Vínculo con la tierra

Esta casa fue rodeándose de a poco de un parque de ocho hectáreas. Lo que comenzó hace 30 años como un encargo puntual de paisajismo hoy es una obra maestra de Juan Grimm. Entre crespones y palmas, han pasado generaciones de una familia de agricultores que cuidan tanto sus lazos, como sus tradiciones y amor por la tierra.

 

Un camino de tierra, entre paltos y limones, lleva a un portal adornado con antiguas tinajas. A la izquierda, lo que se pensó como una cochera con una caballeriza, hoy es una leñera y una sala con varias monturas perfectamente ordenadas bajo los nombres de sus dueños. Acá se ensillan los caballos, montar es una de las actividades seguras de la familia. El camino sigue y en una bajada de agua de piedra se puede ver en todo su esplendor el parque que Juan Grimm diseñó para los dueños. Los muros de piedra de la casa forman un pasillo que tiene grandes faroles y al fondo se ve una virgen en una gruta. El camino lleva a un patio central y a dos puertas de entrada de madera de un convento en Alto Perú.

La familia que lleva varias generaciones en esta tierra ha desarrollado un vínculo potente con ella. Son aclanados, eso se nota. El campo es parte de sus raíces. Esta casa es su centro de reunión. Algunos de los hijos viven y trabajan acá, otros en Santiago. Pero todos vuelven al origen los fines de semana, en las vacaciones, para el 18 de septiembre o cada vez que pueden.

Fue hace más de 20 años que el dueño le pidió al arquitecto Alberto Soffia que proyectara una casa. El parque de ocho hectáreas la precedía, por eso tenía que adaptarse al jardín y no al revés. Decidieron ponerla frente a un tranque que antes se utilizaba para el riego y que transformaron en una laguna con cientos de peces koi, un par de patos y un bote blanco para pasear en el verano. El arquitecto le propuso una casa forrada en piedra, con teja chilena. Hoy, sus dueños salen a pasear al jardín y conocen cada centímetro del parque como la palma de su mano. Sus caminos llevan a varias partes, la que antes era su casa, una pérgola, una pajarera y un par de potreros.

Por dentro, los dueños, junto a la decoradora Luz María Edwards, se encargaron de que cada rincón tuviera un recuerdo. Un altar ariqueño encontrado en un anticuario, figuras de santos, cuadros cusqueños, alfombras turcas, y tres grandes cuadros de Onofre Jarpa son parte de los objetos que también construyen el espíritu de esta casa cálida y acogedora.

EL PARQUE
Fue en 1965 cuando el dueño de casa empezó a plantar los primeros árboles, pero en 1985 Juan Grimm llegó “a desordenarlo todo”. En el acceso, Juan puso palmeras uruguayas, al sotobosque donde el dueño de casa tenía clivias, le agregó un bosque de tuliperos. Junto al riachuelo hizo crecer un pabellón de nalcas. Alrededor de la laguna plantó cipreses, alcornoques y pataguas. Los senderos los rodeó de peumos que crean una oscuridad especial. Hoy parece casi increíble que en un lugar donde los árboles son tan grandes que tapan la luz, hace algunas décadas no hubiese nada más que tierra.

“Este jardín lo empecé hace 30 años y no he parado”, cuenta entusiasmado el paisajista, quien primero recibió como encargo un área de 5.000 metros junto a la casa y con los años se fue involucrando más y más. El proyecto actualmente es un espectacular parque de ocho hectáreas donde cada época del año tiene su encanto. “Los crespones, por ejemplo, tienen un invierno maravilloso, por su tronco escultórico. Son rojos en otoño y fucsias con las flores en verano”, cuenta Juan.

El parque es un verdadero escenario donde se despliegan sus composiciones. “El jardín está en una ladera y tiene condición de mirador porque mira al valle, pero se relaciona con sí mismo, hacia dentro, con grandes perspectivas. Son varios jardines que tienen umbrales entre sí, que hay que cruzar para pasar de uno a otro”, explica el paisajista. Y efectivamente de un sendero oscuro se pasa a las palmeras y se llega a un jardín de flores. O uno se puede internar en el cerro, atravesar un bosque y encontrarse con las clivias.

En el parque hay muchos lugares espectaculares, pero la laguna es –sin duda– el corazón del proyecto. Todos los senderos llegan hasta ahí. Desde el agua se ven reflejadas las capas de verdes y es el lugar que más se mueve. Desde ahí también se percibe una de las intenciones principales del paisajista: todo el entorno está pensado para que la primera línea de arbustos vaya creciendo en perspectiva hasta llegar a la copa de las araucarias que están al fondo.

“No hay ni un árbol que no haya plantado yo”, cuenta orgulloso Juan. Y es que fuera de su propio jardín en Los Vilos, que funciona como su laboratorio, en toda su carrera no le ha dedicado a ninguno otro tantos años. Y durante este tiempo ha ido creciendo una gran amistad entre él y el dueño de casa. “Me salen las garras cuando un cliente opina sobre las plantas que deben ir, pero es tal el amor del dueño de casa con su jardín, que cada decisión que toma yo se la celebro”, cierra Grimm.

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