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VIAJES


ED Nº 175, Marzo 2010


Maravillosa vista de las Cataratas de Victoria

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El almuerzo organizado a orillas del río

James, el mozo, se encargó de esperarnos con un quitasol de lona, cubiertos de plata, porcelana inglesa y copas de cristal.

Vista del muelle y el río Zambezi al atardece

Vista de la terraza de la casa principal

Peter Jones, propietario del River Club Lodge

Recibe a los huéspedes personalmente en su lancha junto al río.  


Vestido de bermudas beige e impecable camisa celeste nos recibe Peter Jones, el ultra british propietario del lodge en que alojaremos, quien nos invita a abordar su lancha y continuar el viaje navegando por el río aguas arriba. Esta es la vía más rápida y eficiente, pues los caminos de tierra están en muy mal estado. Navegamos escoltados por garzas, pelícanos y pigargos africanos, mientras en la otra orilla vemos jirafas y elefantes, unas estirando su cuello,  y los otros su trompa, intentando alcanzar las hojas aún disponibles en las copas de los árboles. Nos cuesta creer que el paisaje haya cambiado tan violentamente en tan pocos metros. Los animales junto a los abundantes árboles, matorrales, juncos y palmeras forman un ambiente verdaderamente exuberante. “En este río abundan los hipopótamos y cocodrilos”, nos advierte el guía, “hay que tener mucho cuidado con el hipo, pues es uno de los animales a que más se le atribuyen muertes de seres humanos en Africa”. Estamos en octubre, plena temporada seca y el río se encuentra en su nivel más bajo. Nos detenemos en un pequeño islote y nos invitan a descender. Escalamos la arena y nos encontramos con un quitasol de lona blanca bajo cuya sombra hay una mesa con cuatro sillas, mantel blanco, cubiertos de plata, platos de porcelana inglesa, copas y vasos de cristal, pan, mantequilla y un recipiente con un gran jarro con agua helada para lavarse las manos y la cara. Junto a la mesa, James, el mozo a cargo de nuestro inesperado almuerzo, nos saluda con un cariñoso Muli Shani, en su lengua bemba. No podemos creer donde estamos. La película Africa mía quedó chica al lado de esta escena. Brindamos con champagne helado y nos deleitamos con un surtido de entradas frías, muy adecuadas para la temperatura ambiente. A nuestro alrededor el río avanza silencioso. Divisamos un par de cocodrilos durmiendo al sol y de tanto en tanto, desde las aguas a pocos metros de nuestra mesa, emergen los ojos escrutadores de un par de hipos que observan nuestros movimientos. Se nos pone la piel de gallina y pedimos más champagne. Este panorama que a nosotros nos parece absolutamente fascinante, exclusivo y romántico, es habitual que lo organicen los lodges ubicados en estos parques nacionales, donde se encuentran también los big five: elefante, búfalo, león, rinoceronte y leopardo.

El River Club Lodge donde nos alojamos es una casa colonial inglesa situada frente al río con una fabulosa vista a la orilla de Zimbabwe. Los muebles son todos originales de los siglos XVIII y XIX, pertenecientes a la familia de Peter Jones. Está rodeada de jardines y jacarandás en plena floración y una piscina que se descuelga sobre el río. Las habitaciones son cabañas más bien rústicas con piscina privada y vista al río, un amplio baño y están finamente ambientadas con muebles de época colonial y una gran cama con mosquitero, ventilador y aire acondicionado. A las cinco de la tarde en punto, en la terraza de la casa principal, se sirve el High Tea, costumbre inglesa de tomar el té con scones, sándwiches y pastelillos a media tarde. El aperitivo se sirve a la hora de la puesta de sol sobre un deck con hamacas y cómodos sofás para contemplar el río y la comida es en los jardines al exterior a la luz de las lámparas a parafina o en el comedor principal de la casa en caso de lluvia. Después de comer, a la hora del bajativo, el dueño de casa desafía a los huéspedes a un juego de croquet mientras se bebe un exquisito brandy, un coñac o uno de los cientos de vinos que mantienen en la cava. No puedo dejar de contar que María Gracia le ganó la partida de croquet a Peter, a quien no le quedó más alternativa que formar equipo con ella. La experiencia de vivir la época colonial inglesa en este lugar no puede ser más auténtica y deliciosa.

A la mañana siguiente muy temprano nos embarcamos en la lancha en dirección a las cataratas distantes a unos 18 kilómetros aguas abajo. El panorama que se viene es extremadamente fascinante pues intentaremos aproximarnos a las cataratas por aire y tierra y además bañarnos en la Piscina del Diablo, un pozón a sólo un par de metros de la catarata misma. Desde lejos vimos un panorama similar al que declara Livingstone en sus escritos al aproximarse por el río a Mosi-oa Tunya –en lengua bemba “humo que ruge allá”– y que se refiere a la gran cortina que emana del agua producto de su caída de más de 100 metros. Nos detenemos en un helipuerto para abordar el helicóptero en el que sobrevolaremos las cataratas durante 15 minutos. Era mi primera vez volando en helicóptero y quedé alucinado con la experiencia, aunque 15 minutos se hacen la nada misma. Hay que tomar un vuelo de por lo menos media hora. Las vistas son impactantes. El experimentado piloto considera a los pasajeros sentados a ambos lados para que tengan la misma oportunidad de disfrutar la vista y fotografiar. Tras aterrizar nos dirigimos a pie a pocos metros de la caída. Ahí se encuentra la Piscina del Diablo. No fuimos capaces de bañarnos en esa piscina natural ubicada justo al borde de la caída. Es un panorama de alto riesgo y adrenalina sólo para valientes, por lo que optamos por caminar el sendero que lleva a tres espectaculares miradores desde donde, junto con contemplar ésta, una de las siete maravillas del mundo, se nos moja y estremece el alma.



 

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