Dos jóvenes amantes de la buena mesa decidieron perderse en Portugal sin itinerario fijo. Lo que encontraron: mucha y muy buena comida local, azulejos y construcciones imponentes. Estas son las 5 ciudades en las que se detuvieron a probar la hospitalidad europea del oeste de la península ibérica.

1. Porto

Era de noche en esta, la ciudad más importante del norte de Portugal y necesitábamos movernos rápido para llegar a nuestro alojamiento. Decidimos tomar el metro y tuvimos el primer shock cultural: en la estación no había barreras, sólo totems donde los pasajeros marcaban la tarjeta. Llevábamos minutos en territorio portugués y ya nos estaba gustando.

Al día siguiente, tomamos un inolvidable paseo en barco por el río Duero donde vimos las casas de la ribera y sus puentes preciosos. En esta empinada ciudad todo está adornado con azulejos: las calles, las fachadas de los edificios, los andenes del metro, la estación de trenes, los souvenirs; todo combina en hermosos tonos blanco y azul.

Otro de los tours más comunes en Porto es a las bodegas de vino para probar su gran orgullo, el vino de Oporto. La mayoría están ubicadas en la orilla sur del Duero, a la que antiguamente llegaban los barcos con las cavas desde el interior del valle. Hay degustaciones de todos los precios, y en general se prueban desde tres vinos diferentes, todos muy cargados al aguardiente.

Nuestro mantra durante todo el viaje fue ‘Donde fueres, come lo que vieres’ y, por lo mismo, nuestro objetivo principal fue probar siempre la comida local. Así nos dimos cuenta que la pastelería es muy importante en Portugal. El icono es el pastel de nata, un pocillo de suave masa hojaldre relleno de crema pastelera. Lo puedes encontrar en todas las cafeterías. Otra de las maravillas autóctonas la conocimos fortuitamente caminando cerca de la Torre dos Clérigos –un muy bonito mirador de la ciudad–. La broa de mel es una galleta blanda y remojada, con mucha canela y sabores navideños. En la vereda salada del mundo culinario de Porto hay una bomba local: la Francesinha. Un sandwich, a estas alturas mítico por sus altos índices calóricos, que se come mejor en el Café Santiago. Pan de molde, salchicha, chorizo, vacuno, cerdo, queso y nuevamente pan, van cubiertos de capas de más queso y un huevo frito. Se acompaña con papas fritas y la infaltable salsa francesinha que baña todo, elaborada principalmente con cerveza, vino de Oporto y tomate.

 

2. Coimbra

Esta ciudad fue antes capital de la nación. Ahí está la universidad más antigua de Portugal y una de las primeras de Europa. Por las calles se puede ver a universitarios vestidos con túnicas negras, el pase para conocerla permite entrar a la biblioteca –llena de frescos en sus cielos–, a varias salas y a los calabozos en los que castigaban a los alumnos.

En el plano de Coimbra se despliega la zona antigua, junto al río, en la que puedes encontrar bares y bellezas gastronómicas como el sandes de leitão, un sandwich que sólo contiene lechón asado. Una simpleza que sólo hace falta acompañar con una cerveza en el bar Porta Larga, también conocido como Antonio dos Leitões, un local que universitarios visitan a menudo por sus bajos precios y televisión prendida.

 

3. Obidos

Acercándonos cada vez más hacia Lisboa decidimos parar en Óbidos, un pueblo de cuentos por donde se le mire, con calles angostas y su propio castillo, pero que cuenta con una oferta limitada de alojamiento por su cercanía con la capital. Como nosotros no teníamos un itinerario apretado decidimos alojar en un excelente y pequeño hostal llamado Argonauta. Ahí nos recibió Concha, una española que había hecho su vida en Portugal y que por diferentes motivos había terminado en este poblado arriba de un cerro. Ella fue la responsable de que quisiéramos ir a Snack Bar, un restaurante de poca bulla que estaba recomendado por todo internet y con estrellita azul en nuestra guía Lonely Planet. Prometía comida 100% portuguesa y lo cumplió. Después de una larga espera que sólo rellenamos con vino de la casa en jarro y aceitunas, probamos uno de los mejores festines de nuestra vida por pocos euros.

 

4. Lisboa

Lisboa es Valparaíso en Europa. Los colores, olores y disposición de la capital nos hicieron recordar mucho el estilo relajado de nuestra ciudad puerto. Caminar por los cerros y encontrarte con pequeños almacenes, tiendas de arte, la Feira da ladra (que en castellano es algo como “Mercadillo de la ladrona”), grafitis, trolleys, fachadas antiguas y miradores que dan a la bahía, hacían que nos sintiéramos en un lugar que ya conocíamos.

El recorrido cultural obligatorio incluye el Castelo de São Jorge desde donde puedes ver la ciudad hacia la costa, el mar y un puñado de grúas –comunes en las vistas de Portugal, dado su constante estado de construcción y remodelación–.

Muy cerca de ahí se puede pasar al barrio Alfama, al este de la ciudad, pequeño, apretado y hogar del famoso Tram 28 que siempre está atestado de turistas. Caminando en la noche por Alfama te puedes encontrar con mujeres cantando el sufrido fado, cervecerías en la calle y mesitas de terrazas acomodadas en las abundantes escaleras que hay para recorrer los alrededores.

La catedral o Sé es una caminata en subida cercana al plano, que está dentro del recorrido arquitectónico mínimo de la capital portuguesa. Pero si hay más tiempo para visitar edificios imponentes hay que ir al Mosteiro dos Jerónimos, Patrimonio de la Humanidad de la Unesco al oeste de la ciudad, donde está sepultado Vasco de Gama. En este recorrido también puedes aprovechar de ir a la Torre de Belém y a la Padrao dos Descobrimentos.

A la vuelta de ese recorrido pasamos al recomendado Mercado da Ribeira, de la revista Time Out. El lugar es una mezcla entre un patio de comidas y una feria gourmet, dentro de una versión pequeña de la Estación Mapocho. Se nos paran los pelos de sólo recordar cuando entramos y vimos las opciones de comidas, que iban desde las latas de la Conserveira de Lisboa, típicas conservas portuguesas, hasta platos de reconocidos chefs locales como Henrique Sá Pessoa y su leitao confitado crocante con puré. El mercado es de esos lugares en los que quisieras siempre tener hambre y nunca estar satisfecho para probar absolutamente todo.

La oferta de alojamiento en Lisboa es variada. Hay hoteles de lujo y hostales juveniles. Sin embargo guías como Lonely Planet hacen hincapié en que conviene muchas veces arrendar departamentos si las estadías son de más de 5 días. AirBnB fue nuestra mejor opción.

 

5. Lagos

Para rematar dos semanas de recorrido intenso, decidimos bajar al sur de Portugal hasta el balneario de Lagos, en el Algarve, famoso por sus acantilados erosionados y sus aguas calipso.

Lejos de la fantasía caribeña, el mar en Lagos es muy frío por su directo contacto con el océano Atlántico. Sus corrientes y el viento hacen que esta parte de la península sea un destino muy deseado por surfistas de todo el mundo, en especial australianos. No es raro ver a anglosajones que se quedaron ‘pegados’ en estas tierras, adictos a las olas y la vida playera.

Lagos es un pueblo pequeño, amurallado y antiguo, lo que permite tener un contraste muy bonito del casco viejo con la vida turística que se lleva en la ciudad. Todo es caminable –incluso las playas que están fuera de la ciudad– y los autos son escasos. Dentro de las actividades que puedes realizar en Lagos están andar en kayak por los acantilados, clases de surf y nado con delfines. Sin embargo nuestra onda andaba más cercana al relajo y la buena vida en las playas. Entre nuestras favoritas están Praia do Camilo y Praia Dona Ana. La primera, no más grande que una cancha de baby fútbol, y la segunda mucho más armada, amplia y con servicio de toldos y reposeras.

Para comer, las opciones eran abundantes pero de calidad dudosa y precios elevados, como en la mayoría de los balnearios turísticos. Sin embargo nos encontramos con la sorpresa de que una de las 50 mejores hamburgueserías del mundo, Nah Nah Bah, estaba ubicada en este pequeño confín de Portugal. Y valió la pena salirse de la dieta ‘sólo local’ que nos habíamos autoimpuesto al comenzar el viaje.

Nuestros puntos álgidos culinarios de Lagos fueron los percebes –mariscos casi indescriptibles que parecen dedos de cocodrilo o dragón y se comen solos pero acompañados de mucho alcohol– y el rodizio de sardinas asadas ubicado en un barrio residencial y en el que te atiende un parrillero vestido de pirata. Todas experiencias inolvidables que nos agarraron por el estómago y que terminaron en nuestro corazón, así como lo hizo Portugal en todas sus formas, gente y geografía. Un destino relajado y cultural que definitivamente debería estar en la lista de todo viajero con ganas de sorprenderse.

  • Vista de la ribera de Porto desde el puente Don Luis I, que une la ciudad con el sector de Vila Nova da Gaia, donde se alojan las casas de vinos.

  • Vistas de Porto, que se caracteriza por sus edificios antiguos, calles de piedra y azulejos.

  • Vista general de Coimbra.

  • El transporte público a las afueras de la catedral Se Velha.

  • En Coimbra está la universidad más antigua de Portugal. El río Mondego, en el que se pueden practicar deportes acuáticos.

  • En Obidos, el imponente Santuario Do Senhor da Pedra que detrás esconde el secreto a voces local: Snack bar.

  • Las pequeñas calles medievales de la ciudad.

  • La vista de Lisboa desde el Miradouro da Senhora do Monte en el barrio de Graça.

  • Un Tram pasando por fuera de la catedral de Lisboa.

  • Las famosas conservas portuguesas. Las anchoas y el bacalao son el perfecto souvenir para traer de vuelta.

  • Uno de los pasillos interiores del Monasterio de Los Jeronimos.

  • El Mercado de la Ribera de la revista Time Out.

  • La playa de Camilo en Lagos.

  • Las playas de Lagos están rodeadas de acantilados erosionados que resguardan las verdes y celestes aguas que atraen a turistas y surfistas de todas partes del mundo.