POR MAGDALENA BOCK // FOTOS ALBUMES PRIVADOS
De Patricio Goycoolea, ese hombre buenmozo, alto y acostumbrado a lo bueno, que hacía suspirar a las mujeres, sólo queda la estampa de lord inglés. Lo dejó todo para transformarse en un monje zen, dedicar su vida a la meditación y al desapego total. Ahora lo siguen del mundo entero.
Cuando Jikusan salió del monasterio en Japón lo primero que hizo fue ir al correo para mandar un telegrama. Cómo nunca aprendió a hablar japonés -dentro del monasterio casi no se hablaba en ningún idioma-, el que lo atendió no supo cómo mover las manos para explicarle que eso de los telegramas ya no se usaba, tampoco pudo explicarle con mímica que para comunicarse tenía que tener un mail. Habían pasado diez años desde que Patricio Goycoolea había entrado al monasterio, en el intertanto él se había hecho monje zen, lo habían bautizado como Jikusan, que significa compasión del cielo, y se había acostumbrado a una vida de silencio, paz, meditación, desapego y comida vegetariana. No se reconocía ni a él mismo. Estaba flaco, le había cambiado el cuerpo por la meditación, el yoga, el arroz y la sopa miso, se había afeitado la cabeza y la barba y como en el budismo zen la vanidad no tiene cabida, tampoco tenía espejos para mirarse. Sólo se había visto de reojo reflejado en el vidrio de alguna tienda durante sus pocas salidas al exterior.
En la vida real, la tecnología avanzaba y los inventos más insólitos formaban parte de la rutina de todos los mortales. “A veces cuando mendigaba me llamaba la atención ver a tanta gente sentada mirando las pantallas del computador, pensaba que estaban viendo películas muy populares”. Este avance fue lejos el que más le sorprendió.
La historia de este hombre espiritual, buenmozo, alto (mide 1 metro 88, lo que en Oriente le significó cientos de golpes en la cabeza cada vez que entraba o salía de las casas construidas para los asiáticos) y descendiente de una de las familias chilenas más tradicionales, podría ser la del guión de una película de Hollywood, o más bien de Bollywood, porque su vida está mucho más marcada por Oriente que por Occidente.
Casi todos sus parientes tienen nombres de calle: Candelaria Goyenechea era su tatarabuela, Rosario Espoz su abuela, Narciso Goycoolea su padre y Ada Zerbi, su madre, cuyo nombre no está en el mapa terrestre de la ciudad, pero sí marcó un hito en el aéreo. Fue la primera mujer chilena en cruzar sola la cordillera de Los Andes en un avión pequeño. Todo partió de una discusión con su marido porque no la quería llevar a Buenos Aires. Como era de armas tomar, decidió partir sola con una que otra instrucción, “cuando veas dos valles no te tienes que ir por el grande porque ahí es donde se ahogan todos los aviones, tienes que doblar a la derecha, por el más chico, por Portillo”, le aconsejó Narciso Goycoolea, como quien da las indicaciones para salir a la carretera. Llegó bien y por eso hasta el día de hoy, que tiene 92 años, la recuerdan en las ceremonias de la Aeronáutica Nacional y le mandan trofeos.
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