Clásica chilena

El  decorador  Jorge  Letelier es  un  defensor  de  Pirque  y  acaba  de terminar  de  remodelar  su  nueva  casa  ahí. Después  de  un  trabajo  minucioso  y  con  un estilo  muy  Letelier,  la  dejó  completamente  irreconocible.

Desde niño el decorador Jorge Letelier ha sido un fanático de Pirque. Pasaba parte de las vacaciones donde unos primos en San Juan y esa es una de las razones que lo llevaron, hace 18 años, a comprar su primera casa ahí. Fue una construcción antigua de estilo chileno que había formado parte del fundo de la familia Mackenna; una pequeña casa de cuidador que transformó hasta convertirla en un verdadero oasis con vista al cajón del río Maipo.

Y hace un par de años decidió que ya era momento de cambiar y se enfrentó a un nuevo desafío: compró una casa –como dice él, medio en serio y medio en broma, “la más fea y mal hecha de todo Pirque”– y la dejó irreconocible. “La casa no tenía carácter. Prácticamente no existía. Era sólo un predio muy bien ubicado, con un naranjo y un cerezo”, cuenta. Logró salvar un veinte por ciento de la construcción original (dos dormitorios y un baño a los que les cambió todo) y el resto tuvo que hacerlo desde cero, pero manteniendo el carácter de la zona. “Creo firmemente que cada casa debe adaptarse a la geografía del lugar y a la arquitectura que la rodea. Pirque, y especialmente el Camino Santa Rita, tiene una antigua tradición de casas chilenas y lo primero que hice fue respetar las construcciones de los alrededores y adaptarla al predio existente”, cuenta Letelier.

Para toda la parte nueva, que es el living, el comedor, la cocina, el quincho y todo el segundo piso, además de la piscina, trabajó con materiales como ladrillo, madera reciclada, puertas de demolición y tejas antiguas que trajo del sur. El estuco que recorre toda la casa imita adobe, pero es concreto enguantado. Y así, esta construcción está llena de detalles bien modernos, como las ventanas de termopanel hechas a la medida, que se mezclan con materiales nobles.
Es tanta su preocupación por la preservación de esta arquitectura y el respeto por la tradición, que junto a un grupo de amigos pirqueños están intentando formar la Sociedad Histórica de Pirque, destinada a mantener, salvar y dar asesoría gratuita a quien quiera mejorar o remodelar propiedades de la zona, con la idea de mantener el carácter de este lugar.

¿Qué es lo que le gusta tanto de Pirque? “Me encanta porque es campo, tiene muy buen aire y está a pasos de Santiago. Y sin duda amo la impactante cordillera que deja a todos mis amigos de afuera con la boca abierta”, cuenta. Y es que este decorador, que vive viajando –entre Chile y Nueva York, donde trabaja hace más de 40 años– recibe gente constantemente. Amigos que vienen de visita, familiares, otros pirqueños… Esta casa pasa llena cada fin de semana y en los veranos “es casi un hotel”, como cuenta su dueño.

Por eso, su lugar favorito en esta casa es la cocina. Ahí puede estar solo o recibir a todas las visitas, y lo mejor es que está pensada como un espacio multifuncional, donde no sólo se cocina, también se vive. El espacio es abierto y la gran protagonista es una chimenea rústica cubierta con piedras del río Clarillo, además de una mesa grande que sirve para escribir, jugar cartas y, por supuesto, para comer. Los muebles son los típicos de campo, que se usaban mucho a fines del siglo XIX, con una cubierta de mármol de Carrara que la idea es que envejezca con personalidad. “Quiero que muestre señales de uso, como en una cocina italiana donde no temen a las manchas. No le quitan, sino que le dan más carácter”, dice Jorge. Y es imposible no fijarse en la campana, diseñada por el decorador y hecha por un maestro metalúrgico.

Pero si hay algo que llama la atención al entrar a esta casa, igual que en todas las que ha hecho este decorador, es su impactante colección de arte. Dice que no se autodenomina coleccionista, pero el tema le interesa muchísimo y se nota que ninguna elección fue hecha al azar. Hay algunas piezas que dice que ha tenido desde siempre, como la escultura de Henry Moore sobre la mesa del comedor o el Ellsworth Kelly en la entrada, pero gran parte de las obras las compró con una idea en mente. Hace cinco años visitó la exposición Alemania en el Louvre y le impresionó cómo el paisaje había influenciado el carácter y personalidad de los alemanes. Dice que vio la exhibición –que también incluía a Egon Schiele y Otto Dix, dos de sus artistas favoritos– tres veces y quedó pensando… Unos meses después, en nuestro país, empezó a mirar el paisaje y la pintura chilena con otros ojos, y descubrió algo muy interesante. “La mayoría de los artistas chilenos capturaban el imponente paisaje en toda su grandeza, en cambio las figuras humanas y construcciones que figuraban eran muy secundarias, minimizando al habitante. Lo encontré muy adecuado a la relación que tenemos con el paisaje, donde con esa imponente cordillera que nos vigila a cada instante y los potentes movimientos de tierra, han influenciado la personalidad y el carácter de los chilenos, donde todo lo humano parece importar menos y ser muy poco permanente.

Podemos destruir sin sentir remordimiento, porque si no la naturaleza se encargará de hacerlo”, dice. Una reflexión que hace en esta casa en Pirque, a pasos del Cajón del Maipo, en lo que según él es una real maravilla de la naturaleza que sería una envidia en cualquier lugar del mundo, pero que acá ha sido comprometida por construcciones que no han respetado el entorno… Un tema que le fascina y que realmente da para pensar.

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