|
Mucho más que la voz de
Edith Piaf
POR ISABEL EYZAGUIRRE // FOTOS ALBUMES FAMILIARES
Carolina Prieto Vial murió hace algunos meses y no sólo sus más queridos la recuerdan. Su voz ronca, sus profundos ojos azules, su capacidad de salir adelante, su música, su relación con Dios y sus innumerables anécdotas no hacen fácil la tarea de dejarla partir. Aquí un recuerdo de su prima y amiga Elizabeth Subercaseaux y un extracto en fotos de lo que fue su intensa vida.
¿Te acuerdas Carola?
POR ELIZABETH SUBERCASEAUX
Desde que supe la triste noticia de tu muerte no he podido dejar de pensar en ti, en nuestra infancia en Pirque, en los viernes en la tarde cuando me ibas a buscar a la salida del colegio con Tito, el chofer de tu papá y nos las emplumábamos a Pirque, donde pasábamos esos fines de semana inolvidables. Llegando nos tirábamos al agua de la piscina, ¿Te acuerdas? Y hacíamos competencia. Quién tenía más cuerpo de mujer. ¿Qué edad tendríamos entonces? ¿Unos doce, trece años?
¿Y te acuerdas cuando le robábamos el Fiat verde a tu papá para aprender a manejar e invariablemente terminábamos estrellándolo contra el portón de las cocheras? ¿Y cuándo hacíamos espiritismo con mi hermano Juan y nuestro primo Javier? Después de las sesiones que eran un perfecto fracaso, porque que yo recuerde jamás asistió ni medio espíritu a nuestra mesa, tú te quedabas mirándome un poco estupefacta y asustada (nunca te gustó mucho eso del espiritismo) y en la noche, en la oscuridad de nuestra pieza, cuando hacía rato que estábamos dormidas, me despertabas: “Eli, ¿no será pecado?”.
Y después, cuando empezaste a tocar la guitarra… cada vez que llegaban visitas a Pirque, tu papá te rogaba que tocaras, “ya Carolina, cánteles algo”, decía, y luego repasaba a las visitas con la mirada como diciéndoles "ya verán la voz que tiene mi Carolina" (te adoraba). Tú tomabas la guitarra y cantabas con una voz increíble para tus años, siempre fue como la voz de Edith Piaf, profunda y arrastrada, como si te saliera de las entrañas y con un acento francés tan perfecto que costaba creer que no hubieras nacido a media cuadra del palacio del Louvre.
Las visitas aplaudían y mi tío Hernán se echaba atrás en la silla, ufano, orgulloso de la niña de sus ojos que siempre fuiste tú. Como a los quince años empezamos a salir con chiquillos, íbamos a bailoteos, a malones, y eso fue un desastre para mí. Tú eras preciosa, tenías facha de modelo sin habértelo propuesto jamás, eras la coquetería misma, llena de chispa y encanto. Además tenías gracia para bailar. Todos se morían por ti, te pedían hasta el baile número veinte mientras yo, larga y flaca, como esperando un tren, planchaba en una esquina. “Yo te voy a ensañar un truco, Eli”, me dijiste una vez que reclamé porque estaba aburrida de planchar tanto, “lo único que tienes que hacer es esto”, y entornaste los ojos (no sé cómo lo hacías) y luego pusiste una boquita como de botón de rosa, que sólo era posible si se tenían tus labios… nunca me resultó ninguno de tus trucos y tú seguiste enamorando a los buenos mozos de la época mientras yo te admiraba suspirando de envidia.
¿Te acuerdas lo felices que fuimos en ese tiempo? Después, claro, la vida nos tiró para distintos lados y dolores, como a todo el mundo, sin embargo, yo recuerdo nítidamente tu cara cuando, años más tarde, me presentaste al mayor tesoro de tu vida, envuelto en un chal blanco: la Carolita. Llegaste a mi casa de la calle Espoz y me dijiste, “Eli, con ella mi vida está completa” y me pasaste a una guagua preciosa, igual a ti, a la cual adoraste hasta el minuto antes de tu muerte.
Carola de mi alma: no sé dónde andarás en estos momentos, pero sí estoy segura de que permanecerás en el rincón más luminoso de mi memoria, para siempre.
|
2 Comentarios
Saludos Daniel Prieto Vial