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| ED Nº 186, Noviembre 2010 | |
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Pensamiento en ebullición POR VICENTE GARCIA MEKIS // FOTOS ALBUMES FAMILIARES Arturo Duclós, Sergio Montecinos, Ximena Cristi y José Balmes, entre muchos de nuestros artistas, contaron con la ayuda y soporte de uno de los motores más importantes del arte vanguardista nacional, un veneciano soñador, Enrico Bucci.
En una Europa todavía convulsionada por los ecos de la Primera Guerra Mundial, un niño veneciano crecía rodeado de arte y batallas plásticas que nacían a su alrededor, un observador y filósofo inquieto, que buscaba siempre un recurso para volverse más sabio y soñador, que entre puentes y canales fundó sus interés con el arte, la historia y el pasado. Años después su facilidad para los idiomas lo llevó a trabajar como guía turístico, lo que le permitió recorrer Europa y terminar a los 20 años hablando seis idiomas. Luego de sus estudios de Filosofía en la Universidad de Padua, el término de la Segunda Guerra, en donde murió su padre y madre, y motivado por las fantásticas historias y descripciones de Francisco Coloane sobre un país “oculto entre gigantes y vertientes eternas”, decidió en 1953 conocer la tierra de la que tanto había leído y embarcarse en lo que sería la aventura de su vida, la suerte de nuestros artistas y el enriquecimiento cultural de Chile. En nuestro país se encontró con una sociedad idílica, preocupada de la elegancia y de las buenas maneras, aunque también de las diferencias sociales, una clase media ignorante y aislada de cualquier tendencia artística que propusiera un cambio, una nueva vista y una doble mirada a lo que éramos en ese entonces. Su labor se inició de a poco y en forma bastante tradicional. Primero cons-tituyó una importante colección de pintura chilena del siglo XX; luego, con el auspicio de la Universidad Católica del Norte, realizó sus primeras exposiciones en Antofagasta, promoviendo obras de Israel Roa, Nemesio Antúnez, Sergio Montecinos, Ximena Cristi, Ramón Vergara y Carlos Pedraza, entre otros, y paralelamente pudo recorrer el norte con colecciones de arte precolombino. Poco a poco fue acrecentando su colección con frescas y renovadoras “muestras de arte joven”, como las de Arturo Duclos, Patricio Rueda, Eugenio Dittborn y José Balmes. En 1974 inició una de sus hazañas más recordadas, su travesía por el desierto, guiando a los artistas Ramón Vergara Grez, Hardy Wistuba, Fernando Morales y Carmen Piemonte, a quienes motivó a pintar temas del Norte. Durante los siguientes años, y producto de esta experiencia artística única hasta ese momento en la historia y desarrollo del arte en nuestro país, creó junto al maestro Ramón Vergara Grez la serie de micro pintura Geometría Andina, que consistía en la estructuración de una pintura símbolo, así se conceptuaba por primera vez una investigación plástica que apuntaba a desarrollar un arte con marcada raíz latinoamericana, profundamente andino, nuestro. En mayo del siguiente año se inauguró en Huérfanos 526, la Galería Bucci, con la exposición Homenaje al Norte Grande, su quehacer hasta ese entonces, limitado a la difusión y venta de pintura experimento, que tuvo un vuelco radical 10 años después. “En un comienzo era un galerista comercial”, recuerda el artista Patricio Rueda. Su espacio durante toda la década del 70 eran sólo cuadros colgados, pero poco a poco se fue entusiasmando y entendiendo la importancia de su participación en la manera que debía evolucionar la forma de difundir arte en un país como éste, con la efervescencia juvenil y las ganas de impulsar lo nuevo y valioso de desconocidos artistas que lo perseguían. La galería empezó a ceder terreno a una nueva generación, a un nuevo tipo de tendencias, artistas jóvenes que veían en él la única posibilidad de mostrarse frente a un público, a ser criticados, a ser vistos y escuchados, un espacio abierto a todo arte experimental, a pensamientos que no encajaban y a una lectura en ese entonces prohibitiva, que hoy reconocemos como el gran gen del arte contemporáneo nacional. Era el underground de pensadores que con gritos se defendían y mostraban sus ideas no escuchadas. El periodo de 1984-1988 fue la época de oro de la Galería, el renovado sitio expandía un concepto de “obra abierta”, donde el artista era dignificado. En esos años Bucci declaraba: “La plástica nos proporciona un amplio campo para estimular nuestra reflexión, el arte de este siglo no es imitativo, como antes, sino inquisitivo, creativo, explorador. Los artistas no ahondan tanto en el oficio, sino que se preocupan de crear nuevas ideas. Hoy a veces no sabemos cuándo un objeto es real y cuándo actúa en función representativa, la intención creadora es capaz de transformar un material ordinario en obra estética, con un cambio de contexto. Me interesa no comprometer mi vida por conceptos estables, inmanentes, trascendentes, fijos. Me inclino al cambio, a la aventura del pensamiento en ebullición”. Comenzó a definirse como “más chileno que italiano”, aquí tuvo a sus hijos y nietos, desde aquí recorría el mundo investigando lo nuevo en arte, los pasos atrevidos de artistas sin miedo. Esta retroalimentación entre él y sus artistas terminó por expandir su postulado y hacer real este pequeño espacio de libertad en el complejo Chile de los 80. “En los tiempos más difíciles él creyó en una alternativa diferente”, dice Francisco Brugnoli, director del Museo de Arte Contemporáneo, porque un artista está mitad muerto y mitad vivo cuando su obra no es vista ni escuchada, su intención es hacer entender a través de su obra el mundo que lo rodea y entender a través de nuestros ojos una mirada única, especial, rodeada de estigmas, prejuicios y significados, ajena a la nuestra. Con el tiempo, la vista social y política de nuestro país fue cambiando, en Chile actualmente hay más de 50 galerías o espacios abiertos a nuevos artistas, el arte cada vez está más asequible. La Galería Bucci sigue siendo un laboratorio y un espacio reconocido por su autonomía, convertida hoy en una galería virtual a cargo de su hijo Ennio, continuador del espíritu y trabajo de su padre. Hoy respalda a más de 35 artistas jóvenes, que siguen encontrando ahí el seguro abrazo de un lugar que los acoge y entrega voz. Un italiano que amó Chile, sus paisajes y a sus mujeres; un soñador que hizo marcas en la historia y en la manera de hacer arte en nuestro país; motor del arte vanguardista, abrió sus puertas a jóvenes artistas que veían francos sus anhelos, que encontraron en él un alero fraterno y orientador. No sólo apoyó variadas manifestaciones artísticas, sino además él mismo fue una fuente inagotable de creaciones.
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