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Flashback


ED Nº 185, Octubre 2010

Francisco de la Puente
1953 - 2010


POR MARIA JESUS CARVALLO // FOTOS GENTILEZA ALBUMES FAMILIARES Y ARCHIVO ED

Francisco de la Puente

En su casa-taller el 2001.

2007

Dando una de sus típicas clases universitarias.

Obra hecha en madera, 2004.

Una vista del patio de su casa

Ahí, entre plantas cultivadas por él mismo, llenó con objetos recolectados –como el escudo de su colegio– y también otras cosas fabricadas con sus manos, como la mesa.


"Aquí hace frío, te aviso desde ahora. Tengo estufas, pero no las uso, porque prefiero abrigarme con mantas de lana y chalecos gruesos. Si quieres, te presto uno”. Así partió la entrevista que le hice a Francisco de la Puente hace unos seis años. Tenía que escribir sobre su casa-taller y su arte. Y en el poco tiempo que duró la conversación, pude darme cuenta de la persona que había detrás de esa enorme barba blanca y pelo despeinado. Un hombre especial, distinto, con un talento innegable, alegre y con un sentido del humor único, simpático, simple.

Pancho –todos le decían así– llamaba la atención desde lejos, pero sin quererlo. Rayaba en lo sencillo y en lo austero. Hacía maravillas con nada, tejía, bordaba, arreglaba cosas, creaba, y desde el barrendero hasta el carnicero de su barrio lo reconocían cada vez que pasaba en su bicicleta amarilla o en su antiquísima camioneta Citroen Ami 8 acelerando a mil.

De cómo se convirtió en artista ni él mismo lo sabía. Alguna vez contó que él creía que eran fuerzas superiores que lo movieron y estimularon desde la infancia. Y aunque en un primer minuto entró a estudiar Diseño de Paisajes al Incacea, siguió con Arte en el Instituto Cultural de Las Condes, para luego especializarse en Madrid con Eduardo Peña y Austria en el taller de Rudolf Hausner. Sin embargo, su relación con la naturaleza y el aire libre lo marcaron desde un comienzo y se preocupó de hacerlo presente en sus obras hasta su último día.

Un poco influenciado por el "qué dirán", en algún momento de su juventud postuló para trabajar en un banco, pero al poco tiempo se arrepintió y tal como comentó alguna vez, “por suerte no me contrataron, porque además de disléxico, me hubiera muerto de aburrimiento”. Fue ahí cuando apoyado por su familia hizo del arte su profesión y su trabajo. “Yo no vivo gracias a la pintura, sino que vivo por ella”, decía.

Con los años, lo llamaron para hacer clases. Primero en la Universidad Mayor, después en la Universidad de Talca y luego en la Finis Terrae. Original como era, más que enseñar a pintar, su verdadera misión fue siempre tratar de abrirle los ojos a sus alumnos. Que aprendieran a mirar de verdad, que ampliaran su universo, su mente y se atrevieran a crear. Así lo describe Anton Birke, su íntimo amigo por más de 20 años, y aclara que este principio no sólo lo aplicaba a sus alumnos, sino también a sus amigos. “Tenía el don de mirar algo y descubrir detalles nuevos cada vez que lo hacía. Podía observar el cielo y sus colores infinitamente, y siempre les encontraba un detalle distinto. Además incentivaba a otros para que también lo hicieran”.

Gozador de la vida, su casa-taller en José Manuel Infante era centro de reunión y, sobre todo, lugar de tertulias nocturnas. Hasta ahí llegaban sus más cercanos, los que acompañados de música como la de Leonard Cohen, disfrutaban de una infaltable copa de vino y exquisitos aperitivos que el mismo Pancho preparaba ingeniosamente sin grandes lujos. “Este plato está para Burda (una revista de moda de los años 50) ”, decía orgulloso por lo lindo que se veía. “Hasta el más mínimo detalle lo convertía en una obra de arte, todo lo que hacía tenía talento, incluso la forma como ponía las alcaparras en un plato”, cuenta Anton.

A esa casa llegó en 1984 directamente de Viena. Había terminado una beca en ese país y necesitaba un lugar donde instalarse hasta encontrar algo más definitivo. Un amigo le ofreció arrendarle una de las piezas y por varios meses vivió en tres metros cuadrados. De a poco se empezó a encantar con la construcción antigua y con la vida que se vivía en ese sector. Fue ahí cuando se le ocurrió comprarla, pero no sólo esa, sino además las siete de la cuadra. Junto a Anton Birke, su hijo Paul y otro gran amigo, Francisco Bustamante, aceptaron el trato, firmaron y se instalaron con sus talleres.

Coleccionista por instinto, Pancho hizo de ese lugar una gran instalación artística. Más que sólo cuadros y esculturas, lo llenó con todo lo imaginable. Lámparas de opalina, chapas antiguas, bancos de plaza, el escudo de su colegio, afiches de sus exposiciones, mesas hechas a partir de esculturas, además de mil obras suyas, de otros artistas e incluso una colección de servilletas con las firmas de sus amigos que colgó junto a su bar y que se volvió tan preciada que le ofrecieron comprársela varias veces. Lo llamaron el rey del cambalache, porque gracias al trueque logró conseguir las maravillas que le dieron vida a ese lugar.

Amigo de sus amigos, llamaba por teléfono todas las semanas y siempre tenía tiempo para visitar y preguntar por ellos. “Yo sabía perfecto cada vez que Pancho llegaba a mi puerta. Tenía un sello inconfundible: se pegaba al timbre y no lo soltaba hasta que le abrieran. Era su juego”, cuenta Anton Birke. Otra de sus grandes amigas es la artista Javiera Moraga y que agrega: “Me obligó a irme a vivir a uno de los talleres de Infante y luego a comprarme un terreno en El Ingenio. Ahí me enseñó a admirar la naturaleza y la cordillera, a descubrir el alma del paisaje y a ver con admiración, no sólo mirar. Me podía llamar a mi casa a las 6 de la mañana sólo para animarme a que me levantara. Me decía: ya pues arriba, yo ya estoy trabajando hace rato y llevo seis grabados listos. Hay que hacer”.

Con los años su arte también se fue simplificando, igual que él. Pinturas, dibujos y esculturas trabajadas con materiales simples, como alambres, cordeles, rocas y maderas recogidas en los terrenos de su casa en el Cajón del Maipo. Y casi como un legado, dejó lista una última exposición que tituló Paisaje 56 y que en el fondo buscaba dar a conocer su paisaje a los 56 años, su mirada, su mundo, su vida.

Su muerte dejó a todos sin palabras. Nadie creía lo que había pasado. Tan joven y sin muchas explicaciones aparentes. La misa del funeral fue un ejemplo más del gran cariño que le tenía la gente. Multitudinaria, desde el relojero, los dueños de un supermercado, los del restorán donde almorzaba y comía a diario, además de sus mil alumnos, conocidos y cercanos, todos quisieron estar ahí para despedirlo como se lo merecía. “Su legado es el haber formado a tantos jóvenes universitarios. Sus clases marcaron a mucha gente. Pancho es de esas personas que va a ser muy difícil de reemplazar, porque dejó un vacío muy grande”, dice Anton.   

 

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1 Comentarios 

ximena poblete barri
Publicado Miércoles 18 de Enero, 2012 - 19:44 hrs.
QUE PENA NO HABERLO CONOCIDO EN PERSONA, PERO ME PARECE QUE ME PERDÍ DE UN GRAN SER HUMANO.
LINDO EL ARTICULO, LO REFLEJA, AYER ME LLEGÓ POR FACEBOOK UN ENLACE, CON UNA ENTREVISTA A SU HIJO, CON MOTIVO DE QUE HABLARA DE ÉL.
MUY LINDA...

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