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Flashback


ED Nº 155, Octubre 2008

Graciela "Totó" Romero


POR XIMENA TORRES CAUTIVO

1998

Junto a Ximena Torres-Cautivo durante una de las entrevistas que les hicieron a propósito de algún libro.

En 1992

De pistola en mano con la actriz Marés González.  

Con Luis Bellocchio

En uno de los innumerables eventos a los que le tocaba asistir.

1956

Sentada entre su papá, Alberto Romero, y su hijo Alfonso Rosselló.

1988

Jacques Simon fotografiado por la Totó en uno de sus veraneos anuales en la Costa Azul.

En 1956

Durante un paseo campestre.

1977

Su hijo Alfonso Rosselló retratándola en la casa de sus padres en Viña del Mar.

En noviembre del 2002

Junto a Jordi Castell, en la fiesta de lanzamiento de la revista Paparazzi.

1948

Con su característica refinada estampa y clásico moño, Totó Romero retratada por una fotógrafa argentina en Buenos Aires.  

2002

Fotografiada por Ulises Nilo para una entrevista de revista Paparazzi.

Vivió y murió en forma consecuente, nunca quiso llamar la atención y evitó que se supiera de su funeral para no convertirlo en un "evento" de los que tanto se reía y de los que hasta un libro escribió. Muy independiente, le cargaba la falsedad. Siempre hizo y dijo lo que quiso, más cristiana que cualquiera –aunque no creía en nada–, leal como la más, divertida, irreverente, con un sentido del humor único, con buena pluma, inteligente y de amores y odios. Aquí un reportaje que le hicimos el 2008 a una figura emblemática del periodismo chileno, quien murió en sus sueños, en paz y rodeada de su familia.

“Creo que tengo facha de momia”. Así se explica que la mayoría de la gente la encuentre pituca, cuica, aristocrática, que el mito urbano le adjudique mayordomo y chofer, y que se le asocie más a cócteles y eventos sociales, que a la mujer de izquierda, hija de un intelectual, radical y masón, trabajadora esforzada que es. ¿Conclusión? No hay que dejarse llevar por las apariencias. Menos con la Totó.
 

Cuando la conocí vestía jeans Gloria Vanderbilt, camisa a rayas, blazer azul marino y coronaba su refinada estampa el famoso armado capilar en tono castaño oscuro power by Preference, que es su logo: el moño Totó.

Fue a mediados de los 80 y entonces me pareció el non plus ultra de la elegancia, una latina con charme, de esas que entrevistaba Mari Rodríguez Ichaso en la Vanidades en los 70, cuando mi mamá había cambiado la lectura de la revista Paula de los tiempos de Delia Vergara por este otro producto femenino de carácter continental. Yo me las leía enteras, partiendo por atrás, por las “novelas inéditas” de Corín Tellado, que eran una siutiquería maravillosa, llena de amantes sofocados que debían detenerse en “un parador carretero” a consumar su amor, porque la pasión era tan desbocada que no podían aguantarse a llegar al hotel donde pasarían su luna de miel. La Totó, además de alta, flaca y elegante, era la directora en Chile de Vanidades y, como taquillera periodista, figuraba como una de las dos mujeres invitadas por el difunto Willy Arthur a un viaje de antología por el Norte Grande. La otra era yo, novel periodista recién llegada a la Revista del Domingo de El Mercurio, mandada a integrarme a esta insólita caravana de inmersión altiplánica, donde además, por esas cosas de la vida, también iba mi pololo de entonces y marido de hoy. Este detalle tenía doblemente preocupados a mis aprensivos papás; así es que cuando mi mamá vio a la Totó en el aeropuerto –¡qué señora tan fina y respetable, sobrina además de la adorable María Romero!–, no encontró nada más apropiado y tranquilizador que otorgarle el rol de chaperona y ponerme en sus manos.

Hasta el día de hoy, la Totó se estruja con el encargo. Nada más inadecuado: si algo le mata a Graciela Romero Piñero son las historias de amor y pasión. Amparar amantes, alentar romances, estimular pasiones, la convierten en la cómplice ideal cuando se trata de amores contrariados y otras truculencias por el estilo. Así es que me dijo de entrada que si quería pernoctar con el pololo, ella haría la vista gorda. Y así fue también que me enteré de que, al igual que yo, era capaz de redactar a la pata de la letra una “novela inédita” de Corín Tellado. Nos reímos mucho en esa travesía por el desierto, muy distinta a la de Andrés Allamand, hablando de las heroínas con “los ojos melados”, de los galanes ataviados con “jersey de cashmere y pantalón de pana”, que manejaban “deportivos” y no eran “guapos en el sentido estricto sino extremadamente varoniles”, de “los pulsos palpitantes” de la niña cuando veía aparecer al joven de improviso y de “su extrema sensibilidad que se notaba en el sensitivo palpitar de las aletas de su nariz”.

Ahí descubrimos que nos daban risa las mismas tonteras y que no nos tomábamos nada demasiado en serio (ni a nosotras mismas ni al resto del mundo), cuestión que en este país de gente grandilocuente y preocupada más del parecer que del ser, siempre nos ha valido el apelativo de frívolas.


 

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