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ED Nº 163, Mayo 2009 |
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Eliana García-Moreno Vicuña
POR MARIA JESUS CARVALLO // FOTOS ALBUMES FAMILIARES
Junto a su marido, Max Errázuriz, con quien se casó a los 18 años, fue portada de la revista Town & Country como uno de los matrimonios “típicos” de Portillo, donde pasaban largas temporadas porque, además de deportista y jugador de polo, él era instructor de esquí. Nieto de Eugenia Huici –pionera del minimalismo en el mundo–, Max heredó ese gusto refinado y el amor por el arte, gracias a que pasó gran parte de su infancia en Suiza y muchos veraneos en Biarritz, donde Eugenia tenía una villa que siempre estaba llena de marqueses y artistas, como Pablo Picasso o Blaise Cendrars. Ya de grande volvió a nuestro país, conoció a Eliana, se casaron y se transformaron en una pareja deslumbrante y hasta un poco envidiada, que parecía sacada de una película.
No hay actrices de Hollywood en Chile, pero Eliana García-Moreno podría haber sido una de ellas perfectamente; su distinción la hizo famosa. Tenía un gusto fabuloso, un día podía estar como Jackie Onassis con anteojos negros, vestida de blanco y con pañuelo en la cabeza, y otro andar de sombrero huaso y botas vaqueras. Todo se veía bien con su pelo moreno, su sonrisa perfecta y sus labios gruesos pintados rojo.
Quizás a primera vista podía intimidar con su belleza, pero era muy simpática, amistosa, conversaba con el que se le pusiera al lado y hacía reír hasta que doliera la guata. Sus hijos, que siempre le dijeron “mamá linda”, confiesan que hasta hoy no tienen claro si ellos inventaron el sobrenombre o ella misma los obligó de chicos a llamarla así.
Le gustaba contar chistes, bailar y disfrazarse. A veces se transformaba en Gloria Trevi con una peluca igual a la de la cantante, o en una extranjera –hablando un inglés perfecto, que aprendió sola y en muy poco tiempo– o en lo que se le viniera a la cabeza en el minuto. Era tan buena actriz que engañaba hasta a sus más cercanos, como una vez en que se hizo pasar por una viejita y le hizo dedo en la carretera a su hija Soledad y a su prima Meche que iban en auto a Santiago. Fue tan real la actuación, que la Meche no supo que era broma hasta que Eliana le confesó la gracia con una tremenda carcajada.
Sus nietos también la recuerdan como una abuela entretenida, que siempre estaba de cuaderno y lápiz escribiendo de todo, versos que se le ocurrían mientras copiaba recetas de cocina, cuentos para niños –que le fascinaban, soñaba con publicarlos y le inventó uno especial a cada uno– o divertidas odas, como una dedicada a “las tías”, que la craneó porque le cargaba que la “tiara” cualquiera que no fuera su sobrino; decía que para eso existían los nombres.
Pero más allá de esa faceta lúdica, Eliana también tenía su lado más serio y profesional. De ser dueña de casa un día decidió que quería trabajar y lo hizo por más de diez años en una oficina donde se hizo conocida por su facilidad para los idiomas. Siempre estuvo agradecida de esa experiencia, la que le ayudó a ser extremadamente independiente y a estar activa hasta los últimos días de su vida.
El 20 de febrero pasado murió a sus 86 años, rodeada de sus más cercanos, con los anteojos oscuros que jamás se sacaba.
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