
MODA
MCQUEEN THE KING
McQueen The King
POR MAGDALENA BOCK // PRODUCCION IGNACIO PEREZ-COTAPOS // FOTOS JOSE MORAGA (STUDIO SCHKOLNICK)
POR MAGDALENA BOCK // PRODUCCION IGNACIO PEREZ-COTAPOS // FOTOS JOSE MORAGA (STUDIO SCHKOLNICK)
Nadie sabe quién va a reemplazar al gran diseñador Alexander McQueen. Imposible imitar su destreza para la sastrería; imposible seguir su línea ni menos tratar de pensar como él, porque con cada colección se reinventaba completamente. Juan Yarur, fundador de la Beca Ama, que da residencia internacional a artistas chilenos, es un gran coleccionista de sus diseños. Varios de ellos los fotografiamos para estas páginas.
Cuando las noticias golpearon con la muerte del diseñador británico Alexander McQueen, todas sus boutiques en Londres, Milán, Los Angeles y Nueva York apagaron las luces y las que tenían persianas las bajaron. Afuera de ellas las calles se llenaban de flores, velas y cartas de cientos de estudiantes, artistas, jóvenes, viejos, punks, clientas, fans anónimos y conocidos como Diane von Furstenberg, entre cientos de seguidores. Un tributo que no se veía en Londres desde la muerte de Lady Di. Muchos diseñadores le dedicaron sus shows en la semana de la moda neoyorquina que comenzaba por esos días, sus diseños subieron de precio y se comenzaron a vender como si hubieran bajado y no hubo diario ni revista en el mundo que no le dedicara un homenaje. Quedó claro que a sus 40 años ya era una leyenda, “el James Dean de la moda”, como dijo su íntima amiga Ingrid Sischy en el reportaje que escribió en la revista Vanity Fair de abril, donde describió con cariño, pero sin condescendencia, lo bueno y lo malo de la vida de McQueen. En Vanity Fair las cosas se cuentan como son.
Desde que su nana lo encontró la mañana del 11 de febrero colgado en el clóset de su lujoso departamento en Mayfair, a pocas cuadras de su taller, su vida ya es historia conocida, algo que hubiera detestado este diseñador rebelde, que se escapaba de sus propios desfiles apenas apagaban las luces para evitarse las felicitaciones y comentarios tras bambalinas. Sabemos que su mamá, Joyce, había muerto de cáncer hacía nueve días y que esto lo afectó más que lo normal porque ella era su apoyo incondicional, en una familia con un papá taxista que aspiraba a que él fuera electricista; que tenía un oscuro pasado de drogas y depresiones profundas; que sufría de soledad; que nunca le fue bien en el amor y que su apariencia ruda, con la cabeza rapada, cuerpo musculoso y botas militares, era sólo eso, una apariencia. Pero sobre todo sabemos que era un hombre brillante, un artista de la moda, un diseñador como pocos ha habido y habrá, que se hizo famoso por sus diseños de hombros firmes y cortes perfectos, por unir la extravagancia con la inigualable tradición de la sastrería inglesa. La excéntrica Lady Gaga usaba sus diseños para sus videos y el Príncipe Carlos le mandaba a hacer sus trajes... Eso lo dice todo. Por último, sabemos que creó desfiles sorprendentes, llenos de magia, drama, acción, tecnología e irreverencia. Hacía metáforas con temas históricos o de actualidad, le gustaba provocar con sus ideas, todos sus shows tenían algo inolvidable. Eso eran las presentaciones, porque en lo demás funcionaba a la antigua, “hay que conocer bien las reglas para poder romperlas”.
Nunca dejó entrever en sus colecciones que trabajaba para poderosas corporaciones –primero LVMH, donde se instaló en 1996 como diseñador de Givenchy, después para PPR, que ya anunció que los negocios de McQueen continuarán, aunque obviamente será difícil reemplazarlo– porque jamás permitió que nada ni nadie interfiriera ni con su libertad creativa ni con sus técnicas de diseño. “A pesar de su visión excéntrica, él realmente sabía cómo hacer y cortar ropa. La gente que circulaba por el Grupo Gucci hablaba de eso todo el tiempo. El tomaba un pedazo de género y frente a sus ojos cortaba las plantillas para la ropa. Era como ver a Edward Scissorhands. Hay pocos diseñadores en el mundo capaces de hacer eso”, contó, también en Vanity Fair, Mark Lee, presidente de Gucci e YSL. Además tenía una manera muy original de elegir los materiales, neoprén, plástico, cocodrilo, papel, pétalos de rosa, cordones antiguos o lamé, para McQueen nada era muy fino o muy común.
AL OTRO LADO
Cuando los diarios y revistas del mundo anunciaban el suicidio de Alexander McQueen, en Chile Juan Yarur escribía en su Facebook “y ahora qué me voy a poner”. Hay que conocer a Juan para entender sus preocupaciones... Para empezar, a él le importa mucho el tema de la ropa, lo lleva en la sangre, viene de una familia que tuvo negocios textiles por años, no es un “trapero”, es un gran coleccionista de la moda, sabe del tema y cuando viaja compra diseños igual que como compra buenas obras de arte contemporáneo. Segundo, Alexander McQueen tenía una especial importancia para él: era su diseñador preferido.
Escuchó su nombre por primera vez cuando trabajaba para Givenchy, pero entró a una de sus tiendas cuando se instaló en el Meatpacking District en Nueva York. “Todavía no había muchas boutiques en ese barrio, en algunas calles caminabas y se sentía el olor a chancho, a carne... Eso no pasaba en la tienda de McQueen, en esa cuadra no había olor, y desde que puse un pie en ella quedé impactado. El espacio era tremendamente moderno para la época, lleno de curvas y formas orgánicas; de la ropa me gustó su locura, su personalidad propia. Me empecé a probar y me di cuenta que el fit era demasiado bueno. Esa vez me atendió Mosselle, que hasta hoy es mi vendedora, conoce mi talla, mis gustos, me manda ropa cuando llegan cosas nuevas... Desde el comienzo fue tan amorosa, me trató tan bien, y eso que yo recién estaba afinando mi gusto y empezando a comprar cosas buenas. Esa vez compré bien simple, una camisa y un sweater que viene pegado a un cuello de camisa (así uno nunca se ve arrugado) y Mosselle me dijo que iba a llegar una polera que me iba a gustar. Tiempo después me llegó por Fedex la polera de un gato con una tortuga”.
Ese fue el comienzo de una relación buena tienda/buen cliente que no terminó nunca más. Como hecho a la medida para Juan: más y mejor atención, imposible; diseños innovadores, raros, pero muy bien confeccionados. “Es difícil encontrar ropa de hombre que sea loca, sin caer en lo chabacano ni en lo mal cosido. McQueen en ese sentido es complejo, tiene la caída y el corte perfecto, nunca nada se deshilacha, el forro no se desarma o arruga, ni se apelotilla el cashmere, cosas que a la larga pasan con casi toda la ropa de buenos diseñadores, y lo que te pongas te afina el cuerpo, a diferencia de Tom Ford que diseña de manera que te veas más grande”.
Con el tiempo fue llenando su clóset de diseños que hoy son verdaderas piezas de culto e inversiones en el mundo de la moda (lo que en Ebay, un día estaba en un precio inicial de US$600, al día siguiente de su muerte había subido a US$5.000). Más de diez camisas blancas, todas iguales, chaquetas, sweaters con cuellos de camisas en varios colores y versiones, pantalones, trajes, bordados tan finos que parecen estampados y varias extravagancias que se hicieron solo para desfiles y que después se produjeron a pedido en la talla de Juan, como una chaqueta de plástico transparente o un espectacular abrigo negro con una raya azulina que fue hecho en género de buzo, tan pesado y grande que era imposible meterlo a una maleta. “Me lo mandaron a mi casa en Chile en una caja colgado... Eso es lo otro que tenían las tiendas de McQueen, solucionaban cualquier problema sin complicaciones. Una vez se me rajó una camisa por abrocharme los zapatos y me mandaron una nueva... Y eso que yo no soy un gran comprador comparado con otros de sus clientes”.
En las idas y venidas a Nueva York, donde Juan se instala por largas temporadas, ahora por ejemplo se va por dos meses, empezó a comprar en McQueen para su mamá (de hecho este diseñador, que hacía ropa de hombre y de mujer, fue más famoso por sus creaciones para mujer), y es en este punto donde está su único arrepentimiento. “Me llamaron para ofrecerme esos enormes zapatos con punta que, en un comienzo, no se iban a producir para las tiendas. Le pregunté a mi mamá si los quería y me dijo que no, que eran muy altos, demasiado incómodos... Ahora son un icono, un emblema, ¡y yo no los compré!”.
Escuchó su nombre por primera vez cuando trabajaba para Givenchy, pero entró a una de sus tiendas cuando se instaló en el Meatpacking District en Nueva York. “Todavía no había muchas boutiques en ese barrio, en algunas calles caminabas y se sentía el olor a chancho, a carne... Eso no pasaba en la tienda de McQueen, en esa cuadra no había olor, y desde que puse un pie en ella quedé impactado. El espacio era tremendamente moderno para la época, lleno de curvas y formas orgánicas; de la ropa me gustó su locura, su personalidad propia. Me empecé a probar y me di cuenta que el fit era demasiado bueno. Esa vez me atendió Mosselle, que hasta hoy es mi vendedora, conoce mi talla, mis gustos, me manda ropa cuando llegan cosas nuevas... Desde el comienzo fue tan amorosa, me trató tan bien, y eso que yo recién estaba afinando mi gusto y empezando a comprar cosas buenas. Esa vez compré bien simple, una camisa y un sweater que viene pegado a un cuello de camisa (así uno nunca se ve arrugado) y Mosselle me dijo que iba a llegar una polera que me iba a gustar. Tiempo después me llegó por Fedex la polera de un gato con una tortuga”.
Ese fue el comienzo de una relación buena tienda/buen cliente que no terminó nunca más. Como hecho a la medida para Juan: más y mejor atención, imposible; diseños innovadores, raros, pero muy bien confeccionados. “Es difícil encontrar ropa de hombre que sea loca, sin caer en lo chabacano ni en lo mal cosido. McQueen en ese sentido es complejo, tiene la caída y el corte perfecto, nunca nada se deshilacha, el forro no se desarma o arruga, ni se apelotilla el cashmere, cosas que a la larga pasan con casi toda la ropa de buenos diseñadores, y lo que te pongas te afina el cuerpo, a diferencia de Tom Ford que diseña de manera que te veas más grande”.
Con el tiempo fue llenando su clóset de diseños que hoy son verdaderas piezas de culto e inversiones en el mundo de la moda (lo que en Ebay, un día estaba en un precio inicial de US$600, al día siguiente de su muerte había subido a US$5.000). Más de diez camisas blancas, todas iguales, chaquetas, sweaters con cuellos de camisas en varios colores y versiones, pantalones, trajes, bordados tan finos que parecen estampados y varias extravagancias que se hicieron solo para desfiles y que después se produjeron a pedido en la talla de Juan, como una chaqueta de plástico transparente o un espectacular abrigo negro con una raya azulina que fue hecho en género de buzo, tan pesado y grande que era imposible meterlo a una maleta. “Me lo mandaron a mi casa en Chile en una caja colgado... Eso es lo otro que tenían las tiendas de McQueen, solucionaban cualquier problema sin complicaciones. Una vez se me rajó una camisa por abrocharme los zapatos y me mandaron una nueva... Y eso que yo no soy un gran comprador comparado con otros de sus clientes”.
En las idas y venidas a Nueva York, donde Juan se instala por largas temporadas, ahora por ejemplo se va por dos meses, empezó a comprar en McQueen para su mamá (de hecho este diseñador, que hacía ropa de hombre y de mujer, fue más famoso por sus creaciones para mujer), y es en este punto donde está su único arrepentimiento. “Me llamaron para ofrecerme esos enormes zapatos con punta que, en un comienzo, no se iban a producir para las tiendas. Le pregunté a mi mamá si los quería y me dijo que no, que eran muy altos, demasiado incómodos... Ahora son un icono, un emblema, ¡y yo no los compré!”.