Volver |enviar a un amigo |imprimir | | aprobar

Flashback


ED Nº 174, Enero / Febrero 2010

La gran maestra

 

POR MARIA JOSE NAZAR // FOTOS ALBUMES FAMILIARES

En la década del 70

La Piti en la casa de Inés Lazo, en una reunión de yoga.

A fines de los años 70

En el fundo de su hermano Gonzalo en Quillota.

En su viaje a la India en 1972

Y junto a Inés Lazo, Laura Madrigal y un grupo de swamis en el río Ganges en Rishikesh.

En las playas de Mikonos

En 1987

Con su amiga Julita Astaburuaga en Jaipur, en uno de sus últimos viajes a la India.

Tres grandes amigas

La Piti, Inés Lazo, Laura Madrigal (todas practicantes de yoga) y el swami Chidananda en Rishikesh.  

A fines de los 90

Con Raquel Morales, su querida mama, en la casa de su hijo Vicente en Curaumilla.

El día de su matrimonio

El 6 de diciembre de 1941, saliendo de la Iglesia del San Ignacio con Vicente García-Huidobro.

En los 70

Junto a su inseparable amiga Inés Lazo, en una de las tantas reuniones de yoga.

Junto a Nicola di Bari

En un almuerzo organizado por su hermano Gonzalo Santa Cruz.  

En familia

A fines de los 90 junto a sus seis nietos y a dos de sus bisnietos.

En 1952

Con sus hijos Vicente y Francisca en el fundo de la abuela Carmela en Colchagua, el que visitaban todos los veranos.  

Viajera

En su viaje a Tailandia en 1982.  

Verano 1943

Con su hijo Vicente.

En el 2000

Con Vicente en Curaumilla.

En 1941

En el estudio de Jorge Opazo meses antes de casarse con Vicente García-Huidobro.


Una mujer excepcional, Carmen Santa Cruz no dejó que nada ni nadie le impidiera cumplir con lo que ella sentIa debIa ir haciendo a lo largo de su vida. Sus incansables viajes y su amor por la lectura fueron de gran ayuda para convertirla en una de las primeras profesoras de yoga de nuestro paIs. Con un cuerpo del siglo XIX y un espIritu avanzado, la Piti salió de todo parámetro para su época.   

El camino que Carmen Santa Cruz debía recorrer en su vida al parecer no estaba determinado desde el día en que nació, como la mayoría de las mujeres de principios del siglo XX. La Piti –como todos la conocían– se forjó el suyo a su pinta, sin caer en estereotipos ni dejar de lado sus principios.

Nació el 17 de octubre de 1916 y muy chica quedó huérfana de madre. Cuando tenía sólo cuatro meses murió su mamá, Carmela Errázuriz Larraín, y su papá, Gonzalo Santa Cruz Wilson –un joven abogado muy brillante, según cuentan–, por motivos de salud, terminó cediéndole el cuidado de sus hijos a su suegra, doña Carmela Larraín Valdés.

Su abuela fue un pilar fundamental y el único modelo a seguir para ella y su hermano Gonzalo. Mientras crecía, aprendía de esta mujer que se convirtió en su primera guía, quizá en la persona que sembró en ella el interés por buscar siempre algo más allá. Era una combinación perfecta de mujer tradicional pero a la vez con una mentalidad abierta, tolerante y por sobre todo, con una gran capacidad de proyectarse hacia el futuro. “La apoyó mucho siempre, tenía una actitud que para la Piti era como un yoga natural, por ejemplo a los 95 años plantó palmeras que se demoraban 150 años en crecer, sin importarle para nada que ella no las iba a ver. Trabajaba como en una dimensión de futuro que la marcó mucho”, cuenta su bisnieta Francisca García-Huidobro.

Como era común por esos años, los hermanos Santa Cruz tenían a su mama. Raquel Morales, una mujer cariñosa y muy racional, llegó cuando la Piti tenía sólo nueve años y desde ese momento nunca más se separó de su lado, literalmente.

A medida que fue creciendo, la Piti se caracterizó por ser una mujer estudiosa, siempre quería saber más y no se quedaba con lo básico. Estudió en las Monjas Inglesas y Francesas, se tituló de Servicio Social en la Universidad de Chile y lo complementó con Enfermería en la Cruz Roja. Entonces ya era una atractiva mujer, de delicadas facciones, alta y delgada, una belleza imposible de obviar. Por lo menos así fue para Vicente García-Huidobro Portales.


LOS INICIOS DE UNA FAMILIA
A esta pareja el destino los iba a juntar de todas maneras. A pesar de ser vecinos en Santiago –ella vivía en la Calle Dieciocho 207 y él en el 203–, se conocieron en Chillán, en pleno terremoto de 1939. La Piti estaba de viaje junto a su abuela Carmela y él era parte de una comitiva que llevaba ayuda desde la capital. El flechazo fue instantáneo y el pololeo corto. Se casaron el 6 de diciembre del 41 y juntos –incluida la mama– partieron a vivir en lo que en esa época eran las afueras de Santiago. Una casa de campo en Las Condes.

Entre animales, cultivos y cosechas, muy luego llegó el primero de sus hijos, Vicente, pero con él llegaron también los inicios de una grave anemia que empeoraba con el tiempo. Una enfermedad que la tuvo en cama por tres meses después de su primer embarazo y que con la Francisca la dejó más de un año completamente inmovilizada.

Los frecuentes desmayos y las visitas de sacerdotes para darle la extrema unción se hicieron intolerables. Hernán Alessandri, gurú de los médicos por esos días, le recetó tranquilizantes y se llevó una gran impresión cuando ella le respondió que prefería seguir con sus dolencias antes de pasar el resto de su vida dopada. “Ella, sabiéndose muy delicada, decía que quería ser una mujer plenamente viva, metida en el mundo y que el mundo no la destruyera. Esto resume su situación: una mujer con un físico del siglo XIX y una mentalidad del XX, que vivía desmayándose, que se sentía muy delicada y, sin embargo, tenía toda una mentalidad muy sana”, cuenta Vicente.

Al ver que la medicina tradicional no le ofrecía ninguna solución, tomó el asunto en sus manos y decidió que ella misma iba a descubrir su propia sanación. De esta forma, empezó una intensa investigación que la llevó a leer acerca de decenas de alternativas entre las que encontró una técnica oriental que llamó su atención. El yoga se mostró como una buena opción para sentirse plena física y mentalmente. Desde ese momento, los libros acerca de esta práctica se convirtieron en sus inseparables compañeros, ya que por esos años era desconocido en nuestro país, no existían la gran cantidad de maestros ni escuelas de yoga que hay actualmente.

Hasta que un día, y estando preparada en la teoría, conoció a una francesa que le enseñó las primeras técnicas, los pasos y posturas que le confirmarían que era esto lo que por años había estado buscando, el conocimiento que le hacía falta para poder llevar así una vida más plena.
El encuentro con esta maestra llegó en un momento clave. Paralelamente su matrimonio con Vicente se deterioraba cada día más: “Mi mamá era el encanto de los salones y mi papá el eterno maestro chasquilla”. A eso se sumó la falta de modelos a seguir por parte de los dos, ya que la Piti no contó nunca con sus papás y en el caso de Vicente, el matrimonio de sus padres, Manuela Portales y el poeta Vicente Huidobro, fracasó. Después de un esfuerzo de 17 años, se separaron en 1958.

Nunca más volvió a tener una relación estable, decía que no tenía tiempo para eso, a pesar de que sus hijos la incitaban para que se volviera a enamorar. “Mamá, y por qué no sales con tal o cual señor”, le decía Francisca, pero ella simplemente se moría de la lata. La Piti sólo podría estar nuevamente con alguien que le interesara tanto como su nueva pasión. El yoga llenó cada uno de los espacios de su vida.


NUEVOS AIRES
Era busquilla y su espíritu independiente la llevó a arriesgarse en su primera y única aventura económica. Mientras la mayoría de sus amistades estaban en sus casas, dedicadas por completo al cuidado de sus familias, ella trabajó durante seis años en Las Tres Pascualas, un negocio que instaló junto a sus amigas María Canales y Paz Larraín en la esquina de Providencia con Encomenderos. Ahí dieron cátedra del buen gusto, haciendo los más lindos arreglos de flores, que eran requeridos para decorar casas, todo tipo de eventos e incluso La Moneda, durante el mandato de Jorge Alessandri.

Pero el negocio terminó en el mismo período en que su matrimonio, empezando una nueva etapa, llena de viajes dedicados por completo a su querido yoga. Grenoble en Francia fue el primero de ellos, en donde pasó meses aprendiendo de un sacerdote jesuita. Esta experiencia no sólo le sirvió en la profundización de esta práctica, sino también le reafirmó su creencia de que por hacerlo no estaba dejando de lado su religión católica, algo que sus amistades temían. “No pensaba que por hacer yoga había que cambiarse de religión, sino que para ella era un camino para ser un mejor católico, judío o musulmán. Siguió yendo a misa y nunca se vistió de naranja”, recuerda hoy su nieta mayor, Antonia García-Huidobro, quien sigue los pasos de su abuela.

De ese primer viaje, siguieron siete más a la India, en los que se internaba en ashrams o monasterios, en donde a pesar de no contar con agua caliente y de dormir en el suelo por meses, llegaba con energías renovadas y mayores conocimientos del Hatha Yoga, técnica en la cual la Piti se especializó.

Parte fundamental en toda esta época fue su querida amiga Inés Lazo, una profesora de historia que de a poco se fue interiorizando en esta práctica y terminó por abandonarlo todo acá e irse a India. Junto a ella recorrieron ese país, en busca de nuevos y mayores conocimientos. Pero para ella, siempre hubo algo que la mantuvo relacionada con Chile, mientras que Inés terminó por convertirse en swami o monje.

Con la experiencia que fue adquiriendo, la Piti se sintió preparada para transmitir todos sus conocimientos y en 1962 empezó a dar clases en su casa de Presidente Errázuriz. En un principio todo era bien improvisado: armaba y desarmaba su living cada vez que las sesiones empezaban, hasta que optó por dejarlo por completo para “escuela” y en el segundo piso armó su casa. Hacía los cursos ultra personalizados, con no más de ocho a diez personas. Le gustaba conocer los más íntimos detalles de cada uno, sus problemas físicos y sicológicos, no los dejaba empezar sin antes una entrevista de dos a tres horas. “Lo clave es que la Piti no enseñó un yoga de moda, o un mix Occidente Oriente, sino un método que ella aprendió en la India, el cual siempre reconoció era una ciencia profunda y antigua, que la ayudó a ella a superar una anemia muy aguda, a estabilizarse emocionalmente, a enfrentar la vida desde otra perspectiva. Y por eso es que se atrevía a enseñar lo que sabía, consciente de que estaba lejos de ser una “iluminada”. Fue muy generosa con todas sus alumnos, fue muy amplia, eran tiempos en que Chile estaba muy dividido... y ella recibía en sus clases desde sus amigos del Partido Conservador hasta la señora de Allende, Hortensia Bussi, y luego a las hijas de Pinochet. A todos les tenía el mismo respeto y cariño”, recuerda con emoción Antonia.

En esas mismas clases participaba su familia. A todos los tenía encantados, no sólo por sus conocimientos, sino también con las historias de sus viajes a mundos tan distintos. Para sus nietos, ella salía de los cánones tradicionales, de la imagen clásica de las abuelas, era, sin duda, la más entretenida de todas. Si sus amigos decían que sus abuelas eran lo más top porque andaban en citroneta, ella se llevaba todos los premios porque además andaba en elefantes y se paraba de cabeza. Anécdotas que le costaron más de una reunión en los respectivos colegios de sus hijos, ya que constantemente los profesores llamaban alarmados por la gran imaginación de los niños.


UNA DURA REALIDAD
Pero su eterna energía de a poco se fue agotando. Después de uno de sus últimos viajes a la India, en 1982, notó que algo no andaba bien. Su cuerpo no estaba respondiendo de la misma forma que antes. A los 66 años, empezaron los primeros signos de un Parkinson que no la abandonaría hasta el final. “Fue un golpe brutal, una enfermedad completamente inexplicable para una persona que vivió arreglándole el riñón a la otra, el cuerpo a no sé quién, pero no sólo de mente, sino que pendiente de que siempre estuvieran 100% sanos todos sus alumnos y quienes la rodeaban”, explican sus hijos.

Como buena luchadora se negaba a aceptarla y le dio la pelea a su forma, haciendo dietas especiales, meditaciones –cuando cerraba sus ojos decía que hacía yoga mentalmente–, tomando agua de mar en ayunas y evitando tomar toda la medicina que le recetaban, no por ahorrar, sino que para guardar dosis para su vejez. A esas alturas el yoga, que la mantuvo por más de 12 años sin resfriarse y que la llevó a ser capaz de enfrentar varios tratamientos de conducto sin anestesia, ya no era suficiente para hacerle frente a tan terrible enfermedad.

Después de más de veinte agotadores años de pelea, la Piti partió el 27 de diciembre de 2008 (una semana después que su mama, con quien vivió hasta el final), dejando aquí un gran legado, los primeros pasos en Chile de una técnica que hoy ayuda a tantos de distintas formas, siendo ella el mejor de los ejemplos.  
 

Comenta este artículo

Código de seguridad
Refescar

Espacios / Inspiración

Busca lo que estas pensando y encuentra lo que mas te gusta.

Destacados

DATOS ED SEPTIEMBRE

Café Esperesso - Pura Decoración - Tortas...

Registro ED.cl

Política de Privacidad