|
LAS PREGUNTAS Y EL AFAN POR LA AVENTURA
Mansión en en Sri LankaFascinado por la posibilidad de trasladarse a conocer la magia de lugares únicos, Edgardo ha elegido casa como la mansion construída en 1922 en la Isla Taprobane.   En el refugio de los Edwards en Farellones  Su madre, Marta Edwards Cruzat  En Angkor WatCon su amigo, el instructor de yoga Boris Gonzalez, en un viaje al sudeste asiatico durante el 2009. Aquí, en los templos más impresionantes de Camboya.   En ZapallarDiego Jose Fontecilla junto a Edgardo y su hermana Marta von Schroeders.
  Foto familiarJunto a sus padres y a su hermana Marta en una foto familiar en la que también aparece su perro Chifle.   En 1956Sus padres, Edgardo von Schroeders Larraín y Marta Edwards Cruzat, elegantísimos.   Una vista de su casa en ZapallarObra de la destacada arquitecta Noelle Echenique, que figuro en la VIII Bienal de Arquitectura de Venecia de 2002.   Abril de 1959En la casa estilo inglés que su familia tenía en Málaga 379.   En la lancha de Luis Fernando MackennaTomando sol con Ana Maria Cummins, Nina Mackenna, Chin Urruticoechea, Patricia Hurtado y Constanza Jorquera.   Edgardo en BaganO la ciudad antigua de los 4400 templos. Ciudad de la ex Birmania, actualmente conocida como Myanmar.   Detalle de una de sus alfombras 
|
Durante 30 años, en los rincones más insólitos del Oriente, de pie frente a antiquísimos textiles realizados por tribus nómades, Edgardo se ha hecho la misma pregunta: “¿Me gustaría quedarme con esta alfombra para siempre?”. Cuando se trata de una pieza única, en la que las mujeres de la tribu han impregnado no sólo sus experiencias anteriores, sino que sus esperanzas, anhelos y frustraciones, la respuesta suele ser sí. “Siento que las alfombras pueden llegar a tener una vida interior riquísima. Me pregunto qué ha pasado en 100 años sobre ellas, cuántas historias, intrigas, amores, guerras han ocurrido sobre esa sedosa superficie”, relata evocando el momento exacto en que, personalmente, selecciona cada una de sus compras. “No traigo más de 15 al año porque pretendo mantenerme a escala más íntima”, confiesa. “La selección es un proceso tan personal que luego, en Chile, a algunas alfombras les cuesta irse, pero eso es sólo porque a mí me cuesta desprenderme de ellas”, dice entre risas. “Finalmente termino cediendo y se quedan en casas maravillosas en que saben apreciarlas, lo que me hace feliz”, agrega.
A lo largo de los años, estos viajes de búsqueda no han estado exentos de aventuras. “Le sigo la pista al olorcillo de la alfombra por rincones impensados”. Recorriendo pueblos perdidos de Irán, Pakistán, Irak y Turquía, Edgardo ha visto cómo en medio de la idiosincrasia propia de estos paisajes lejanos, sumidos en constantes conflictos, se comercian abierta y clandestinamente desde condecoraciones de militares muertos, hasta recuerdos de la ex Unión Soviética pasando, por supuesto, por armas. Recuerda especialmente la vez en que un mercader no le creyó que era buscador de alfombras y lo llevó a una bodega subterránea en la que se encontró con un arsenal de guerra. “Imagínate lo que fue eso. La verdad es que ha sido una vida fascinante, incluso en las situaciones más extremas me he sentido tremendamente cómodo, y no he dejado nunca de maravillarme. Es un trabajo que hago solo, porque me tomo mi tiempo y mis libertades. Una vez que has aprendido a observar el diseño de una alfombra, puedes pasarlo muy bien sólo mirándola, perdiéndote en la profundidad del patrón”.
Las alfombras que Edgardo selecciona son verdaderas obras de arte. Joyas. Testimonios de un tiempo y de una cultura. En ellas no sólo está impreso el sentir colectivo de un pueblo, sino que también una técnica que se va yendo. Se trata de piezas elaboradas a mano, y con colores naturales, extraídos de vegetales, minerales y de insectos que recolectan sus mismos artesanos. “La idea de una alfombra es traer un jardín al interior, especialmente en zonas desérticas. Además de una tradición tribal, se trata de una expresión espontánea, en la que queda impregnaba una especie de cuento oriental. Una pieza así está llena de imperfecciones, pues las lanas se teñían en distintas épocas del año, por lo que los tonos no son nunca los mismos, no así como cuando una pieza está hecha en un taller en forma mecánica”, señala.
Una vez completado el riguroso proceso de selección, dejando atrás los vericuetos más intrincados de Asia, Edgardo se dedica a “hacer hora” en exóticos lugares del mundo, mientras los artesanos reparan las piezas que ha apartado para luego vender en nuestro país. “Es parte de la calidad de vida que me gusta llevar, no he querido transar el volumen de alfombras que traigo a Chile. Traigo pocas cosas, pero realmente muy buenas y mantengo así mi capital más importante, mis amigos y mi tiempo. Mucha gente me pregunta porqué no he puesto una tienda de decoración y lo cierto es que no podría, valoro demasiado mi libertad”, confiesa.
|
1 Comentarios