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| ED Nº 169, Especial Moda Octubre 2009 | |
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Lacroix: The end
POR MAGDALENA BOCK // FOTOS ARCHIVO ED Uno de los diseñadores franceses más influyentes no pudo resistir más los embates de la crisis económica actual ni la feroz competencia de un mundo de la moda cada vez más desechable. Sinónimo de encajes, tacones altísimos, estampados multicolores y una fuerte inspiración cultural, Christian Lacroix se despide en gloria y majestad, mientras una multitud reza para que su firma nunca, jamás, deje de existir. Fue la profecía de una muerte anunciada. Hace tiempo ya que se venía hablando del fin de uno de los diseñadores franceses que han dejado huella en la historia de la moda, principalmente por su marcado estilo, pero como dicen por ahí, mientras hay vida, hay esperanzas. Es ingrato a veces esto de la esperanza. Christian Lacroix las mantuvo durante mucho tiempo, e incluso durante su último desfile de alta costura en julio, en el Museo de las Artes Decorativas en París, hizo lo posible e imposible por salvar su firma. Realizó una colección excepcional, 100 % Lacroix, con volúmenes, encajes y su mejor exuberancia chic. El traje de novia, con el que siempre puso punto final a sus pasarelas, lo reemplazó por el de una virgen católica. Tocaba rezar. De que hubo milagros, los hubo. Según los entendidos fue uno de los mejores shows de su vida, y eso que lo hizo con casi todo prestado, igual que todos los nuevos pobres que ha dejado esta crisis: géneros que habían sobrado de otras temporadas, hilos ofrecidos por una amiga rica, zapatos por cortesía de Roger Vivier y bordados por gentileza de Hurel, las costureras no cobraron su último sueldo y de las 24 modelos que participaron, sólo 12 aceptaron que se les pagara. Al final, entre los 280 invitados, todos muy emocionados y aplaudiendo demasiado, se leía una pancarta que decía Lacroix Forever. Esto no sólo habla de lo importante e influyente que es este diseñador para el mundo de la moda, sino también del cariño y la buena onda que siempre le tuvieron los franceses, la verdad es que los europeos y americanos en general. La idea de este desfile era que llegara un inversionista audaz, que comprara la marca y la relanzara. “Espero que esto sea el principio de algo”, decía el diseñador sin querer creer que se acercaba el fin, “es la típica falta de química entre los negocios y la creatividad”, alegaba. Tiene toda la razón, pero el mundo de la moda es también un potente mundo de los negocios y sus pérdidas de más de diez millones de dólares eran, en estos tiempos, insostenibles. Nunca su marca fue un gran negocio, ni siquiera sus perfumes lograban tener éxito comercial. Finalmente la casa de alta costura Christian Lacroix, que actualmente pertenecía al grupo estadounidense Falic, se tuvo que declarar en bancarrota. EN SUS TIEMPOS MOZOS Como casi siempre pasa con los humanos, hay que remontarse a su infancia para entender el por qué de sus puntos de vista y acciones de adulto. Christian Lacroix nació en mayo de 1951 y desde muy chico iba a corridas de toros y tuvo relación con grupos gitanos y provenzales. Algún tiempo después su familia se mudó a Arles, una ciudad en el sur de Francia, donde la Semana Santa se celebraba con carnavales y las mujeres se vestían con lo mejor que tenían, vestidos con encajes y modernos tacones y sombreros. Christian era chico, pero igual miraba y memorizaba todo esto con admiración. Después de estudiar Historia del Arte en la Universidad de Montpellier, ingresó en La Sorbonne y a la École du Louvre en 1973. Durante ese período, Lacroix conoció a su mujer, Françoise, y a Jean-Jacques Picart, quien estaba involucrado en diversas casas de alta costura y le consiguió un puesto en Hermès. Pero cuando se graduó de la École du Louvre, en 1981, empezó a trabajar para el diseñador de modas francés Jean Patou. Seis años más tarde ya era el “Diseñador extranjero más influyente”, reconocimiento del Consejo de Diseñadores de Modas de Estados Unidos, que le dio la confianza que necesitaba para independizarse e inaugurar, de la mano de Bernard Arnauld (dueño del grupo LVMH), su propia firma, la última gran casa de costura que se creó. Comenzó vendiendo ropa prêt-à-porter inspirada en diversas culturas. Y se amplió bien rápido: el 89 lanzó colecciones de joyas, carteras, zapatos, anteojos, bufandas y corbatas, y abrió boutiques en París, Arles, Aix-en-Provence, Toulouse, Londres, Ginebra y Japón. En los 90 ya tenía su propio imperio, con colecciones para la casa, toda una línea de mesa (en asociación con Christofle), perfumes, ropa para hombre y hasta para niños. Siempre fue fiel a su estilo, dramático, casi teatral, con muchos colores, ecléctico, haciendo referencia a diversos grupos étnicos y utilizando géneros de muchos estampados y texturas, las cruces, los botones, mangas grandes y polleras globo fueron sus referentes. Se hizo conocido por sus vestidos repolludos que llamó “Le pouf” y por terminar siempre sus desfiles con novias bien recargadas. Utilizaba distintos tweed, hilos y forros de colores, lo clásico lo hacía más loco, muy francés, muy buen artesano. Su eterna musa fue Marie Seznec, de pelo blanco, quien luego fue la directora creativa de alta costura. El también tenía un sello personal para vestirse, siempre usaba dos chaquetas (una encima de otra), colores fuertes, bufandas, guantes, nada formal, pero muy elegante. Durante su carrera no sólo creó su propia firma, también trabajó como director creativo para Emilio Pucci (desde el 2002 hasta el 2005), diseñó el uniforme del personal y de la tripulación de Air France en 2004 y pijamas que se reparten a los pasajeros que viajan en Primera Clase. Todavía muchos no aceptan que se haya cerrado un capítulo tan importante de la historia de la moda, ha sido literalmente un tema de Estado, porque hasta el gobierno francés ha solidarizado con el diseñador: “Es una personalidad que representa un patrimonio importante de la cultura, del saber hacer y de la alta costura francesa, a la que ha contribuido durante años”. Su amiga, la decoradora Barbara Wirth, tampoco se puede consolar: “No puedo creer que sea el fin. Es tan polifacético, tiene tanto talento que forzosamente tiene que haber un caballero blanco que lo salve; de lo contrario, él seguirá de otra manera”. Y en eso están puestas ahora las esperanzas, en que Lacroix se reinvente y su aristocrático nombre siga siendo sinónimo de sofisticación y opulencia. ¡Christian Lacroix forever! |