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| ED Nº 171, Noviembre 2009 | |
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El espíritu de Aloha Playas de postales donde uno puede caminar en absoluta soledad, aventuras acuáticas con delfines, tortugas y pececillos de colores, naturaleza y mucho, mucho relajo –sin prescindir de las comodidades que una gran ciudad como Honolulu puede ofrecer–, hacen de Oahu una isla perfecta para dejarlo todo atrás y vivir el espíritu de Aloha.
Las casi cinco horas que separan a Oahu de California son distintas. La tranquilidad y alegría de las islas, parte del espíritu de Aloha, brota por los poros de la tripulación completa de Hawaiian Airlines. Las azafatas son unas abrazables señoras polinésicas que pasean sus gordos cuerpos enfundados en vestidos de guayabera por los pasillos del avión, mientras que el piloto comulga con los deseos de los ansiosos pasajeros al prometer por los parlantes algo parecido a: “estaremos en la playa en cosa de minutos, amigos”. Al acercarse al archipiélago desde el cielo, los colores del agua se transforman en un espectáculo que obliga a los viajeros a pegarse a las diminutas ventanas del avión con ganas de más. El simpático capitán, con una evidente vocación de guía turístico, indica los puntos más llamativos de la isla desde las alturas, y las ansias de aterrizar en el paraíso terrenal aumentan. Ocho islas principales, acompañadas de cientos de pequeñas islas, atolones y arrecifes componen el archipiélago de Hawai'i; descubierto por James Cook en 1778 e inicialmente llamado Sandwich en honor al conde de ese nombre. Aunque es Hawai'i (también conocida como Big Island) la más grande de las islas y la que da nombre al archipiélago, es Oahu la que ostenta el título de isla principal, albergando a la capital, Honolulu, y al mayor aeropuerto internacional. Con una población de cerca de 400 mil habitantes estables, es la puerta de entrada al archipiélago. Cuna de Barack Obama y hogar del surf, una ciudad centrada en el turismo, enclavada en un privilegiado entorno y con vista a una de las playas más famosas del mundo: Waikiki, donde los surfistas exhiben sus piruetas hasta que el sol se pone, y los viajeros se aventuran a hacer lo propio apuntándose a alguna de las varias clases disponibles. Exceptuando la playa, y la abundante oferta de souvenirs locales, Honolulu es una ciudad como cualquier otra. Universidades, colegios, supermercados, clínicas y todo tipo de barrios colman la capital del quincuagésimo estado norteamericano. Profesionales de todas las disciplinas mantienen a la ciudad andando, y la envidia es evidente al pensar en todas aquellas personas que después de la oficina se van a disfrutar de la playa en invierno y verano. La gama de hoteles disponibles incluye todas las categorías de estrellas; y hay restaurantes para cada gusto y bolsillo. La extensa variedad de actividades disponibles en la isla se pueden coordinar desde la ciudad, donde encontrará desde viajes en helicóptero a las islas vecinas, hasta luaus en la playa; pasando por excursiones de buceo y masajes lomi lomi; entre muchos, muchos otros. Playas para todos Honolulu es el epicentro del turismo hawaiano, concentrando la gran mayoría de las instalaciones. Y a pesar de que los turistas, sobre todo japoneses, se agolpan en sus veredas y playa principal, la belleza y magia de la isla no se encuentra ahí, sino que en el resto de las playas y paisajes que la componen, los que tienen un flujo de visitantes considerablemente menor. Arrendar un auto es indispensable para recorrer la pequeña isla; tarea que se puede realizar en algunas horas si uno no se baja del auto; pero que puede tardar días al detenerse en algunas de las más de 130 playas esparcidas en todo el borde costero. Los amantes de los deportes náuticos estarán encantados con la variedad de condiciones que ofrecen las costas hawaianas. Hay playas especiales para los surfistas (sobre todo en el invierno, cuando las olas pueden alcanzar varios metros) y otras para los que practican body board. También las hay para los amantes del snorkel, del windsurf y del nado; para quienes quieren estar en familia, los que quieren estar solos y los que tienen ganas de hacer un asado en una impecable parrilla. Hay playas con comodidades como estacionamientos, restaurantes y baños, y otras desiertas a las que uno llega porque simplemente se perdió. Playas con olas gigantes o con el mar tranquilo; playas con pasto, rocas volcánicas o arena blanca; con peces o sin peces, y muchas combinaciones más. La mejor manera de conocerlas es hacerse de un buen mapa y dar la vuelta a la isla probándolas todas. Mi playa favorita Imagine una playa del largo de Cachagua, pero con un océano pacífico color turquesa con dóciles olas y suave arena de color dorado. El horizonte está salpicado de algunos islotes y alrededor hay, con suerte, cinco personas. A este paradisíaco lugar llegamos de pura casualidad, envidiando a los habitantes de las sencillas casas de veraneo de las cercanías. Waimanalo, que significa “aguas preciosas protegidas”, es el nombre de esta playa absolutamente opuesta a los tumultos de turistas que colman Waikiki. Esta parte del sudeste de Oahu es una seguidilla de playas semejantes: generosas extensiones de clara arena y mar de perfecta temperatura y color. En busca del humuhumunukunukuapua'a Pasar el día observando peces de colores es de las actividades más fáciles y baratas que se pueden realizar en la isla. La primera parada es una tienda ABC, las que se encuentran cada dos cuadras en Honolulu. Ahí, y por unos pocos dólares, se pueden comprar varios tipos de snorkels que le permitirán recorrer las aguas hawaianas en busca de los peces más coloridos. Si pregunta a los locales dónde dirigirse para disfrutar del espectáculo submarino, seguramente le indicarán Hanauma Bay, una privilegiada bahía cercana a la ciudad. A pesar de la belleza del entorno, la popularidad de Hanauma Bay hace que uno vea más turistas que peces. El agua es caliente, la entrada es pagada, el mar y la arena están copados… hay mejores opciones. La verdadera delicia de los buceadores se encuentra en el norte de la isla. Con un apreciable bajo perfil y con abundante espacio de esparcimiento, Pupukea alberga abundante vida marina en sus formaciones de roca volcánica. Miles de peces son visibles desde la orilla, y con sólo sumergirse se entra en un mágico mundo acuático de inimaginables colores y formas. El rey de los peces es, sin duda, el local humuhumunukunukuapua'a, cuyo impronunciable nombre quiere decir “pez que gruñe como cerdo”. Aunque no lo escuché imitar a uno, sí pude apreciar su graciosa forma y su diseño semejante a la bandera de Sudáfrica, el que es reproducido una y otra vez en poleras, tazones, llaveros y cuanto chiche turístico hay. Frente a Pupukea hay un surtidísimo supermercado Foodland, además de un restaurant-casa rodante con estupendas ensaladas para poder pasar el día contemplando al humuhumunukunukuapua´a. Espectáculo de delfines Una de las actividades que más me llamó la atención fue nadar con delfines. Una opción, que ni siquiera consideré, es ir a un hotel y meterse a una piscina con uno de estos simpáticos mamíferos. Otra es tomar un tour en un bote que lleva mar adentro a buscarlos; y la última es la bendición del destino: ser sorprendida por un espontáneo espectáculo de juguetones delfines brincando a metros de la orilla playera. El escenario es la playa de Waimea, en el norte de la isla, y los actores son un enorme grupo de delfines giradores que deleitan al público con sus saltos y acrobacias. No lo pensé dos veces, me puse el snorkel y los anteojos de buceo y me metí al agua. El canto de los delfines me acompañó los cerca de 100 metros que nadé hasta a estar a una cortísima distancia de ellos. Verlos saltar a escasos metros míos sólo fue superado por el mágico momento en que miré hacia abajo: estaba rodeada de varias decenas de delfines suspendidos en el agua. En ese instante el tiempo se detuvo… Ya de vuelta a la orilla me enteré de que los delfines están amparados por la ley de protección de mamíferos marinos, y que es ilegal acercarse a menos de 45 metros. Pero quien nada sabe, nada teme…
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