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| ED Nº 161, Marzo 2009 | |
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Praga en 48 horas Praga tiene un legado histórico y patrimonial digno de destacar. Vivió la opulencia y elegancia de los Habsburgo, sufrió fuertemente las dos guerras mundiales y las dictaduras nazi y soviética, es capital de la República Checa y lo fue de Checoslovaquia. Hoy ese legado es infinitamente más rico, pues la cantidad de lugares que hay para comer, comprar y alojarse, dan cuenta del fervor con que los checos han abrazado el capitalismo. Había estado en Praga hace 15 años en invierno y tenía recuerdos de una ciudad lindísima, pero también oscura y brumosa. En ese entonces recién se hacía efectiva la separación entre la República Checa y Eslovaquia, pero todavía era más natural hablar de Checoslovaquia. Este año visité Praga en primavera, y me sorprendí; era como si nunca hubiera estado ahí. ¿Qué tenía de diferente la “ciudad de las cien cúpulas”? Dos cosas: primero que nada el clima, el sol y los días largos mejoran cualquier panorama; pero también el gran giro que dio el país después de décadas de dictadura comunista. Si divagamos un poco por su historia, el desarrollo urbanístico y el embellecimiento de Praga datan de la época del rey Carlos iv. Educado en París, se inclinó siempre por los aspectos estéticos más que por los políticos, siendo el principal artífice de joyas praguenses como son el Puente Carlos y la Catedral de San Vito. Más tarde, con los Habsburgo y sus seis siglos de reinado, la ciudad se abrió al renacimiento y al barroco, aunque también perdió parte de su identidad y lengua. Con la Primera Guerra Mundial nació un nuevo Estado: la República Checoslovaca, que surgió de la desmembración de lo que durante siglos había sido el imperio Austro-Húngaro. En 1960 se volvió socialista bajo los auspicios de la Unión Soviética, y en eso estuvo casi 40 años con episodios importantes como la Primavera de Praga de 1968 (movimiento en oposición a la URSS que fue duramente reprimido). El final de esta historia tiene un nombre muy poético, la “Revolución de Terciopelo”, tras ésta y la caída del Muro de Berlín, el país se ha ido adaptando a la economía de mercado. De cara al presente, mi recorrido partió al atardecer y fue la mejor opción, porque el casco antiguo –declarado Patrimonio de la Humanidad en 1992– se veía mágico y etéreo gracias a la iluminación de sus edificios y puentes. Como estar en otra época, si no fuera por los miles de turistas que pululaban por las callecitas y que traen de vuelta al siglo XXI. Los barrios Staré Mesto, Malá Strana, Hrad any y Nové Mesto tienen imperdibles. En el primero de ellos se encuentra la Plaza de la Ciudad Vieja, a la que se puede acceder por la calle Celetná desde la Torre de la Pólvora. Junto con el Castillo y el Puente Carlos, son los lugares históricos más populares. Rodeada de restoranes y cafés, carísimos y turísticos, la plaza es escenario de importantes monumentos como el Reloj Astronómico, el Ayuntamiento, la Iglesia de San Nicolás y palacios familiares típicos del Barroco. El reloj data del siglo xv y es el más antiguo de Europa. Ha sufrido varias reparaciones sin perder su estilo medieval, ya que en más de una oportunidad ha sido blanco de ataques, el peor de ellos en 1945 por tanques alemanes. Vale la pena subirlo para ver una linda panorámica de toda la ciudad. En ese recorrido en 360 grados se puede apreciar la Iglesia Virgen María ante el Tyn, una gran construcción gótica que sobresale tras los edificios de la plaza. Me pareció insólito que la taparan con otras edificaciones y que se pueda llegar sólo por un callejón. Esto mismo ocurre con la catedral de San Vito; no logré entender el afán de liquidar estos templos con otras obras. |