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| ED Nº 174, Enero / Febrero 2010 | |
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POR SOFIA ALDUNATE // FOTOS ALBUMES FAMILIARES Todos los ahorros de su vida los metió en billetes en una caja de zapatos, los escondió bajo un cajón del clóset de su casa en Lo Matta, luego la arrendó y partió en 1975 con su mujer Malú Urrejola y sus dos hijas, Catalina y Juana de sólo meses, a vivir a San Francisco. A la vuelta, un par de años después, mientras su mujer ordenaba el clóset para preparar la llegada de su tercera mujer, María, encontró olvidada una roñosa caja llena de billetes enmohecidos y comidos por los ratones… Así era Juan Carlos Edwards Braun, un hombre desprendido, libre, original, entretenido, irreverente, optimista, con un sentido del humor único y más. Mucho más. Un revoltoso alumno del Colegio Saint George que destacaba por su mala conducta y sus aptitudes deportivas; “el chico maravilla” de los saltos y piruetas en el tablón del Club de Golf Los Leones; el joven buenmozo que mataba entre las mujeres, que “hippió” en Sausalito, San Francisco, y trabajó con éxito en la bolsa de Nueva York; un apasionado que se enamoró a primera vista de su señora en Zapallar y al que sólo le bastaron 31 días juntos para tomar la decisión y casarse; un incondicional del lago Ranco, la pesca con mosca y el sur; un hombre con clase y bien educado; un padre atípico, que mandó a Juan Carlos, el menor de sus hijos y único hombre, (alias “Por Fin”) al colegio recién en quinto básico, porque lo prefería a su lado recorriendo el sur, buscando barcos y pescando. A principios de los 80 y arrastrado por la crisis económica, partió con la Malú y sus cinco hijos (el menor de meses) a vivir a Ranco por diez años. En ese entonces un rincón casi al fin del mundo, sin luz eléctrica, nada parecido a una civilización a varios kilómetros a la redonda y sin más comida que lo que la huerta y el par de gansos y corderos podían brindarles. Feliz dejó Santiago para emprender con su familia una de las muchas aventuras que llenaron su vida. El 8 de mayo del año pasado el cáncer que lo acompañaba hace mucho tiempo fue más fuerte que él. Murió dejando mil historias y recuerdos imborrables entre sus fieles y numerosos amigos, sus hijos, seis nietos y su señora por 37 años. Como esa vez, en 1987, que decidió comprarse un barco y comenzó una historia que nada tenía que envidiarle a la de Fitzcarraldo. Resumiendo, supo de la venta de un barco en el lago Todos Los Santos, lo compró, lo bautizó como La Puma y lo rediseñó completo por dentro junto a su amigo Luis Fernando Moro. Luego vino la odisea de trasladarlo. Arrendó un camión portatanques, puso La Puma arriba y luego los embarcó a ambos sobre La Pincoya, que los llevó por agua a Chaitén. En tierra y para llegar a Puerto Cárdenas, no les quedó más alternativa que arrasar con el alumbrado público que dejó en penumbras a todo el pueblo. “Desde entonces fue conocido como el colorín más famoso de la zona”, recuerda su hijo. Sea como sea, en ese barco cálido y confortable realizó inolvidables viajes de pesca con cientos de pasajeros atendidos por un cocinero, el capitán y dos boteros. Su sueño hecho realidad. Después, en 1996, vino la construcción del lodge de pesca en el Yelcho, algo así como el paraíso para los amantes de la pesca con mosca. Aquí se instalaba de noviembre a abril para atender a exigentes turistas de todas partes del mundo. Según el propio Juan Carlos, la sensación de sacar un pescado del agua era la misma que hacer un hoyo en uno en el golf, otro de sus desvelos. Del tablón pasó a la cancha. Fue un hombre de muchos y fieles amigos. Con Luis Fernando Moro compartieron toda una vida. “Juan Carlos era un tipo genial, generoso, transparente, cariños0 y con un particular sentido del humor. Un hombre de carácter fuerte y un gozador de la vida que asumió su enfermedad con mucho optimismo y fuerza”, recuerda éste. Macaco Ruiz, otro de sus inseparables, vecino desde niño, compañero de colegio y de golf resume: “Fue un hombre diferente y sencillo, que nos dejó a todos imborrables recuerdos”.
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