Farrah por siempre
POR SOFIA ALDUNATE // FOTOS IMAGEGROUP
Siempre joven, siempre sonriente, siempre con su melena rubia en capas. Esa es la imagen que quedara en la retina mundial de Farrah Fawcett, el ángel rubio y atlético más reproducido e imitado de la historia.
"Había una vez tres muchachitas que fueron a la academia de policía. Les asignaban misiones muy peligrosas. Pero yo las aparté de todo aquello y ahora trabajan para mí. Mi nombre es Charlie”. Así, en la voz del escurridizo detective privado Charlie Townsend, partía cada capítulo de la mítica serie Los Angeles de Charlie, un fenómeno sociológico y mediático de los 70, que desde el primer capítulo catapultó a la fama a sus tres protagonistas, sobre todo a Jill Munroe, la bomba rubia interpretada por Farrah Fawcett, cuyo nombre definió a un ángel atlético, de melena aleonada y sonrisa fluorescente.
Pero para que se convirtiera en un icono de la cultura pop, su imagen fuese la más vendida y su peinado el más imitado, tuvieron que pasar 30 años. Mary Farrah Leni Fawcett, nació en febrero de 1947 en Texas. Hija de Pauline Alice, dueña de casa, y de James William Fawcett, empresario petrolífero, desde pequeña mostró cualidades deportivas muy fomentadas por sus padres. Siempre linda y atlética, mientras se licenciaba de microbióloga en la Universidad de Texas en Austin, le prestaba su pelo rubio a una marca de shampoo y compartía su vida con El Hombre Nuclear, el actor Lee Majors, con quien estuvo casada hasta 1982.
EL POSTER Y EL ANGEL
Los hermanos Mike y Ted Trikilis vivían cómodamente gracias a la producción de posters. Es bien sabido que durante la década de los 70 los adolescentes gastaban sus mesadas en vinilos y fotos en láminas con las que tapizaban sus piezas. El negocio de estos hermanos iba viento en popa gracias a las gigantografías del popular detective Baretta, La Mujer Biónica y el Hombre Nuclear. Una tarde de 1976, mientras uno de los Trikilis descansaba en el porche de su casa, se le acercó un joven vecino que le sugirió sacar un afiche de Farrah Fawcett “¿Farrah qué?”, preguntó Ted, “¡Fawcett!”, repitió el muchacho, sin saber que con este dato lanzaría a la fama a una mujer, haría millonarios a un par de hermanos y batiría varios records mundiales.
Como sea, Ted llegó a la oficina, realizó un mínimo estudio de mercado e imprimió la imagen de una rubia sonriente con un inocente traje de baño rojo, tomada por el fotógrafo Bruce McBroom. Al año siguiente había vendido tres millones de copias (seis millones de dólares para el bolsillo de los hermanitos) y a la fecha suman 12 millones de ejemplares circulando. Actualmente un original de este póster es considerado casi una pieza arqueológica, y cuesta alrededor de 100 dólares. De hecho, el 2007 la revista GQ nombró a este afiche como “la pieza de arte construida por el hombre más influyente en los últimos 50 años”. ¿Qué tal?
Del papel Farrah pasó a la televisión sin mucho esfuerzo. The Six Million Dollar Man, su marido, le ayudó con los contactos y en 1976 el famoso Aaron Spelling, el productor de televisión más prolífico de la historia, hizo de ella un típico producto de su factoría y la transformó en una de las caras más conocidas de la pantalla chica por su papel de Jill Munroe en Los Angeles de Charlie. Sólo le bastó una temporada para convertir a la aguerrida Jill en el papel de su vida. Graduada en la academia de policía de Los Angeles, fue reclutada por Charlie para intervenir “in situ”. Si hubo un ángel de acción, ese fue Jill, quien exhibió en cada capítulo su habilidad para los deportes como el tenis, el patinaje, las artes marciales y la natación. Su aire fresco, su gusto por la vida sana, las bebidas dietéticas y su peinado en capas hacían de ella una sex symbol irresistible para los “malos” de la pantalla chica y para los miles de espectadores que no se perdían la serie.
Lo del peinado merece punto aparte, porque además de ser el más imitado en la historia, fue elevado a la categoría de master piece. En su momento, el prestigioso New York Times lo describió como “una obra de arte que se ve como si hubiera salido recién del mar y movido por el viento en un estilo de perfección sin cuidado”. Además, su melena fue considerada como la responsable de romper la directa relación entre la rubia y la tonta. Antes de Farrah, la mayoría de las blondies del cine eran aburridas amas de casa, secretarias eficientes o casquivanas amantes de millonarios, en cambio ella era una texana bellísima, sensual, inteligente y valiente, con elevada formación y capacidad para la victoria. Rubia ya no era sinónimo de estúpida por lo que en todo el mundo las estudiantes y profesionales más revolucionarias comenzaron a ponerse mechas y a presentarse como tigresas rebeldes. En definitiva, según algunos Farrah también fue la responsable de un feminismo más femenino.
Lamentablemente Jill decidió colgar las alas, abandonar a sus compañeras e iniciar una nueva etapa de su vida como piloto de Fórmula 1. En el mundo real, Farrah se entusiasmó más de la cuenta con el éxito y dicen que exigió aumentar sus honorarios por capítulo. Le fue mal, no llegó a acuerdo, fue reemplazada por Cheryl Ladd y además tuvo que aparecer como “artista invitada” un par de veces más para cumplir con el contrato.
LA VIDA SIN ALAS
Aunque el estreno como actriz fue arrollador, sus pretensiones cinematográficas se enfriaron rápido y no alcanzó las expectativas previstas. Su carrera en televisión fue más constante –aunque tampoco brillante– y destacó en la serie dramática The Guardian (2001), en la mini serie Small Sacrifices (1989) y en la película para TV The Burning Bed (1984), papeles por los cuales fue nominada al Emmy. Además consiguió seis nominaciones al Globo de Oro por estos y otros roles. Los años pasaron y lamentablemente el prefijo “ex” comenzó a ser usado demasiado temprano en relación a esta mujer (“la ex estrella”, la “ex símbolo sexual”), sin embargo nunca fue del todo olvidada, Los Angeles de Charlie se convirtió en una serie de culto y gracias a ella permaneció en la retina de la cultura pop por siempre.
En 1995 Farrah fue portada de la revista Playboy a pesar que durante los 70 y 80 se negó rotundamente a exhibirse sin ropa. Sin embargo a los 48 se decidió y en su interior posó su tonificado cuerpo (ayudado con una que otra cirugía) completamente desnudo. Aunque los años como Jill habían pasado hace rato, seguía siendo la bomba sexy de siempre, prueba de ello es que fue el número más vendido de la década, cuatro millones de copias para ser exactos.
Su vida amorosa también dio que hablar. Estuvo casada con Lee Majors entre 1973 y 1982, pero todo se derrumbó cuando el propio actor le pidió al galán de la época Ryan O’Neal que se hiciera cargo de su mujer mientras filmaba una película en Canadá. Craso error. Sólo bastó una salida a comer para que cayeran rendidos el uno del otro e iniciaran una relación que duró –entre ires y venires– más de 30 años. Eran algo así como el Brad Pitt y la Angelina Jolie de la época: la pareja más popular y bonita del momento. Lamentablemente no tuvo un final feliz: las drogas, los escándalos y las infidelidades terminaron por destruirla, aunque no del todo. Años después volvieron a encontrarse, aunque en circunstancias completamente diferentes. Ya nada era tan dorado ni tan bonito como antes.
O’Neal saltó a la fama gracias a su papel como Oliver Barrett en el film de 1970 Love Story de Arthur Hiller, cuya interpretación le valdría una nominación al Oscar en la categoría de mejor actor. Gracias a este rol se convirtió en el actor de moda de Estados Unidos, es más, en 1972 era el segundo más rentable de la industria cinematográfica. Pero el éxito no duró mucho y poco a poco se fue diluyendo en pequeños papeles en el cine y una que otra serie de televisión. Gracias a su relación con Farrah, que duró en su primera etapa hasta 1997 (la segunda se inició el 2006 y se prolongó hasta su muerte), sus campañas contra el cáncer (fue víctima de leucemia el 2001) y sus múltiples escándalos familiares (en 1983 dejó a su hijo mayor Griffin con dos dientes menos y el 2007 fue acusado de agredirlo con un arma de fuego), O’Neal no fue del todo olvidado.
Sea como sea, el actor fue el padre del único hijo de Farrah, Redmond, que nació en 1985 y que también ha hecho noticia por su adicción a las drogas y por sus prolongados periodos de rehabilitación. De hecho, Redmond estaba preso por tenencia ilegal de drogas cuando murió su madre.
En septiembre del 2006, Fawcett, quien a los 59 años aún mantenía un estricto régimen de tenis y paddleball, comenzó a sentir un raro agotamiento. Se sometió a dos semanas de exámenes y los resultados fueron devastadores: cáncer anal. Desde entonces su vida se resumió a largas sesiones de quimioterapia y varias cirugías que no pararon hasta su muerte. La mayoría de ellas fueron exhibidas en el documental Farrah’s story, donde la actriz grabó con una cámara de video aficionado su dura batalla contra la enfermedad. Se estrenó el 15 de mayo pasado por la cadena NBC y fue uno de los programas con más raiting del último período. Aquí relataba en primera persona sus visitas con médicos en Alemania y Estados Unidos. Durante todo este período O’Neal nunca se separó de su lado. Es más, en junio pasado anunció en el programa de Barbara Walters que le había pedido matrimonio y ella había aceptado.
Lamentablemente no pudo concretarse. La mujer de la melena en capas murió a los 62 años el 25 de junio pasado (cinco horas antes que Michael Jackson), víctima de un testarudo cáncer que la consumió y la privó de reiniciar su historia con O’Neal y de seguir alimentado la leyenda que fue su vida.