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El origen
TEXTO Y FOTOS ANDRES HERRERA V.
Aquí parte todo. Las semanas de la moda de Nueva York, Londres, Milán y París son, definitivamente, las que establecen los cánones que van a imperar en nuestro clóset la próxima temporada. En las pasarelas, y también en la calle, hubo muestras de lo que viene, con shows y looks que nunca dejan de sorprender.
Hidrátate. Usa el metro, lleva un espejo y mentas, pero sobre todo hidrátate”, fueron los tips que Dereck Blasberg, el joven y célebre editor at large de Harper’s Bazaar, dio a los aspirantes a fashionistas de todo el mundo al inicio de la última sucesión de semanas de la moda internacionales. Y quienes lo han visto, conversando en la primera fila de algún desfile neoyorquino o bailando en Le Régine, saben que su consejo vale; ya lo decían nuestros abuelos, más sabe el diablo por viejo que por diablo. Sin embargo, para los cientos de fotógrafos, estilistas, editores y aspirantes a celebridades que pueblan la industria de la moda, una botella de agua mineral no basta para sobrevivir a la adrenalínica sucesión de desfiles que durante un mes sacuden las cuatro capitales de la moda. Sin duda para muchos, planear con antelación los looks que estrenarán diariamente es también parte de una rutina ineludible, más aún si la primera escala es Nueva York, cuyas calles, imán de fotógrafos de todo el mundo, son el escenario ideal para ver, ser visto y, sobre todo, fotografiado.
Antes y después de cada presentación –en el Lincoln Center, en algún muelle sobre el río o cerca de éste, en los estudios Milk–, y mientras las compradoras se balancean sobre sus Pradas 2011, apresuradas por entrar en el desfile del momento, las decenas de fotógrafos de calle ponen en práctica sus instintos: es la caza del look perfecto. Y sus modelos, ya sean inveteradas editoras o excéntricos estudiantes, son presa fácil para sus teleobjetivos. “Esto es un ataque”, comentaba una editora de Grazia entre risas mientras, por supuesto, se dejaba fotografiar. Porque a pesar de lo apurados que puedan estar, son pocos los que se dan el lujo de negarse a posar y responder las preguntas del bloguero de turno. ¿La cartera emplumada? Fendi ¿The bomber jacket? Céline. Y dos segundos después, con un “Sí, claro, ¿dónde?”, comienzan a posar para el próximo fotógrafo.
Hoy, el alcance y poder de un selecto grupo de blogueros ha sido finalmente reconocido tanto por la prensa escrita –el New York Times le dedicó un comentado reportaje al poder femenino tras las fotos de calle– como también por las instituciones oficiales. Tan sólo una semana después del último desfile parisino, la neoyorquina y venerable CFDA dio a conocer la lista de nominados a sus prestigiosos premios. ¿Entre los galardonados? Scott Schuman y Garance Doré, pioneros de la actual avalancha de blogs de estilo, quienes en junio compartirán asiento con otros nominados: los diseñadores de Proenza Schouler, Marc Jacobs y el joven Joseph Altuzarra, cuya celebrada colección de invierno acaparó la atención de los medios tanto por la calidad de sus vestidos como por sus anécdotas. Porque fue durante la presentación de este protegido de Carine Roitfeld que la noticia de la muerte de Whitney Houston, famosa desde los 80 por su música y su estilo de glam-diva, sacudió a los fashionistas. Una asistente confirmó que lo que empezó como un rumor al inicio del desfile ya era una certeza cuando la última modelo lo cerraba: “Uno podía sentir las noticias viajar por la sala”. Por supuesto. Los remix de las canciones de la diva fueron infaltables en las after parties que siguieron. Que un par de días después Carolina Herrera abriera su presentación en el Lincoln Center con un look totalmente negro fue, sin embargo, sólo coincidencia sin asociaciones de luto mediante. La elección de color se debía al regreso de una sofisticación netamente neoyorquina, de galas en la Frick Collection y fiestas en la Nueva York de El Morocco y del Stork, época que Lee Radziwill, sentada en primera fila y sin desprenderse de sus icónicos anteojos negros, encarnaba perfectamente.
En el otro extremo de la moda, el jovencísimo Jason Wu, quien saltó a la fama gracias a Michelle Obama, reencantó tanto a críticos como a compradores con una colección también anclada en el pasado, esta vez en su herencia asiática y las películas del Hollywood de los años 30. En palabras de una editora, “muy Marlene Dietrich”.
Por supuesto el romance de Hollywood y la moda también favorece a otros diseñadores menos conocidos por el público general, pero muy apreciados por sus seguidores: tal es el caso de Bibhu Mohapatra quien, después de su primera presentación en pasarela después de años exhibiendo en la New York Fashion Week, fue felicitado en el backstage por Glenn Close.
No hay duda que el prestigio de los relacionadores públicos de cada casa de moda se juega en su talento para asegurar la asistencia de tales invitados. Por supuesto Ralph Lauren no es alguien que tenga tales problemas. Su última colección fue un aplaudido homenaje a su propio ADN: la música de la popular serie inglesa Downton Abbey, que recrea la vida en una aristocrática casa de campo de los 1900, sirvió de soundtrack para la sucesión de looks que, inspirados en el siempre reciclado lujo inglés, servirán para vestir a modernos aspirantes a duques o condesas.
AL OTRO LADO DEL ATLANTICO
Los diseñadores británicos, por el contrario, siguen demostrando más interés en el futuro que en el pasado. Ni siquiera los disturbios que hace unos meses sacudieron la capital inglesa parecieron influir sobre el devenir de una ciudad que se prepara para acoger los próximos Juegos Olímpicos. Y es que jóvenes como Jonathan Saunders o Giles la han convertido en sinónimo de moda sexy y contemporánea, desligada del gastado estereotipo de excentricidad británica.
Durante la tercera semana de febrero el epicentro de tal creatividad fue Somerset House, elegante palacete levantado en el siglo XVIII frente al Támesis –y equivalente del Lincoln Center americano– que abrió sus puertas y salones a los fashionistas que descendieron sobre la ciudad: tanto niños de los suburbios con pitillos y pelo rosado como glamazonas de vestidos cortos indiferentes al frío sonreían para las cámaras de blogueros y turistas que caminaban a su alrededor. A veces algún invitado descubría, confundido, que el desfile al que había sido invitado estaba empezando en otra esquina de la ciudad. Vivienne Westwood, por ejemplo, abrió las puertas de un dorado salón victoriano en las inmediaciones de la Catedral de St. Paul. Y Stella McCartney, en su mediático regreso a las pasarelas de Londres, reunió a su íntimo círculo de amigos –Anna Wintour, Kate Moss y Rihanna, entre otros– en una ex iglesia del elegante Mayfair. Lo que partió como una tradicional comida formal pronto dio paso a un inesperado show de magia protagonizado por la it girl inglesa Alexa Chung suspendida sobre tres espadas, y terminó con Amber Valletta y el resto de las modelos vestidas de fiesta desfilando en un improvisado ballet sobre las mesas, entre las sillas, invitados y sus copas de champaña. “Esto es Londres, y quería hacer algo atrevido”, dijo la diseñadora.
Algunos días y aduanas más tarde, y en el corazón de la industrial Milán, los diseñadores de Dsquared2 demostraron que la moda italiana también sigue siendo sinónimo de lujo y diversión. ¿Su propuesta? Un desfile ambientado como una glamorosa fiesta de graduación en el gimnasio de un high school norteamericano, con las modelos –cigarrillo en mano– desfilando al son de una banda sonora que parecía sacada de una película de los 60. Después, en el backstage, la conocida modelo Arizona Muse comentaba sobre la necesidad de conservar una relación estable en el mundo de la moda, mientras que en la calle la única estabilidad importante era la que las mujeres trataban de mantener sobre sus tacos a medida que caminaban apresuradamente hacia la próxima presentación. Porque la exclusiva lista de invitados a desfiles como Prada, Gucci, Fendi o Jil Sander era directamente proporcional al caos vial que los acompañaba: largas filas de autos negros esperando a que editores y celebridades regresaran para luego partir a la fiesta de turno.
En la noche editores, maquilladores, diseñadores y modelos cambiaban los adoquines de Montenapoleone y Via della Spiga por los suelos de las pistas de baile. ¿Y cuáles? El dieciochesco palacio Visconti se vio invadido por adictos a la música electrónica la madrugada de un miércoles. El sábado siguiente, y coincidiendo con el carnaval, fue el turno de Plastic, la icónica disco milanesa en cuyos cerrados y oscuros salones convergió la fauna de la moda: jóvenes de looks extravagantes esperando por el baño, una sexy socialité bailando sobre un sillón y Peter Dundas, el aplaudido resucitador del boho-chic, mirando los modelos del momento que salían del local para fumar.
Las noches parisinas tampoco se quedaron atrás en lo que fue la última gran semana de la moda de esta temporada: ni las pistas de Le Règine, la clásica disco setentera, ni los bares de Silencio, el nuevo club de moda diseñado por David Lynch, daban abasto con las tropas de personajes que bailaban sin cesar. Sin embargo, no hubo fiesta que impidiera trabajar al día siguiente. Y por supuesto, en una industria donde las preparaciones para cada desfile empiezan desde temprano y se prolongan hasta horas después que cada desfile termine, el backstage cobra inusitada importancia. Así, tras bambalinas surgen nuevos códigos y jerarquías impuestas por las necesidades del oficio, permitiendo que asistentes, modelos, peluqueros y maquilladores convivan en un ambiente de controlada urgencia, mundo invisible para los invitados que, al otro lado del muro o cortina, van llegando. Y en estos agitados backstage los artistas maquilladores son pequeños reyes, tratados como estrellas. Basta recordar que MAC, la prestigiosa marca de cosméticos que auspicia prácticamente todos los backstages, nació justamente de la mano de éstos y de sus modelos.
Sin embargo es en la calle que la envergadura de la semana de la moda parisina, para muchos la favorita del circuito internacional, logra medirse en su justa escala. Durante estos días tanto grandes maestros como emergentes diseñadores invadieron con sus propuestas la ciudad, verdadera protagonista de este circo de la moda. Si en una tarde discretos compradores se paseaban, champaña en mano, durante una presentación en el Ritz, a la mañana siguiente se los podía ver subiendo las escaleras del Grand Palais junto a hordas de elegantes hombres y mujeres que, como ellos, llegaban al desfile de Chanel. Manish Arora abrió un embarcadero junto al Sena, Gareth Pugh un garage de la rue de Turenne y el chileno Octavio Pizarro mostró su colección de un lujoso prêt-à-porter en un piso parisino un día antes que la casa Valentino convocara a todos en las Tullerías.
Louis Vuitton, de la mano del talento de Marc Jacobs, fue el encargado de marcar el espectacular final de la temporada con una literal invitación a viajar. La cita fue temprano. ¿El lugar? Una carpa del cour carré del Louvre ambientada como una arquetípica estación de trenes francesa, inteligente referencia a los bolsos y maletas de viaje que han hecho a la marca famosa en el mundo entero. Sin embargo fue la repentina y cinematográfica aparición de un tren, una gran locomotora recreada para tal ocasión, lo que sacó los aplausos de un público que, a pesar de los cientos de desfiles vistos y de decenas de años de ruedo, se sigue dejando sorprender.
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