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Flashback


ED Nº 173, Diciembre 2009

Mucho más que la voz de

Edith Piaf


POR ISABEL EYZAGUIRRE // FOTOS ALBUMES FAMILIARES

En el Cesar de Zapallar

Donde veraneaba junto a su prima Elizabeth Subercaseaux.

Con su prima Elizabeth Subercaseaux

En la casa de Las Urbinas, donde vivía cuando no estaba en Pirque. Eran muy amigas.

1961

Con Catucho Casanueva, su íntimo amigo de toda la vida.

Caminando por París

Donde vivió en la década del 70 con su hermana Josefina. Fue ahí donde ganó un concurso que buscaba a la doble de Edith Piaf. El premio era recorrer Europa cantando, pero ella prefirió el anonimato. Su lugar lo tomó la famosísima cantante francesa Mireille Mathieu.  

1988

En la primera comunión de su hija Carolina Bunge, junto a su padre Hernán Prieto Subercaseax, Hernán Prieto Vial y Sally Prieto Vial.  

Con su hija Carolina

En el Lago Ranco en un veraneo en la casa de los Vicuña Edwards.

La familia Prieto Subercaseaux:

Virginia Subercaseaux y Hernán Prieto Vial y sus hijas; María y Carmen. A la izquierda, María Vial Freire y Hernán Prieto Subercaseaux con Carola Prieto en brazos.  

En Portillo

Con su mamá María Vial Freire, quien fue una de las primeras mujeres que se vio esquiando en Portillo y que le inculcó este deporte a sus siete hijos.

1960

En una kermesse en el Liceo Alemán.

1961

A los 15 años en una fiesta con Federico Errázuriz.

Una de las pocas entrevistas que dio Carola a los diarios de la época


Carolina Prieto Vial murió hace algunos meses y no sólo sus más queridos la recuerdan. Su voz ronca, sus profundos ojos azules, su capacidad de salir adelante, su música, su relación con Dios  y sus innumerables anécdotas no hacen fácil la tarea de dejarla partir. Aquí un recuerdo de su prima y amiga Elizabeth Subercaseaux y un extracto en fotos de lo que fue su intensa vida.

¿Te acuerdas Carola?

POR ELIZABETH SUBERCASEAUX

Desde que supe la triste noticia de tu muerte no he podido dejar de pensar en ti, en nuestra infancia en Pirque, en los viernes en la tarde cuando me ibas a buscar a la salida del colegio con Tito, el chofer de tu papá y nos las emplumábamos a Pirque, donde pasábamos esos fines de semana inolvidables. Llegando nos tirábamos al agua de la piscina, ¿Te acuerdas? Y hacíamos competencia. Quién tenía más cuerpo de mujer. ¿Qué edad tendríamos entonces? ¿Unos doce, trece años?

¿Y te acuerdas cuando le robábamos el Fiat verde a tu papá para aprender a manejar e invariablemente terminábamos estrellándolo contra el portón de las cocheras? ¿Y cuándo hacíamos espiritismo con mi hermano Juan y nuestro primo Javier? Después de las sesiones que eran un perfecto fracaso, porque que yo recuerde jamás asistió ni medio espíritu a nuestra mesa, tú te quedabas mirándome un poco estupefacta y asustada (nunca te gustó mucho eso del espiritismo) y en la noche, en la oscuridad de nuestra pieza, cuando hacía rato que estábamos dormidas, me despertabas: “Eli, ¿no será pecado?”.

Y después, cuando empezaste a tocar la guitarra… cada vez que llegaban visitas a Pirque, tu papá te rogaba que tocaras, “ya Carolina, cánteles algo”, decía, y luego repasaba a las visitas con la mirada como diciéndoles "ya verán la voz que tiene mi Carolina" (te adoraba). Tú tomabas la guitarra y cantabas con una voz increíble para tus años, siempre fue como la voz de Edith Piaf, profunda y arrastrada, como si te saliera de las entrañas y con un acento francés tan perfecto que costaba creer que no hubieras nacido a media cuadra del palacio del Louvre.

Las visitas aplaudían y mi tío Hernán se echaba atrás en la silla, ufano, orgulloso de la niña de sus ojos que siempre fuiste tú. Como a los quince años empezamos a salir con chiquillos, íbamos a bailoteos, a malones, y eso fue un desastre para mí. Tú eras preciosa, tenías facha de modelo sin habértelo propuesto jamás, eras la coquetería misma, llena de chispa y encanto. Además tenías gracia para bailar. Todos se morían por ti, te pedían hasta el baile número veinte mientras yo, larga y flaca, como esperando un tren, planchaba en una esquina. “Yo te voy a ensañar un truco, Eli”, me dijiste una vez que reclamé porque estaba aburrida de planchar tanto, “lo único que tienes que hacer es esto”, y entornaste los ojos (no sé cómo lo hacías) y luego pusiste una boquita como de botón de rosa, que sólo era posible si se tenían tus labios… nunca me resultó ninguno de tus trucos y tú seguiste enamorando a los buenos mozos de la época mientras yo te admiraba suspirando de envidia.

¿Te acuerdas lo felices que fuimos en ese tiempo? Después, claro, la vida nos tiró para distintos lados y dolores, como a todo el mundo, sin embargo, yo recuerdo nítidamente tu cara cuando, años más tarde, me presentaste al mayor tesoro de tu vida, envuelto en un chal blanco: la Carolita. Llegaste a mi casa de la calle Espoz y me dijiste, “Eli, con ella mi vida está completa” y me pasaste a una guagua preciosa, igual a ti, a la cual adoraste hasta el minuto antes de tu muerte.

Carola de mi alma: no sé dónde andarás en estos momentos, pero sí estoy segura de que permanecerás en el rincón más luminoso de mi memoria, para siempre.
 

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2 Comentarios 

RODRIGO CABRERA T
Publicado Martes 1 de Noviembre, 2011 - 22:24 hrs.
Siempre recordaré a Carolina por sus bellas interpretacione s de las canciones de Edith Piaf.-
Publicado Domingo 25 de Abril, 2010 - 16:52 hrs.
Felicitaciones Elizabeth por este entretenido artículo con recuerdos de mi hermana Carolina. Solo hay un pequeño error -sin importancia por lo demás-, pero que habría que corregir. En la foto de los abuelos Hernán Prieto Vial y Virginia Subercaseaux con su familia, el niño que esta en los brazos de la abuela es Leonardo Prieto Vial -en el día de su bautizo en Pirque-, que nació en 1936. Mi hermana Carolina nació 10 años después, en 1946.
Saludos Daniel Prieto Vial

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