Volver |enviar a un amigo |imprimir | | aprobar

Flashback


ED Nº 209, Julio 2012

Olga Budge de Edwards
Tenía 17 años cuando se casó con Agustín Edwards Mac Clure. Formaron una gran pareja, apoyándose mutuamente en todo. En 1930 él escribió el prólogo de “La Buena Mesa”, afirmando que el libro sería la “más completa e irremplazable enciclopedia culinaria para guía de todos los hogares”. No se equivocó.

POR SOLEDAD REYES DEL VILLAR FOTOS ARCHIVO ROBERTO EDWARDS 


OLGA BUDGE EN SUS AÑOS DE RECIEN CASADA, CERCA DE 1900. 


Olga Budge Zañartu era su nombre de soltera. Hija del ingeniero Enrique Budge Prats y de Carolina Zañartu del Río, creció en un ambiente tranquilo y acomodado, siendo la única mujer entre tres hermanos más. Siempre la trataron como reina. Ya en su adolescencia, se comentaba que era una de las mujeres más bonitas, cultas y elegantes de su época. Era alta, pálida, de una belleza clásica. Una de sus nietas la recordaba como una mujer orgu-llosa y refinada, con olor a lavanda, con su pelo siempre recogido en un moño y con unas manos blancas como porcelana, que cuidaba usando finísimos guantes, de encaje o de cuero según la ocasión.
Cautivadora a morir, con su encanto y perspicacia causaba admiración donde quiera que fuera. Literalmente, se robó el corazón de Agustín Edwards Mac Clure. Se casaron en septiembre de 1898, meses después de haberse conocido. El tenía 20 años, ella 17. Y en agosto del año siguiente tuvieron a su único hijo, otro Agustín, el cuarto de la dinastía familiar.
El suegro de Olga, Agustín Edwards Ross, había muerto hace poco de tuberculosis, por lo que al momento de casarse su marido heredaba el manejo del imperio y la fortuna familiar. Olga no se quedó atrás. Se involucró en los negocios con una inteligencia y capacidad extraordinarias. En una época en que la mujer debía limitarse únicamente a los hijos y a la casa, ella tomaba decisiones complejas y negociaba con una agudeza fuera de lo común. Y, por cierto, quien más la celebraba era su marido.
Paralelamente, la carrera política de Agustín fue en ascenso. Convertido en baluarte del Partido Nacional, tuvo varios cargos públicos, llegando a ser embajador en Londres en dos ocasiones. Pero a Olga le aburría la vida londinense. Prefería escaparse a París, donde le sobraban amistades. Amante de los bailes, la ópera, los teatros de moda, los autos de lujo, las tiendas y restoranes, ella supo combinar perfectamente su agitada vida social con el apoyo incondicional a la carrera de Agustín. Cuando no estaban juntos, se escribían cartas a diario. En 1920, desde Sevilla, él le escribió con pasión: “Te quiero hoy más que el primer día de nuestro matrimonio, y a medida que pasa el tiempo y veo desfilar centenares de mujeres, me convenzo más que no hay en el mundo una más linda que tú”. Años después, el tono de las cartas no cambió: “Los 24 años que han pasado no me bastan. Y quiero otros 24 iguales, con toda la felicidad que me has dado y que quiero conservar intacta”. Olga también demuestra su amor, pero de una forma más práctica y menos soñadora. Lo apoya incondicionalmente, lo felicita, lo consuela en momentos difíciles y le da consejos. Gran papel jugó cuando fueron exiliados durante el gobierno de Carlos Ibáñez del Campo, a fines de la década del 20. Instalados en París, ella nunca dejó de animar a su marido, que se encontraba pasando dificultades políticas, económicas y de salud. Se encargó especialmente de quejarse ante sus amigos, jamás ante Agustín. “Se necesita ser idiota para preferir vivir en ese país (Chile) de miserias y envidias, a estar tranquilo gozando de la vida, que es tan corta”, le decía.
Una vez de vuelta se instalaron en el Palacio Errázuriz Urmeneta, actual Embajada de Brasil. Con tanto viaje a Europa, no extraña que el nuevo hogar haya sido amoblado con lo mejor de lo mejor. Alfombras Smyrna, telas francesas, lámparas Luis XVI, muebles ingleses e incluso un coche de caballos español, eran comentados con admiración. Especial furor causó el completo servicio de plata maciza estilo Luis XV, mandado a hacer en París por la propia Olga. Ella convirtió su casa en el centro de la vida social santiaguina de la época. Y no sólo por las relaciones sociales que Agustín necesitaba fortalecer como hombre público, simplemente le gustaba. Lo mismo hizo en Viña, en su querida casa de Los Canelos, donde organizaba grandiosas comidas de traje largo. 
Pero Olga se vio envuelta en un escándalo no menor. En una exposición, el célebre Alfredo Valenzuela Puelma mostró su obra La Perla del Mercader, donde aparecía Olga desnuda. Se comentaba que eran amantes hace tiempo. También se dijo que Agustín reconoció a su mujer en el cuadro y que, para silenciar los rumores, mandó a esconderlo. El dueño de la obra fue enviado a Europa. Los familiares de Olga –Tita, la llaman sus nietos– dicen que esto no es más que un mito. Como sea, Olga y Agustín siguieron juntos para siempre.
En 1933 ella publicó La Buena Mesa, tal vez sin imaginar que se convertiría en una especie de Biblia de la cocina chilena, hasta el día de hoy. No sólo incluía una gran cantidad de recetas novedosas, sino también consejos útiles, técnicas, dietas para adelgazar, menús semanales y explicación de términos culinarios, especialmente franceses. Para Olga la gran gracia del libro es que estaba destinado a todo público, incluso a aquellas mujeres que se metían por primera vez a la cocina. Compartió todas sus recetas de guisos (chilenos, franceses, ingleses y peruanos), dulces, tortas, panes y cóctels. El prólogo está escrito por el propio Agustín Edwards. “Nadie podrá decir –afirma él– que no encuentra en estas páginas manera fácil y expedita de tener en su casa excelente mesa sin necesidad de entrar en gastos dispendiosos”. 
Los temas culinarios nunca dejaron de apasionarla. Cuando invitaba a comer ponía una tarjeta en cada puesto, indicando los tres o cuatro platos que se servirían, para que nadie fuera a llenarse con el primero. “Y esto lo hacía en comidas para treinta personas, o almorzando sola con un niño chico”, recuerda Roberto Edwards, uno de sus nietos. Al final de sus días, cuando ya se levantaba poco de la cama, nunca dejó de disponer el menú.
Su otra gran pasión, mucho menos conocida, fue la jardinería. Era una experta en el cultivo de plantas y flores. En su casa en Viña construyó un invernadero, algo verdaderamente exótico en la época. Hay quienes aseguran que fue uno de los primeros de Chile. Ella se desvivía por su jardín. Y al poco tiempo se transformó en una pequeña empresa, pues las viñamarinas no tardaron en llegar a comprar las plantas y flores que Olga Budge les ofrecía. Enviudó a los 64 años. Vendió la gran casa de la Alameda y se instaló en un departamento en el centro. Nunca estaba sola. Las visitas de familiares y amigos eran pan de cada día. Ella las prefería en las tardes, porque las mañanas las pasaba en cama. Estaba enferma y cansada. Tal vez echaba de menos a Agustín. Poco antes de morir confesó que “los años que estuvimos juntos no hicieron más que enamorarnos cada día más”. En 1957 se juntó con él.

 
 
 
 

 
 

 

Comenta este artículo

Código de seguridad
Refescar

Espacios / Inspiración

Busca lo que estas pensando y encuentra lo que mas te gusta.

Registro ED.cl

Política de Privacidad