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| ED Nº 163, Mayo 2009 | |
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I Love Auckland Este relato carece de objetividad. Alegremente marcada por los años de infancia disfrutados en este verde conjunto de islas al otro lado del Pacífico, volví para recordar y recorrer sus bahías, calles, aromas y azulísimos cielos decorados con rechonchas nubes como sacadas de Los Simpsons.
Miércoles 16 de enero de 1991. El humilde Arturo Merino Benítez es testigo de los largos abrazos y lacrimógenas despedidas del familión completo. Partíamos con camas y petacas a vivir a Auckland. “¿Y dónde queda eso?”, me preguntaban mis amistades de cuarto básico, extrañadísimas. Entonces Nueva Zelandia era de lo más exótico y remoto. Poco se sabía del país que se ha transformado en el destino de cientos de jóvenes chilenos que van a aprender inglés o a probar suerte trabajando de –literalmente– lo que sea. Los All Blacks y su amedrentador haka, las escenas de El Señor de los Anillos, los deportes extremos, los kiwis, las regatas y el mundialmente conocido turismo sustentable en un privilegiado escenario natural –impresionantemente similar al del sur de nuestro país–, son sólo algunas de las características que han hecho que hoy Nueva Zelandia sea fácilmente ubicable en el mapa. Han pasado 18 años desde aquel primer viaje, y las largas travesías por diferentes alternativas de rutas han evolucionado a un expedito vuelo sin escalas de sólo 13 horas y diez minutos, tras las cuales el visitante aterriza en un aeropuerto cuya señalética lo saluda en inglés, maorí y… ¡oh, sorpresa!, castellano. Habiendo pasado por los controles que evitan que una fruta extranjera arruine la agricultura local, un taxista indio nos lleva por las desiertas calles mientras el cielo encapotado cambia de negro a cian. Aún no amanece en Auckland, y a pesar de que estamos en pleno verano, se larga a llover de lado a lado. No en vano aseguran que en esta ciudad se pueden vivir las cuatro estaciones en un día. BAHIAS, ISLAS Y VOLCANES Tamaki-makau-rau, Auckland y Akarana son sinónimos. El primer nombre fue dado por los maoríes que habitaban el istmo, y significa “Tamaki deseada por muchos”, en alusión a la abundancia de recursos naturales de la zona. En 1840 el capitán inglés William Hobson la bautizó con el nombre que la conocemos hoy, en honor a George Eden, Conde de Auckland, quien luego fue Gobernador General de la India; y el nombre Akarana es la adaptación del nombre inglés al maorí. Flanqueada por el Golfo de Hauraki y por las bahías de Waitemata y Manukau, la razón por la cual Auckland es conocida como La Ciudad de las Velas salta a la vista: infinitos yates colman las marinas, y un montón de veleros salpicados decoran el horizonte. Un puñado de islas –como Rangitoto, Waiheke (conocida por sus viñas y artistas) y Great Barrier Island– hace que los paseos por el Golfo de Hauraki sean estupendas aventuras para realizar en uno o varios días. El volcán-isla Rangitoto es un hito visible desde varios puntos de la ciudad. Su nombre significa “cielo rojo-sangre”, y se dice que emergió a la superficie hace cerca de seis siglos. Hace muchos años, las erupciones del vecino volcán destruyeron los asentamientos de los maoríes que vivían ahí, y hasta hoy circulan tenebrosas leyendas. En Auckland y sus alrededores hay casi 50 volcanes de todas las formas y tamaños, aunque la mayoría están extintos. De hecho, varios parques como el Auckland Domain, el One Tree Hill y el Albert Park, están construidos directamente sobre ellos. Carente de grandes espacios planos, la ciudad está llena de lomajes que hacen de las caminatas un tonificante y agotador ejercicio. EL DOWNTOWN Si bien no era mi barrio de la infancia, recuerdo el centro de la ciudad relativamente igual a lo que existe hoy, salvo por la imponente Sky Tower que rompe el skyline y ofrece espectaculares vistas en 360° a 328 metros de altura. Queen Street es la calle principal, y es una concentración de lo cosmopolita que es la ciudad más habitada del país. Una esquina es suficiente para ver a personas de todos los colores caminando a pata pelada, y escuchar parloteos en dialectos isleños, chino, hindi, portugués, castellano y, de vez en cuando, en inglés. El 60% de los habitantes es de origen europeo, principalmente británico, y habitan en los extensos barrios residenciales de la ciudad. Los siguen en número los inmigrantes de las islas del Pacífico, los asiáticos y los originarios maoríes. El centro nace en los muelles y el puerto, y se extiende por varias cuadras, loma arriba. En la caminata del borde costero se pueden ver enormes cruceros, yates y ferries que merodean por las tranquilas aguas. Es aquí donde se pueden comprar boletos para visitar las islas, dar una vuelta por la bahía o cruzar a la lindísima península de Devonport. Algunos metros hacia el oeste se encuentra el Puerto Madero local: The Viaduct. El otrora puerto comercial renació como un exclusivo conjunto de restaurantes, hoteles y lujosos departamentos con una vista envidiable. BARRIOS DE CUENTOS DE HADAS A 30 minutos caminando del centro de la ciudad se encuentra la encantadora calle de Parnell, que se extiende sólo por un par de cuadras. En ella se aglomeran una serie de pequeñas tiendas, librerías, galerías y cafés. Todo muy lindo, con adoquines de ladrillo, arquitectura inglesa y flores por todas partes. Ahí fue donde probamos el más delicioso chocolate caliente, en el Chocolate Boutique Café. De textura suave y contundente, y sabor intenso, fue una experiencia simplemente inolvidable. Devonport es una preciosa península a la cual se puede llegar cruzando el Harbour Bridge, o a través de un breve trayecto en ferry que permite sacar estupendas fotografías del skyline de Auckland. El suburbio mantiene el estilo europeo que le dieron los primeros inmigrantes. Las casas victorianas con coloridas buganvillas y cercos de madera blanca se siguen las unas a las otras; y los cafés comparten las veredas con galerías de arte y tienditas. Las casas más modernas frente a la playa y con vista a la ciudad son envidiables, y las familias pasean felices por las abundantes áreas verdes. Los dos volcanes, Mount Victoria y North Head, ofrecen vistas espléndidas de Devonport, Auckland, Rangitoto y del golfo; y la apacible caminata de cinco kilómetros entre uno y el otro permite recorrer tranquilamente las calles en un par de horas. Luego de largas y ondulantes caminatas, reencuentros y visitas a apreciados lugares de mi infancia, he vuelto a comprobar mi teoría: Auckland es una ciudad ideal para vivir gracias a su simplicidad, belleza, seguridad, extensas áreas verdes y ambiente familiar y acogedor.
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