no era de extrañarse; en su familia existía una larga tradición de culto a la belleza. Hijo menor del matrimonio entre el corredor de bolsa Edgardo von Schroeders Larraín y Marta Edwards Cruzat, su infancia estuvo marcada por dos influyentes figuras. Por un lado, su abuelo, el diplomático Óscar Edwards Bello, un gran coleccionista que vivió buena parte de su vida en París, “rodeado de cosas lindas”, como recuerda Edgardo. Don Óscar, hermano del intelectual Joaquín Edwards Bello, era dueño además de una destreza única para seleccionar y adquirir objetos de alto valor, muchos de los cuales se conservan todavía en la familia. Por otro lado, de su madre, Marta Edwards Cruzat quien, sacándole partido a un revés económico en la década del 60, se lanzó a bordar preciosas mantelerías y sábanas, aprendió a afinar la mirada hacia las manualidades. No hubo novia en Santiago que no armara su ajuar con Marta Edwards. Incluso a través de las embajadas de Inglaterra y España, sus trabajos terminaron enfundando las mesas y camas de los palacios reales de estas monarquías europeas. La Reina Isabel y el Rey Juan Carlos encargaban desde el otro lado del Atlántico las finas piezas realizadas por una chilena que, con talento y trabajo, superó un impasse creativamente.


A los 25 años fue otro familiar el que inspiró a Edgardo a dejar la cómoda vida que llevaba como publicista. “Me iba bien, pero me lateaba mucho”, cuenta. Con el mismo espíritu aventurero que había caracterizado a su abuelo, el Almirante Edgardo von Schroeders –destacado marino y fundador del Club de Golf de Los Leones y el Club de Golf de Cachagua–, vendió su agencia para viajar. Y se fue lejos. Aterrizó en la India, donde asegura que por fin conoció la libertad. Sacudido de las convenciones de Chile, frente a un mundo nuevo y estimulante, se lanzó a recorrer los lugares más insólitos de Oriente en busca de la belleza, con un amigo que había estudiado en Sotheby’s. Una vez en Afganistán, recordó sus primeras impresiones infantiles frente a las alfombras, cuando se encontró con antiguos tejidos que iban apareciendo en los pueblos más remotos que visitaba. Fascinado por estos verdaderos hallazgos se trajo algunas de éstas a Chile y tras reservárselas para sí durante algún tiempo, finalmente en una pellejería económica las puso en el remate de Chabela Eastman; las vendió todas. Eran sólo originales de alta calidad. Entonces apareció la demanda por más y su vida adquirió un nuevo sentido, junto con un claro rumbo: se dedicaría por completo al oficio de buscar y seleccionar personalmente alfombras. Y para eso se pasaría buena parte del año viajando.



 

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1 Comentarios 

Publicado Viernes 10 de Septiembre, 2010 - 15:23 hrs.
Que bueno que alguien traiga alfombras de primer nivel a Chile, donde tantos se conforman con imitaciones hechas a maquina,o alfombras hechas en serie comprada en los malls...Recordemos que cuando la aristocracia chilena iba a Paris hasta con la vaca a fines del 19 o comienzos del 20 no compraron ningun Picasso, Van Gogh o Monet...Recordemos tambien que el proyecto de Rodin para la Batalla Naval de Iquique fue rechazado por mostrar desnudos...

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