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Flashback


ED Nº 160, Enero / Febrero 2009

Pablo Domínguez 1962 - 2008
Retrato de un hombre querido   
 

El hombre del millón de amigos

Samy Benmayor, Matías Pinto, Angel Parra, Pablo Domínguez, Bororo y Patricio Fernández, en el 2001.

1997

Con sus hijos Daniela y Samuel en el campo cerca de Los Vilos.

2002

Con sus hijas Daniela (la mayor) y Paulita.

Pintando en su taller, 2000

Dos grandes cocineros, 2000

Junto a su hijo Samuel.

Con Daniela y Samuel, 1997

1998

En los talleres de Arte que impartió en el colegio de sus hijos.

En el 2000

Con su hija Paulita, que echa de menos los personajes que inventaba con las máquinas de su edificio.

2007

Recorriendo Nueva York, 1992

1980

Los hermanos Claudio, Pablo y Mauricio Dominguez junto a su padre.

1980

Los hermanos saltándose a la casa de los vecinos en su querida casa de Rosita Renard.

1962

Pablo Domínguez de guagua.

En 1969

Con su hermano Marcelo en Laguna Zapallar.

La hermandad de los cuatro amigos:

Pablo, Bororo, Samy Benmayor y Matías Pinto, 2002.

1993

Pablo Domínguez, Susana Mansilla y Paula Zegers en Venecia.

Autorretrato, acrílico sobre tela, 1990.

Paisaje, óleo sobre tela, 1995

Arboles con viento, acrílico sobre tela, 1996

Doce de bastos, acrílico sobre tela, 2006

Parinacota, acrílico sobre tela, 2006


POR CATALINA DARRAIDOU 


El artista, que acaba de morir a los 46 años, en realidad vivió más de 80. Fueron tantos los amigos, lo que se rió, lo que regaloneó a sus hijos y lo bien que lo pasó pintando, que su recuerdo hoy es con pena, pero con risa; con mucha nostalgia, pero con la idea de que gozó y disfrutó plenamente: “¡Erase un hombre a una nariz pegada!”.

El último tiempo, mientras estuvo enfermo, le gustaba ver en la televisión “Caso Cerrado” de Ana María “Pollo”, como le decía. Tenía ganas de ir a Madonna si salía de la clínica, pero estaba preocupado además de que su familia atendiera bien a las visitas en su funeral, si moría pronto. Seguía pendiente de cada partido del Colo Colo, mantenía la sonrisa para los innumerables amigos que lo fueron a ver y acompañar en su enfermedad, y lo que más lamentaba era dejar a sus hijos. La madrugada del 25 de noviembre hizo un último gesto de adiós con la mano y al momento murió. Fue un cáncer que en un mes acabó con su vida, pero que le dio el tiempo prudente para despedirse de su gente; de su tanta gente.

Su hermano Claudio, el más cercano, estaba solo con él: “Somos ocho Domínguez Díaz que formamos una familia que, si yo no fuera parte de ella, me daría rabia y envidia. Somos todos amigos, nos queremos mucho y lo pasamos demasiado bien juntos. Y se da una cosa loca que es que estamos divididos en dos camadas, en la que el mayor es igual al quinto, el segundo al sexto, y así sucesivamente. Estas parejas se parecen en personalidad, físicamente y se cuidan y se protegen. Bueno, Pablo era el segundo y yo soy el sexto: él era mi partner, mi alma gemela, mi mejor amigo, y esto de que se haya muerto es fome, es terriblemente fome”, dice tan triste, según  cuenta, como el día que tuvo que enterrar a su madre, hace casi diez años, y a su padre, hace uno y medio. “Pablo, Pablito… lo voy a echar mucho de menos, por ahora me imagino que anda de viaje no más por ahí. ¡Érase un hombre a una nariz pegada!... Lo molestábamos porque cuando nació mi papá lo encontró narigón… Mi gran consuelo es que no tengo la idea de que se haya muerto joven de 46 años. ¡Si mi hermano vivió más de 80! Era tan gozador, hizo tanta cosa, se rió tanto, lo pasó tan bien que cada año suyo vale por tres normales de los nuestros”.

Nació el 16 de junio de 1962, el mismo día que Chile le ganó a Yugoslavia en el mundial de fútbol, tal como precisa él mismo en su autobiografía del libro que lleva su nombre. Hijo de arquitecto calculista, “el papá más chistoso que un hijo pudiera haber querido” según cuenta Claudio, y de madre chilota, nacida y criada en Curaco de Vélez: alegre, generosa, buena para dar de comer a una gran familia y a todos los que llegaran a su mesa. Estudió en el colegio La Salle, pero también en otros cinco más, de los cuales fue saliendo por desordenado, y entre los que fue juntando cada vez más amigos y conocidos. “Andaba siempre con el vecino, con los compañeros de colegio, con los scout, la pandilla… miles de amigos. Como fumaba desde que era enano, se convirtió en mi héroe”, cuenta Claudio,  “y desde chico pintaba todo lo que lo rodeaba. Al principio agarraba témpera y pintaba los vidrios de la casa, pero como mi mamá iba por atrás borrándole lo que hacía, empezó a pintar la mesa del comedor por debajo, los cajones por debajo y las puertas por detrás”, recuerda.

Hasta que un día le dio amigdalitis, su tía Marina le regaló un set de óleos, y enfermo en cama se dedicó a pintar tarros abollados “y me sorprendí a mí mismo diciéndome, ya, voy a ser pintor”, afirmó en una entrevista. Cuando por fin terminó el colegio, quiso estudiar Arte en la Universidad de Chile, pero, despistado, hizo todo mal y terminó entrando a Filosofía. Logró que lo dejaran asistir como alumno libre a las clases del director del Bellas Artes, pero finalmente lo expulsaron, de nuevo por desordenado. Fue entonces cuando se acercó al taller de pintura de Carlos Maturana, Bororo, quien se transformaría junto con Samy Benmayor y Matías Pinto, artistas también de la llamada “generación de los ochenta”, en su gran amigo, tal vez el más de los miles de amigos. “Venía caminando y de lejos le caché una energía increíble. Empezamos a conversar y enganchamos al tiro, por el humor y porque tenía una dulzura, algo muy especial. Se tomó entera la petaca de trago que le ofrecí, y de ahí nos fuimos caminando a una protesta que había en el Parque O´Higgins pero no llegamos nunca; paramos de bar en bar y cuando por fin llegamos no había nadie. Desde entonces fuimos amigos para siempre, una amistad atómica, y yo le di una beca de por vida en mi taller”.  No es que le interesara tanto la política, pero sí había querido participar en la primera protesta autorizada de esos años de dictadura. Cuenta también Bororo que lo que más disfrutaban juntos eran los llamados “veraneos del cerdo” que se tomaban a principios de marzo: “Pablo era gran cocinero, así es que comprábamos montones de cosas ricas y buen vino y nos íbamos, generalmente a un campo con playa cerca de Los Vilos, por cuatro días a comer, tomar y conversar. También nos metíamos al agua como hombres rana, navegábamos en bote de goma y todas las tardes salíamos a paisajear con atril y pintura. Lo pasábamos realmente bien”, recuerda con nostalgia. “Cuando estaba en la clínica le llevé una pista de autitos, que siempre nos gustaron mucho, para jugar. La tontera fue que nunca me acordé de las pilas, así es que no pudimos armarla”.

“Pablo y Bororo eran como dinamita cuando estaban juntos, ¡explotaban!”, cuenta Samy Benmayor, “eran como los Gremlins. Pablo era el más chistoso de los cuatro, le alegraba la vida a quien conociera. Era amigo del más idiota y del más inteligente, del más rico y del más pobre; no discriminaba. Aparte de la amistad, lo que nos unió como artistas de generación era el sentido de la libertad, el humor, el desparpajo, que de alguna manera todos manifestamos en nuestra obra”, explica ya más serio. “Tampoco Pablo se salvó de ese tormento interior que creo que es inherente al artista, pero en general es un hombre que disfrutó su trabajo, gozó mucho pintando, lo pasó bien. Yo creo que va a marcar un hito en la historia de la pintura chilena: hizo una cosa muy nueva con elementos muy viejos, descubrió en el paisaje una nueva perspectiva y fue muy talentoso en su trabajo”.   


 

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