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| ED Nº 185, Octubre 2010 | |
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Francisco de la Puente POR MARIA JESUS CARVALLO // FOTOS GENTILEZA ALBUMES FAMILIARES Y ARCHIVO ED "Aquí hace frío, te aviso desde ahora. Tengo estufas, pero no las uso, porque prefiero abrigarme con mantas de lana y chalecos gruesos. Si quieres, te presto uno”. Así partió la entrevista que le hice a Francisco de la Puente hace unos seis años. Tenía que escribir sobre su casa-taller y su arte. Y en el poco tiempo que duró la conversación, pude darme cuenta de la persona que había detrás de esa enorme barba blanca y pelo despeinado. Un hombre especial, distinto, con un talento innegable, alegre y con un sentido del humor único, simpático, simple. Pancho –todos le decían así– llamaba la atención desde lejos, pero sin quererlo. Rayaba en lo sencillo y en lo austero. Hacía maravillas con nada, tejía, bordaba, arreglaba cosas, creaba, y desde el barrendero hasta el carnicero de su barrio lo reconocían cada vez que pasaba en su bicicleta amarilla o en su antiquísima camioneta Citroen Ami 8 acelerando a mil. De cómo se convirtió en artista ni él mismo lo sabía. Alguna vez contó que él creía que eran fuerzas superiores que lo movieron y estimularon desde la infancia. Y aunque en un primer minuto entró a estudiar Diseño de Paisajes al Incacea, siguió con Arte en el Instituto Cultural de Las Condes, para luego especializarse en Madrid con Eduardo Peña y Austria en el taller de Rudolf Hausner. Sin embargo, su relación con la naturaleza y el aire libre lo marcaron desde un comienzo y se preocupó de hacerlo presente en sus obras hasta su último día. Un poco influenciado por el "qué dirán", en algún momento de su juventud postuló para trabajar en un banco, pero al poco tiempo se arrepintió y tal como comentó alguna vez, “por suerte no me contrataron, porque además de disléxico, me hubiera muerto de aburrimiento”. Fue ahí cuando apoyado por su familia hizo del arte su profesión y su trabajo. “Yo no vivo gracias a la pintura, sino que vivo por ella”, decía. Con los años, lo llamaron para hacer clases. Primero en la Universidad Mayor, después en la Universidad de Talca y luego en la Finis Terrae. Original como era, más que enseñar a pintar, su verdadera misión fue siempre tratar de abrirle los ojos a sus alumnos. Que aprendieran a mirar de verdad, que ampliaran su universo, su mente y se atrevieran a crear. Así lo describe Anton Birke, su íntimo amigo por más de 20 años, y aclara que este principio no sólo lo aplicaba a sus alumnos, sino también a sus amigos. “Tenía el don de mirar algo y descubrir detalles nuevos cada vez que lo hacía. Podía observar el cielo y sus colores infinitamente, y siempre les encontraba un detalle distinto. Además incentivaba a otros para que también lo hicieran”. Gozador de la vida, su casa-taller en José Manuel Infante era centro de reunión y, sobre todo, lugar de tertulias nocturnas. Hasta ahí llegaban sus más cercanos, los que acompañados de música como la de Leonard Cohen, disfrutaban de una infaltable copa de vino y exquisitos aperitivos que el mismo Pancho preparaba ingeniosamente sin grandes lujos. “Este plato está para Burda (una revista de moda de los años 50) ”, decía orgulloso por lo lindo que se veía. “Hasta el más mínimo detalle lo convertía en una obra de arte, todo lo que hacía tenía talento, incluso la forma como ponía las alcaparras en un plato”, cuenta Anton. |
1 Comentarios
LINDO EL ARTICULO, LO REFLEJA, AYER ME LLEGÓ POR FACEBOOK UN ENLACE, CON UNA ENTREVISTA A SU HIJO, CON MOTIVO DE QUE HABLARA DE ÉL.
MUY LINDA...