Totoy Zamudio tiene 54 años, una prótesis en la rodilla derecha, y la costumbre de pintar 14 horas seguidas. Se despierta temprano, trabaja hasta el almuerzo, descansa un poco, vuelve a las cinco de la tarde y no para hasta la una de la madrugada. Pinta hasta que el cuadro «se estabiliza», que es su manera de decir que no puede parar antes de sentirlo cien por ciento terminado. «Si me cae un rayo, me muero en la esquina, ese cuadro lo dejé listo», dice, sin aspavientos, como quien constata un hecho simple de la física.
Este mes, Totoy tiene dos exposiciones simultáneas en Chile: “La fiesta, los colores y el arcoíris”, en la Galería Homero Martínez Salas de Ovalle; y «Y dos y tres es su nueva contraseña. ¿Quiere guardarla en el dispositivo?», en Galería La Sala de Vitacura. El título de la segunda exposición funciona como una declaración de principios disfrazada de notificación de pantalla: cualquier cosa puede ser una contraseña, cualquier cosa puede ser arte, y lo que importa no es entender, sino sentir.
Hay quienes llamarían a este momento «consagración». Él lo rechaza. «Esas categorizaciones de consagrado, no consagrado, no van conmigo. Sigo siendo el mismo huevón, sigo movilizado, motivado», dice. Lo que le interesa es no perder el foco. «Quiero seguir enfrentándome a todas las posibilidades como si fueran la única”.


El antídoto al dolor
La historia de José Manuel Zamudio Olivares —Totoy para todos— tiene varios puntos de inflexión, y uno de los más tempranos ocurrió en una clínica. Tenía catorce años cuando le diagnosticaron osteomielitis, una infección por estafilococo contraída en pabellón. Las dos opciones que manejaban los médicos eran igual de brutales: amputar o arriesgarse a perder la pierna de otra manera. A él no se lo dijeron con esa claridad, pero el cuerpo entendió lo suficiente: dejó de comer. La dirección de la clínica emitió una orden interna: que le trajeran lo que pidiera. Chupe de locos, filet mignon, gambas, cualquier cosa, lo que se le antojara. «Y me lo traían», recuerda.
Cuando pudo moverse, se subió a la silla de ruedas y empezó a correr por los pasillos, colarse en otras piezas, visitar a los niños que lo estaban pasando peor. «Estuve mucho tiempo en la clínica, era como el niño símbolo», dice. Después aprendió a caminar de nuevo. Lo que quedó de esa experiencia no fue trauma, sino algo más parecido a una calibración: saber que las cosas malas se enfrentan, que lo que parece sin salida puede tener una, y que desde ese lugar se puede crear.
Hoy convive con el síndrome de Ehlers-Danlos tipo tres, una condición de hipermovilidad articular que le ha dado varias operaciones y dolor crónico. Pero sus cuadros no expresan sufrimiento. «Los monos no están pasándolo mal, al contrario, están cagados de la risa», dice. La pintura, en su caso, es un antídoto.
La improvisación como lenguaje
Empezó a pintar en 1991, mientras estudiaba ingeniería. En 1996 entró a estudiar Artes Plásticas en la Universidad Finis Terrae. Después hizo un Máster en Animación Digital en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Lleva 35 años pintando. Pero lo primero que descubrió de sí mismo no fue la pintura: fue la música.
Tenía tres años cuando su abuelo puso un disco de jazz que acababa de comprar. Estaban en Zapallar, volvían de la playa esa tarde, y el niño reprodujo el solo de trompetas que había escuchado una sola vez. Años más tarde, vio en el programa Cóctel de Kike Morandé a Ana María Meza, formadora de cantantes como Nicole y Denisse Malebrán, y al día siguiente, después del colegio, fue hasta su academia a tocarle la puerta. Cuando le dijo que cantara algo, él respondió: «Es que no te puedo cantar nada que exista, porque yo improviso». Meza le propuso un trato: «Yo te enseño técnica y tú me enseñas improvisación».
La música y la pintura tienen en Totoy el mismo origen: crear desde la nada. Ni mapas mentales previos, ni imágenes que guíen el proceso. «Me es mucho más difícil seguir un patrón», admite. En cambio, lo intuitivo le es tan natural como respirar.
Pintura sin dolor
El lenguaje visual de Totoy es inconfundible: color vibrante, figuras que él llama «los monos», un imaginario que mezcla lo fantástico con lo cotidiano. Durante una década pintó exclusivamente con computador, mezclando digital con intervención manual. La gente le decía que eso no era pintar. Él siguió.
En estas dos exposiciones aparecen cosas nuevas: la primera vez en 35 años que tuvo la imagen antes de pintar. Vio desde su ventana el enrejado amarillo de la calle, ese patrón urbano de celdas que señala zona de libre tránsito, y supo de inmediato que ahí había una obra. Lo llevó al lienzo: un cuadro de un metro ochenta por dos metros, lleno de cuadraditos de colores que constituyen una ciudad contenida. «Puedes sacar un detalle de esa obra y ves una mayor», explica. El proceso fue tan intenso que después de horas frente al cuadro veía triple. Todo se movía.
Para Ovalle pintó quince telas de un metro veinte por un metro veinte que, puestas al calce, forman un continuo de más de diecisiete metros: la transición entre el día y la noche en el desierto, llevada a su lenguaje. «Somos Chile, y Chile es isla, y Chile es horizonte, y Chile es una gran franja larga». El método involucró una composición base de color generada digitalmente —sin figuras, solo transiciones cromáticas—, impresa sobre la tela y luego intervenida con pintura. Ese fue el punto donde logró el match entre lo digital y lo análogo.
Obras que se venden
Totoy tiene poco aprecio por el arte que necesita ser explicado para existir. No porque desconozca la teoría sino porque cree que cuando un texto curatorial solo lo entiende quien lo escribe, algo falló. «El énfasis está puesto en compartir, no en dividir, no en generar barreras y muros. La gran mayoría de artistas conceptuales no producen obra. Su obra es un ensamblaje de ideas. Está bien, pero eso no es una obra».
Su propio trabajo se ha vinculado al art brut, esa tradición de pintores que operan al margen del sistema académico, desde la intuición pura. Totoy acepta la comparación con matices: en algún momento encontró sintonía con los fundadores del grupo Cobra —Corneille, Appel, Alechinsky— que pintaban desde el automatismo, sin imágenes previas. «Oh, qué bueno, no estoy solito en el mundo. Hay huevones que sienten como yo», se dijo en algún momento. Pero no es una influencia: es un reconocimiento. “El primero que me mató a mí, en mi vinculación con la pintura, fue Matta”. Luego vino Picasso, y después decidió olvidar todo y quedarse solo con lo suyo.
Ha dicho en entrevistas, más de una vez, que no vino al mundo a morirse de hambre. Le gustan las comodidades, le gusta viajar, le gusta adquirir obras de otros artistas. La declaración incomoda a ciertos sectores del mundo del arte, que asumen que la comercialidad contamina la pureza creativa. A él eso le parece un cinismo: «Es como si fuera malo vender un cuadro. Yo pinto el cuadro, ¿para qué? ¿Para mí solo?».
Le ha tocado ir a pintar con niños en sectores de escasos recursos. En uno de esos talleres, un niño le preguntó cuánto valía un cuadro suyo. Totoy le dijo la verdad. El niño respondió: «Ah, entonces le voy a decir a mi papá que me deje ser artista, porque él es gasfiter y no me quiere dejar». Zamudio les dice lo mismo a todos los niños que le preguntan: “si hacen lo que quieran hacer desde el interior de su alma, de la mejor manera posible, les va a ir la raja”.


