
Flashback
ASI DE SIMPLE
Así de simple
El diseñador y decorador más solicitado de Chile vive en una pieza sin cuadros, con un velador Cic, un escritorio, un clóset de un metro veinte y un estante con diez libros. Recorre el mundo en busca de muebles de estilo pero los fines de semana en Santiago va a las poblaciones a entusiasmar a los jóvenes para que estudien en la universidad. Podría comprarse tres casas en Lo Curro y alhajarlas como quisiera, pero prefiere no hacerlo. De hecho no tiene nada y disfruta más colgando Mattas en paredes ajenas.
POR CATALINA DARRAIDOU
Obra Gruesa
“Nací en Viña del Mar, en una familia absolutamente maravillosa. Soy el mayor de cinco hermanos, y si alguien que no nos conoce estuviera en un almuerzo con nosotros, se preguntaría quién es este pololo al que no le sueltan la mano estas niñas. Ese pololo soy yo. Y pasa que si alguna de mis hermanas ve que otra me está dando la mano, viene y me agarra la que me queda suelta.
Mi papá murió a los 49 años, cuando yo tenía 21; cáncer a la piel. El era arquitecto, pintor, músico, cocinero, fotógrafo, modisto, coleccionista de arte. Se llamaba Enrique Melchor, igual que yo, igual que mi abuelo, mi bisabuelo, mi tatarabuelo... Y somos los Concha de la viña, del barrio del centro… Mi papá nació en el antiguo palacio morisco Concha Cazotte que luego fue demolido y que en sus jardines dio origen al barrio Concha y Toro. El tenía esa mezcla de ser la persona más refinada que uno se pueda imaginar y al mismo tiempo absolutamente espontáneo y libre. Cuando se casó con mi mamá, Sara Blanlot, se fueron a Estados Unidos donde trabajó con el arquitecto Mies Van der Rohe en la construcción del famoso edificio Seagram en Manhattan. A la vuelta quiso vivir mirando el mar y entonces se fueron a Viña, donde teníamos cuatro departamentos unidos en los dos últimos pisos de un edificio en el cerro Castillo. Era una casa-taller que vivía llena de amigos y por la que pasaba todo tipo de gente, desde Joan Manuel Serrat, hasta Indira Gandhi. Teníamos ocho parlantes en el living para escuchar los poemas de Pablo Neruda y el papá nos hacía sesiones de diapositivas todos los sábados con las fotos de sus viajes, que después expuso en el Museo de Bellas Artes. Diseñó además unas telas inspiradas en las grecas diaguitas que dieron lugar a toda una colección de alta costura que también fue exhibida en el Museo.
Mi mamá era una lectora empedernida, se leía dos libros a la semana. Muy culta, muy simpática, con el espíritu para recibir a toda la gente que venía de Santiago a nuestra casa. Hoy tiene 85 años y va en silla de ruedas a comprar pilchas a la ropa usada en Providencia, tiene 30 viejas en lista de espera para jugar bridge y trabaja atendiendo por teléfono a gente con problemas familiares. Es una mujer muy piadosa con una profunda vida interior. Ella es la alegría de vivir.
Me iba pésimo en el colegio. Estudié en los Padres Franceses de Viña y la verdad es que le ponía empeño, pero no tengo una mente preclara. Sí me iba bien en Arte, Música y Gimnasia. Era bueno para el carrete, tenía muchos amigos; con tres hermanas bonitas tampoco era muy difícil. Confieso que sumé más horas jugando paletas en la playa de Reñaca que estudiando Matemáticas o Castellano. Me fue mal y no entré a la universidad, pero como en ese tiempo el mundo era chico, mi papá logró que pudiera ir de oyente a los cursos de Diseño en la Católica de Santiago. Yo hacía los trabajos y las pruebas y me ponía las notas en mi propia libreta de notas. El año 78 me gané una beca muy buena para ir a Barcelona a estudiar Interiorismo. Estaba feliz, entusiasmado, pero se murió el papá y hasta ahí no más llegó todo. Me quedé en Chile para apoyar a mi familia.
Exterior
Empecé trabajando con mi padre, luego en una oficina de diseño y entremedio también de maestro carpintero en una fábrica de muebles. Vino la crisis de los 80, se acabaron los encargos y entonces me instalé con mi propio boliche a ver qué pasaba. Surgieron proyectos para acondicionar sucursales bancarias, llegué a hacer más de doscientas, y de ahí no paré más. Me empezaron a pedir que decorara las presidencias de los bancos, edificios corporativos, casas, hoteles, y hoy ya he decorado hasta barcos y un tren en Machu Picchu.
En términos de decoración e interiorismo en Chile no hay un estilo o una identidad tan marcada como en otros países latinoamericanos. Tenemos la herencia española con sus códigos de austeridad y simplicidad, recibimos posteriormente la influencia inglesa y francesa, pero claramente no se desarrolló de manera importante ni trajimos mobiliario de mucha calidad. Aunque hoy la gente viaja más y conoce cosas y vemos que hay muy buena arquitectura, el tema de “la casa bonita puesta” no está resuelto, como sí lo está el tema de la ropa, los autos, las joyas. Y creo que a pesar de que no es un fin en sí mismo ni que resuelve ningún tipo de problema social, la casa bonita sí ayuda y hace más feliz a las personas y a la familia. Desde una casa humilde bien puesta a una casa pituca, ojalá de a poco fuera pasando lo que ocurre con los jardines; es maravilloso cómo en Chile desde el más pobre hasta el más rico se preocupa de sus plantitas y de tener un lindo jardín. Respecto de la decoración de edificios públicos, hoteles y oficinas ahí ya es una pega que pone a prueba la creatividad y profesionalismo de las oficinas de diseño. Creo que de a poco hemos ido mejorando como rubro y ayudado a que esta buena arquitectura que existe conviva con espacios interiores mejor logrados.
Mi socio Francisco de la Lastra es el mejor socio que podría haber tenido. En 17 años no hemos peleado nunca y eso que en este trabajo se requiere carácter y convicción. El se ocupa más de las tiendas de muebles y objetos de decoración que tenemos en El Golf y Huechuraba, y yo más de las pegas de diseño. Ahora vamos a remodelar los casi 3 mil metros cuadrados que tenemos en Huechuraba. Vamos a implementar un nuevo concepto de exhibición con pequeños ambientes; pondremos los muebles, los sillones, las lámparas en vida real.
Hoy en la oficina somos más de cuarenta personas entre arquitectos, diseñadores, ingenieros comerciales, secretarias, la gente de las tiendas y los choferes. Dudo que haya un lugar más entretenido para trabajar que éste: proyectos filete, con arquitectos filete, en lugares increíbles y con libertad para crear. A veces con buen presupuesto pero otras haciendo magia para que alcancen las lucas. Yo siento que la gente que trabaja aquí está feliz, y ese es el secreto: no son los encargos ni los proyectos, son las personas con que tú trabajas. Trato de que haya un ambiente de cooperación, de alegrarse por el otro, alejado de las vanidades y con espíritu de equipo. Trabajamos en promedio veinte proyectos a la vez y nos hemos fijado ese límite para poder seguir haciéndolo bien.
Casi todos en la oficina viajamos harto. Antes la mayoría de los muebles y los objetos los comprábamos en Europa, yo creo que nadie ha recorrido Inglaterra como nosotros. Nos conocemos todas las ferias, todas las fábricas; las grandes, las chicas, los talleres, los maestros. Ya son tantos años de circo que hemos conseguido llegar al palacio en Bélgica donde se hacen y restauran los mejores gobelinos, al dealer que consigue las antigüedades más finas, a comprarle directamente a Theodore Alexander, la mejor fábrica de muebles del mundo. Hace un tiempo tuvimos una tienda enorme en Londres, que era como vender hielo en Alaska, pero teníamos un socio inglés que desgraciadamente murió el día de la inauguración. Era el tiempo del corralito en Argentina así es que compramos 700 muebles y los mandamos a Inglaterra junto con algunas cosas que fabricamos acá. Mantuvimos la tienda dos años pero sin Neil la cuestión era muy difícil, si al final siempre el tema de las personas es lo más importante. Actualmente con el euro más caro nos hemos tenido que meter en otros mercados.
Reconozco que me canso un poco más que antes. Es que voy leyendo los códigos de la belleza todo el tiempo. Llego a una tienda y veo la puerta, la manilla de la puerta, me fijo en la vitrina, reviso lo que venden; voy a un restorán y me detengo en el plato, la cuchillería, el mantel, el lino del mantel, el brillo y el espesor del lino del mantel… entonces es cansador. Vas afinando el ojo al punto que estás siempre trabajando.
Vivo en una casa del Opus Dei con otras 12 personas. Mi pieza consiste en una cama, un velador Cic, un escritorio, un clóset de un metro veinte y un estante con diez libros. Toda la plata que gano la entrego a distintas causas que necesitan ayuda. El ritmo de mi vida es activo: entro y salgo de reuniones, atiendo retiros espirituales, voy a la Escuela Agrícola de Las Garzas, estudio proyectos, y como mi labor apostólica es principalmente con jóvenes, los fines de semana pareciera que tengo 14 hijos, todos de la misma edad… ¡en la peor edad!... y un sábado puede consistir en ir con un grupo a un paseo en bicicleta y luego partir a una población a ayudar a los chiquillos a estudiar. En la noche tal vez paso a acompañar un rato a mi mamá y más a tarde voy a dejarle flores a mi sobrina que va a estar de cumpleaños la semana siguiente, entonces me adelanto. Así es mi vida.
Esta cicatriz que tengo en la cabeza es por un tumor que me sacaron. Hace como tres años me descubrieron carcinoma a la piel y por eso me tengo que revisar cada tres meses. Me acuerdo cuando me avisaron que, sin darme cuenta, al poco rato estaba trabajando de nuevo en el computador. Finalmente no fue nada tan grave, pero gracias a Dios en su momento supe abandonarme en sus manos.
Interior
Conocí el Opus Dei estando en cuarto medio en el colegio. Mi familia no era especialmente religiosa, íbamos a misa los domingos pero hubo un tiempo en que ni eso. Si lo miro para atrás me doy cuenta de que fue algo totalmente sobrenatural. El Opus Dei casi no se conocía en esa época, iban unos curas cada quince días a Viña y yo me acerqué a pito de nada, como cualquier joven que se acerca a cualquier movimiento religioso. Empecé a participar y después de un tiempo me planteé la posibilidad de que tuviera la vocación de numerario, que son fieles laicos que viven el celibato como un don de Dios para tener mayor disponibilidad para la labor apostólica. Y no es que uno tenga una tranca o no tenga la capacidad de amar a una mujer, pero el llamado es muy heavy; no se duerme, se llora; uno se da cuenta de lo que significa. Pero como es una cuestión sobrenatural… un día dices sí. Fijas la voluntad y el querer en un destino que es Dios.
En los 35 años que llevo de numerario nunca nadie me ha privado de mi libertad de elección en todo lo que pertenece al mundo de lo opinable. Yo tengo tan impregnado este tema de la libertad que he procurado hacer lo mismo con las personas que oriento en mis tareas formativas y respeto absolutamente las distintas creencias o no creencias de mis amigos, conocidos y de la gente que trabaja conmigo.
Soy inmensamente feliz. Me levanto en la mañana y tengo paz, me acuesto en la noche y tengo paz. Vivo con el corazón enamorado, así de simple. Creo que pocos hombres han amado a una mujer como yo amo a Dios. Y eso es un regalo de Jesús. Pocos le dedican tantas horas de contemplación y silencio, leen libros sobre ella, dedican su vida a servirla… entonces es una vida totalmente plena.
Esta es la vocación que me dio Dios, distinta a la del sacerdocio, lo que pasa es que es algo muy contemporáneo, muy moderno; puede costar entenderlo. Sé que hay una fuerte crítica al Opus Dei y que todo depende de la forma en que se va insertando en los países. En todas partes hay mucho por hacer. Pero al final el mensaje es que cada uno sea mejor cristiano en su vida cotidiana, en la vocación que tenga y con eso sea santo, que sea feliz, nada más. Lo otro que provoca mucha fricción es que se dice que es duro en sus convicciones, pero lo que pasa es que es coherente, no va un milímetro más allá de lo que dice la Iglesia y el Papa, pero sí es muy coherente con eso.
Dicen que soy bueno para la pega. Pero el carisma de La Obra de santificarse a través del trabajo le agregó un sentido trascendente a lo que hago todos los días. Porque hay que levantarse igual, trabajar igual, hacer cosas choras igual y trámites lateros igual, pero cuando Dios está presente en tu mente y en tu corazón, en un rosario mientras caminas por la calle, en una jaculatoria en el ascensor, todo adquiere sentido y fluye naturalmente; tal cual.
No siento haber vivido grandes frustraciones, tal vez más desilusiones respecto de alguna gente. La semana pasada, por ejemplo, nos estafaron con hartos millones. Tú dices qué pena, qué cárcel ser esa persona que le roba a una oficina de diseño para aparentar lo que no es y lo que no tiene. Yo afortunadamente disfruto más de la riqueza de lo poco, la más libre de todas las riquezas. No tengo para nada ese deseo de poseer las cosas, de hecho prefiero que sean de otro. Además de la satisfacción de haber sido de ayuda a algunas personas en su acercamiento con Dios, de haber podido aliviar alguna pena quizás, ese es otro de los logros de mi vida, el conseguir que la gente disfrute con la belleza que uno crea en un lugar: colgar un Matta en un living y ver que calza perfecto en la pared, que el brillo del marco tiene la luz precisa, que los colores son justo lo que pega con las telas, que el sofá entrega la calidez mágica. Ver que eso resulta y que produce un goce en el otro, a mí eso me hace muy feliz”.
Enrique Concha se arrepiente de haber contestado tantas preguntas. “A quién le importa todo esto”. Igual como le gusta decorar casas ajenas, prefiere que sea otro el que habla: “Pucha, si lo mío es el diseño y la decoración, no hablar de mi intimidad”. Pero como es simpático, se ha entusiasmado conversando, “Bueno, si quieres ponlo, en verdad da lo mismo; haz lo quieras”.
“Nací en Viña del Mar, en una familia absolutamente maravillosa. Soy el mayor de cinco hermanos, y si alguien que no nos conoce estuviera en un almuerzo con nosotros, se preguntaría quién es este pololo al que no le sueltan la mano estas niñas. Ese pololo soy yo. Y pasa que si alguna de mis hermanas ve que otra me está dando la mano, viene y me agarra la que me queda suelta.
Mi papá murió a los 49 años, cuando yo tenía 21; cáncer a la piel. El era arquitecto, pintor, músico, cocinero, fotógrafo, modisto, coleccionista de arte. Se llamaba Enrique Melchor, igual que yo, igual que mi abuelo, mi bisabuelo, mi tatarabuelo... Y somos los Concha de la viña, del barrio del centro… Mi papá nació en el antiguo palacio morisco Concha Cazotte que luego fue demolido y que en sus jardines dio origen al barrio Concha y Toro. El tenía esa mezcla de ser la persona más refinada que uno se pueda imaginar y al mismo tiempo absolutamente espontáneo y libre. Cuando se casó con mi mamá, Sara Blanlot, se fueron a Estados Unidos donde trabajó con el arquitecto Mies Van der Rohe en la construcción del famoso edificio Seagram en Manhattan. A la vuelta quiso vivir mirando el mar y entonces se fueron a Viña, donde teníamos cuatro departamentos unidos en los dos últimos pisos de un edificio en el cerro Castillo. Era una casa-taller que vivía llena de amigos y por la que pasaba todo tipo de gente, desde Joan Manuel Serrat, hasta Indira Gandhi. Teníamos ocho parlantes en el living para escuchar los poemas de Pablo Neruda y el papá nos hacía sesiones de diapositivas todos los sábados con las fotos de sus viajes, que después expuso en el Museo de Bellas Artes. Diseñó además unas telas inspiradas en las grecas diaguitas que dieron lugar a toda una colección de alta costura que también fue exhibida en el Museo.
Mi mamá era una lectora empedernida, se leía dos libros a la semana. Muy culta, muy simpática, con el espíritu para recibir a toda la gente que venía de Santiago a nuestra casa. Hoy tiene 85 años y va en silla de ruedas a comprar pilchas a la ropa usada en Providencia, tiene 30 viejas en lista de espera para jugar bridge y trabaja atendiendo por teléfono a gente con problemas familiares. Es una mujer muy piadosa con una profunda vida interior. Ella es la alegría de vivir.
Me iba pésimo en el colegio. Estudié en los Padres Franceses de Viña y la verdad es que le ponía empeño, pero no tengo una mente preclara. Sí me iba bien en Arte, Música y Gimnasia. Era bueno para el carrete, tenía muchos amigos; con tres hermanas bonitas tampoco era muy difícil. Confieso que sumé más horas jugando paletas en la playa de Reñaca que estudiando Matemáticas o Castellano. Me fue mal y no entré a la universidad, pero como en ese tiempo el mundo era chico, mi papá logró que pudiera ir de oyente a los cursos de Diseño en la Católica de Santiago. Yo hacía los trabajos y las pruebas y me ponía las notas en mi propia libreta de notas. El año 78 me gané una beca muy buena para ir a Barcelona a estudiar Interiorismo. Estaba feliz, entusiasmado, pero se murió el papá y hasta ahí no más llegó todo. Me quedé en Chile para apoyar a mi familia.
Exterior
Empecé trabajando con mi padre, luego en una oficina de diseño y entremedio también de maestro carpintero en una fábrica de muebles. Vino la crisis de los 80, se acabaron los encargos y entonces me instalé con mi propio boliche a ver qué pasaba. Surgieron proyectos para acondicionar sucursales bancarias, llegué a hacer más de doscientas, y de ahí no paré más. Me empezaron a pedir que decorara las presidencias de los bancos, edificios corporativos, casas, hoteles, y hoy ya he decorado hasta barcos y un tren en Machu Picchu.
En términos de decoración e interiorismo en Chile no hay un estilo o una identidad tan marcada como en otros países latinoamericanos. Tenemos la herencia española con sus códigos de austeridad y simplicidad, recibimos posteriormente la influencia inglesa y francesa, pero claramente no se desarrolló de manera importante ni trajimos mobiliario de mucha calidad. Aunque hoy la gente viaja más y conoce cosas y vemos que hay muy buena arquitectura, el tema de “la casa bonita puesta” no está resuelto, como sí lo está el tema de la ropa, los autos, las joyas. Y creo que a pesar de que no es un fin en sí mismo ni que resuelve ningún tipo de problema social, la casa bonita sí ayuda y hace más feliz a las personas y a la familia. Desde una casa humilde bien puesta a una casa pituca, ojalá de a poco fuera pasando lo que ocurre con los jardines; es maravilloso cómo en Chile desde el más pobre hasta el más rico se preocupa de sus plantitas y de tener un lindo jardín. Respecto de la decoración de edificios públicos, hoteles y oficinas ahí ya es una pega que pone a prueba la creatividad y profesionalismo de las oficinas de diseño. Creo que de a poco hemos ido mejorando como rubro y ayudado a que esta buena arquitectura que existe conviva con espacios interiores mejor logrados.
Mi socio Francisco de la Lastra es el mejor socio que podría haber tenido. En 17 años no hemos peleado nunca y eso que en este trabajo se requiere carácter y convicción. El se ocupa más de las tiendas de muebles y objetos de decoración que tenemos en El Golf y Huechuraba, y yo más de las pegas de diseño. Ahora vamos a remodelar los casi 3 mil metros cuadrados que tenemos en Huechuraba. Vamos a implementar un nuevo concepto de exhibición con pequeños ambientes; pondremos los muebles, los sillones, las lámparas en vida real.
Hoy en la oficina somos más de cuarenta personas entre arquitectos, diseñadores, ingenieros comerciales, secretarias, la gente de las tiendas y los choferes. Dudo que haya un lugar más entretenido para trabajar que éste: proyectos filete, con arquitectos filete, en lugares increíbles y con libertad para crear. A veces con buen presupuesto pero otras haciendo magia para que alcancen las lucas. Yo siento que la gente que trabaja aquí está feliz, y ese es el secreto: no son los encargos ni los proyectos, son las personas con que tú trabajas. Trato de que haya un ambiente de cooperación, de alegrarse por el otro, alejado de las vanidades y con espíritu de equipo. Trabajamos en promedio veinte proyectos a la vez y nos hemos fijado ese límite para poder seguir haciéndolo bien.
Casi todos en la oficina viajamos harto. Antes la mayoría de los muebles y los objetos los comprábamos en Europa, yo creo que nadie ha recorrido Inglaterra como nosotros. Nos conocemos todas las ferias, todas las fábricas; las grandes, las chicas, los talleres, los maestros. Ya son tantos años de circo que hemos conseguido llegar al palacio en Bélgica donde se hacen y restauran los mejores gobelinos, al dealer que consigue las antigüedades más finas, a comprarle directamente a Theodore Alexander, la mejor fábrica de muebles del mundo. Hace un tiempo tuvimos una tienda enorme en Londres, que era como vender hielo en Alaska, pero teníamos un socio inglés que desgraciadamente murió el día de la inauguración. Era el tiempo del corralito en Argentina así es que compramos 700 muebles y los mandamos a Inglaterra junto con algunas cosas que fabricamos acá. Mantuvimos la tienda dos años pero sin Neil la cuestión era muy difícil, si al final siempre el tema de las personas es lo más importante. Actualmente con el euro más caro nos hemos tenido que meter en otros mercados.
Reconozco que me canso un poco más que antes. Es que voy leyendo los códigos de la belleza todo el tiempo. Llego a una tienda y veo la puerta, la manilla de la puerta, me fijo en la vitrina, reviso lo que venden; voy a un restorán y me detengo en el plato, la cuchillería, el mantel, el lino del mantel, el brillo y el espesor del lino del mantel… entonces es cansador. Vas afinando el ojo al punto que estás siempre trabajando.
Vivo en una casa del Opus Dei con otras 12 personas. Mi pieza consiste en una cama, un velador Cic, un escritorio, un clóset de un metro veinte y un estante con diez libros. Toda la plata que gano la entrego a distintas causas que necesitan ayuda. El ritmo de mi vida es activo: entro y salgo de reuniones, atiendo retiros espirituales, voy a la Escuela Agrícola de Las Garzas, estudio proyectos, y como mi labor apostólica es principalmente con jóvenes, los fines de semana pareciera que tengo 14 hijos, todos de la misma edad… ¡en la peor edad!... y un sábado puede consistir en ir con un grupo a un paseo en bicicleta y luego partir a una población a ayudar a los chiquillos a estudiar. En la noche tal vez paso a acompañar un rato a mi mamá y más a tarde voy a dejarle flores a mi sobrina que va a estar de cumpleaños la semana siguiente, entonces me adelanto. Así es mi vida.
Esta cicatriz que tengo en la cabeza es por un tumor que me sacaron. Hace como tres años me descubrieron carcinoma a la piel y por eso me tengo que revisar cada tres meses. Me acuerdo cuando me avisaron que, sin darme cuenta, al poco rato estaba trabajando de nuevo en el computador. Finalmente no fue nada tan grave, pero gracias a Dios en su momento supe abandonarme en sus manos.
Interior
Conocí el Opus Dei estando en cuarto medio en el colegio. Mi familia no era especialmente religiosa, íbamos a misa los domingos pero hubo un tiempo en que ni eso. Si lo miro para atrás me doy cuenta de que fue algo totalmente sobrenatural. El Opus Dei casi no se conocía en esa época, iban unos curas cada quince días a Viña y yo me acerqué a pito de nada, como cualquier joven que se acerca a cualquier movimiento religioso. Empecé a participar y después de un tiempo me planteé la posibilidad de que tuviera la vocación de numerario, que son fieles laicos que viven el celibato como un don de Dios para tener mayor disponibilidad para la labor apostólica. Y no es que uno tenga una tranca o no tenga la capacidad de amar a una mujer, pero el llamado es muy heavy; no se duerme, se llora; uno se da cuenta de lo que significa. Pero como es una cuestión sobrenatural… un día dices sí. Fijas la voluntad y el querer en un destino que es Dios.
En los 35 años que llevo de numerario nunca nadie me ha privado de mi libertad de elección en todo lo que pertenece al mundo de lo opinable. Yo tengo tan impregnado este tema de la libertad que he procurado hacer lo mismo con las personas que oriento en mis tareas formativas y respeto absolutamente las distintas creencias o no creencias de mis amigos, conocidos y de la gente que trabaja conmigo.
Soy inmensamente feliz. Me levanto en la mañana y tengo paz, me acuesto en la noche y tengo paz. Vivo con el corazón enamorado, así de simple. Creo que pocos hombres han amado a una mujer como yo amo a Dios. Y eso es un regalo de Jesús. Pocos le dedican tantas horas de contemplación y silencio, leen libros sobre ella, dedican su vida a servirla… entonces es una vida totalmente plena.
Esta es la vocación que me dio Dios, distinta a la del sacerdocio, lo que pasa es que es algo muy contemporáneo, muy moderno; puede costar entenderlo. Sé que hay una fuerte crítica al Opus Dei y que todo depende de la forma en que se va insertando en los países. En todas partes hay mucho por hacer. Pero al final el mensaje es que cada uno sea mejor cristiano en su vida cotidiana, en la vocación que tenga y con eso sea santo, que sea feliz, nada más. Lo otro que provoca mucha fricción es que se dice que es duro en sus convicciones, pero lo que pasa es que es coherente, no va un milímetro más allá de lo que dice la Iglesia y el Papa, pero sí es muy coherente con eso.
Dicen que soy bueno para la pega. Pero el carisma de La Obra de santificarse a través del trabajo le agregó un sentido trascendente a lo que hago todos los días. Porque hay que levantarse igual, trabajar igual, hacer cosas choras igual y trámites lateros igual, pero cuando Dios está presente en tu mente y en tu corazón, en un rosario mientras caminas por la calle, en una jaculatoria en el ascensor, todo adquiere sentido y fluye naturalmente; tal cual.
No siento haber vivido grandes frustraciones, tal vez más desilusiones respecto de alguna gente. La semana pasada, por ejemplo, nos estafaron con hartos millones. Tú dices qué pena, qué cárcel ser esa persona que le roba a una oficina de diseño para aparentar lo que no es y lo que no tiene. Yo afortunadamente disfruto más de la riqueza de lo poco, la más libre de todas las riquezas. No tengo para nada ese deseo de poseer las cosas, de hecho prefiero que sean de otro. Además de la satisfacción de haber sido de ayuda a algunas personas en su acercamiento con Dios, de haber podido aliviar alguna pena quizás, ese es otro de los logros de mi vida, el conseguir que la gente disfrute con la belleza que uno crea en un lugar: colgar un Matta en un living y ver que calza perfecto en la pared, que el brillo del marco tiene la luz precisa, que los colores son justo lo que pega con las telas, que el sofá entrega la calidez mágica. Ver que eso resulta y que produce un goce en el otro, a mí eso me hace muy feliz”.
Enrique Concha se arrepiente de haber contestado tantas preguntas. “A quién le importa todo esto”. Igual como le gusta decorar casas ajenas, prefiere que sea otro el que habla: “Pucha, si lo mío es el diseño y la decoración, no hablar de mi intimidad”. Pero como es simpático, se ha entusiasmado conversando, “Bueno, si quieres ponlo, en verdad da lo mismo; haz lo quieras”.