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Flashback


ED Nº 171, Noviembre 2009

Fernando Mayer


POR BARBARA MAYER

Fernando Mayer a los 18 años

Recién llegado a Chile desde Alemania

Familia Fundadora de la empresa Fernando Mayer

Diseño de oficina en los años 60

Diseño que se le realizó a la oficina del entonces abogado y parlamentario Jacobo Schaulsohn en los años 60

Productos de la empresa

Uno de los primeros escritorios de la empresa

Diseño característico de los años 50

Inspirado en las tendencias nórdicas

Living de la década del 50

Diseño característico de los años 50

Inspirado en las tendencias nórdicas

Uno de los primeros diseños de Mayer

Típico sofá de los años 50

Diseño característico de los años 50

Inspirado en las tendencias nórdicas

Comedor de la decada de los 60

Su Buffet contaba con un sistema de puertas correderas con cortinas retráctiles

El primer equipo de trabajo

Fernando Mayer con sus primeros colaboradores

Imagen de la fábrica en Santiago

En la época en que se elaboraban los gabinetes para los televisores que luego se armaban en Arica

Uno de los trabajadores

Más de mil trabajadores que han pasado por la empresa

Uno de los últimos diseños de la empresa

Sillas So Happy

De la firma italiana Max Design, disponibles en Casa Mía

Sillón Egg de Jacobsen

Importado por la empresa


Esta es la historia de un aprendiz de maestro carpintero que se vino de Alemania a Chile a los 18 años. Llegó con sus padres y una caja de herramientas. Acá sembró un humor simple, buenos amigos y pocas palabras, una familia y una empresa de muebles que este año cumple 70.

Sin querer, la vida le hizo un tremendo favor a Fernando Mayer. Al no poder terminar el colegio producto del régimen nazi en ese entonces en Alemania, se puso a trabajar en un taller de carpintería como aprendiz. Fue eso lo que, al llegar a Chile dos años después, le dio las herramientas para formar la empresa que jamás imaginó.

En 1939, luego de bajarse de un barco que se demoró un mes en llegar a Valparaíso, junto a sus padres se trasladaron a Santiago y se instalaron en una casa de la calle Santa Magdalena. En el patio quedó el contenedor que había trasladado sus pertenencias.

Fernando Mayer salió a la calle con su caja de herramientas y rápidamente consiguió trabajo en una mueblería, claro que la primera semana la trabajó gratis: no le pagaron el sueldo. Después de pasar por otra fábrica, de puertas y ventanas, decidió independizarse junto con un amigo que había conocido en el barco, Hans Freund.

Ya tenían suficientes encargos, así que se instalaron en el contenedor del jardín, su primer taller. El dueño de la fábrica les dijo: “muchachos, los felicito. Van a trabajar mucho más, van a ganar mucho menos, pero así se empieza”. Mayer tenía 18 años.

El primer nombre que tuvo la empresa fue “Muebles Record”, pero duró poco y cuando tuvieron que regularizar la sociedad le pusieron “Freund y Mayer”.
Pues bien, en el contenedor empezaron a hacer todo tipo de pedidos. En ese entonces, las tiendas estaban empezando a armar sus vitrinas y necesitaban infraestructura. Consiguieron grandes trabajos, como para la Viña Tocornal; empezaban a las siete de la mañana y terminaban a las diez de la noche. Fernando Mayer se movía a todos lados con su bicicleta que había traído de Alemania, para ahorrarse los 20 centavos de la micro y para evitar las aglomeraciones y las pulgas.

Pudieron contratar a los primeros ayudantes, todos con sobrenombres que llamaban la atención de estos “gringos”. Estaban el “Patezancudo", el “Carepalta” y el “Guatevaca”. Mayer era el “Carejaiva”, por la irritación característica de su piel. Arrendaron también el primer local, en la calle Lira. Querían comprar máquinas, pero no les alcanzaba. Entonces, fueron a la Ferretería Montero y el dueño les dijo: “llévense lo que quieran, ya me van a pagar”. Le devolvieron el dinero prestado a los dos meses. “Eran tiempos en que se confiaba más”, contó alguna vez Fernando.

Les empezaban a pedir instalaciones para Falabella, Peñalba, American Milkbar y Madison, La Ville de Nice y otros. “Teníamos como subcontratista a un gasfiter al que había que amarrar para que no se arrancara con las chiquillas; si no, no podíamos cumplir”. Ya eran los años 50.

En los tiempos ociosos de las máquinas empezaron a hacer los primeros muebles de casa. “La empresa ya era conocida por el rigor de su manufactura, lo que atrajo a un gran equipo de decoradores de la época a encargar proyectos completos, casi todo a medida”, cuenta su hija Ruth, hoy directora de la empresa. “Muchos de estos muebles de estilo escandinavo hoy son considerados clásicos, y en alguno que otro taller de restauraciones todavía se pueden encontrar”.

De a poco empezaron a probar también con muebles de oficina. “Se dio con un diseño de Risom y empezaron a fabricar el famoso escritorio de madera que hasta hoy mantienen algunas empresas, como la actual mina El Teniente de Codelco (ex Braden Cooper Company)”, cuenta Roberto Mayer, hijo de Fernando y actual presidente de la empresa. “Hoy es considerado una joyita: se hacía de madera sólida, con la cubierta de placa carpintera enchapada. La madera era de castaño, luego de eucaliptus, y los interiores de los cajones eran de lingue”, agrega. Fueron, también, los primeros en usar el aglomerado enchapado, para reemplazar la cubierta de esta mesa, cuando nació Masisa.

Alrededor de los años 60 Fernando Mayer conoció a Jorge Undurraga Aninat, arquitecto entonces a cargo de los escritorios de los ministros y el gobierno. A Undurraga se le ocurrió asociarse en una tienda en Serrano con la Alameda, para que él vendiera sus muebles de nicho y Mayer los masivos: todo un éxito.

Hasta entonces se usaban los escritorios de fierro (de Guzmán), y con éstos empezaron a entrar los de madera: “duraban lo mismo o más que los metálicos, no eran más caros y eran mucho más cálidos y de diseño”, agrega Roberto. Los famosos escritorios se hicieron conocidos en todo Chile. Llegaban también grandes clientes como el Banco de Chile o el Banco Sudamericano.

Por ese entonces, el local donde trabajaban les empezó a quedar chico, querían algo propio para poder encastillar la madera. Además, Hans Freund había anunciado su retiro y la empresa se pasaría a llamar “Industria maderera Fernando Mayer SA”. Nació así la fábrica en General Velázquez, el año 57, hasta llegar al sitio actual, en la calle Santa Adela, Maipú. Fue ahí donde pudo tener finalmente su propia secadora de madera.

Con la UP se abrió otro negocio, como se dictó un decreto para fomentar la mano de obra en Chile, los televisores llegaban desarmados. En FM fabricaban los gabinetes de madera y se mandaban a Arica, donde se les instalaba la parte electrónica y se distribuían de ahí a lo largo del país.

También se hicieron varias remodelaciones de oficinas estatales y se habilitó por completo el actual edificio Diego Portales.
Entonces, sus dos hijos (el mayor había estudiado ingeniería en industrias madereras en Alemania y la menor ya era diseñadora) ya trabajaban con él y su mujer Eva, siempre a cargo de las finanzas.

Cuando se acabó la industria de los gabinetes se dio el vuelco total hacia oficinas. “Se fabricaba contra inventario, con bodegas llenas. Cada vez que salían nuevos modelos había que agrandar las bodegas, al final eran más grandes que la fábrica”, cuenta Roberto.

Se empezó a pensar en nuevos diseños, para poder competir, además, con las importaciones. Así surgieron las alianzas con empresas extranjeras como Herman Miller, Ares, Giroflex, Fritz Hansen. A fines de los 90 se abrió el showroom en Av. Kennedy y hace dos años nuevamente se empezaron a comercializar muebles de casa, bajo el nombre Casa Mia by Fernando Mayer, con diseños fabricados acá y también representaciones exclusivas y originales.

Uno de los últimos acuerdos que firmó la empresa es con la firma italiana Horm, para fabricar en Chile, bajo licencia exclusiva, mobiliario de diseñadores prestigiosos como Karim Rashid, Mario Bellini y Toyo Ito. Parte de ese mobiliario está interviniendo uno de los proyectos arquitectónicos más importantes del último tiempo: la única casa del arquitecto japonés Toyo Ito en América, del proyecto Ochoalcubo en Marbella.

En tanto, los proyectos de oficina continúan enfocados en pedidos a medida, siguiendo las tendencias e incorporando nuevos diseños y tecnología, sin descontinuar líneas.
Fernando Mayer, el hombre, se despidió de todo esto hace ya cinco años. Fernando Mayer, la empresa, está viva y este 2009 cumple 70 años. En ella siguen trabajando sus dos hijos Roberto y Ruth, y ya se empieza a incorporar la tercera generación.

Permanecen, también, muchas personas que alcanzaron a trabajar largos años con este alemán de pocas palabras y humor simple. Cada uno tiene sus propias historias con “El Feña”, pero en todos queda algo de ese hombre siempre preocupado de cumplir y de hacer bien lo que emprendiera, algo porfiado, al que no le gustaba hablar de sí mismo, y que era feliz sentado en una lancha en el sur esperando que picara algún pez.
 

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