“¿Qué piensan cuando ven el teatro?”, es la pregunta que hace Antonia Rioseco cuando comienza las visitas guiadas. Un portacompletos, una caja de zapatos o de fósforos son algunas de las respuestas más frecuentes. “Preguntan por qué se ve como se ve o por qué no está dentro del río”, dice la también estudiante de arquitectura, quien hace cuatro años realiza visitas guiadas.
El edificio del Teatro Regional del Biobío (TBB) tiene seis pisos y alcanza una altura aproximada de 30 metros. Se ubica en la costanera de Concepción y fue diseñado por Gabriela Medrano, Eduardo Castillo y Smiljan Radić, reciente ganador del Premio Pritzker. Esta obra fue seleccionada dentro de las diez más destacadas del portafolio del profesional de 60 años, junto a Pabellón Guatero y Nave.
“Generó mucha polémica en términos de su imagen y propuesta arquitectónica, pero tenía el potencial de traer nuevos aires a la ciudad”, explica Hernán Barría, arquitecto y representante de la Universidad del Bío-Bío en el directorio del TBB.
Barruntar y la cotidianidad
Al asumir como jefa de operaciones, Jessica Aravena recibió las llaves del gigante en 2018, con la misión de echar a andar el edificio. “Fue un desafío, porque es tremendamente imponente”, recuerda. “Perderse adentro es fácil. Si ya es difícil en el sector público, imagina en el área administrativa, donde están las escaleras y pasillos técnicos”.
Paredes y mamparas de vidrio dividen el exterior del interior del hall, una zona abierta donde se aprecian los pilares de hormigón y botes de madera volteados, que forman parte de la obra del difunto arquitecto Eduardo Castillo. Desde su primer nivel se evidencia el carácter simétrico de la construcción: dos escaleras, dos ascensores, dos baños; todo en paralelo. En lo alto, la obra lumínica Estelar, de Iván Navarro.
“El público se pierde mucho, lo que es divertido, porque en su lenguaje arquitectónico es simétrico y debería ser más fácil. Pero esa es la magia de la arquitectura: la espacialidad se constituye de muchas cosas; entre ellas, la membrana —la cubierta blanca característica, que funciona como una carpa de circo que tamiza la luz—, que no permite saber hacia dónde están las vistas. No hay ventanas”, profundiza Antonia Rioseco.
Según Hernán Barría, aquello es una intención de diseño. “Es generar algo implosivo, una experiencia de antesala a vivir una experiencia teatral. Esa idea de perder referencias con el exterior hace que mires hacia adentro y logra algo muy interesante con unas escaleras simétricas y con el muro que divide esta escalera. Ahí Smiljan Radić usa la palabra barruntar, que es percibir que algo va a pasar”, explica el arquitecto. El galardonado con el Pritzker toma el concepto de barruntar del director de teatro Tadeusz Kantor.
La magia de la Sala Principal ocurre en el escenario más grande de Chile, con un ancho frontal aproximado de 29,5 metros y una profundidad máxima de 19 metros; es decir, una superficie cercana a los 504 m². En tanto, la Sala de Cámara ofrece un espectáculo frontal y bifrontal, “o incluso no tener asientos”, puntualiza Jessica Aravena. “Imagina poner un escenario al medio y a la gente alrededor”, agrega.
La arquitectura del teatro alberga una comunidad sólida. De los asistentes encuestados en 2025, el 74 % había asistido al recinto con anterioridad. “Siento paz y tranquilidad. Voy y disfruto mucho estar ahí; es bonito y acogedor”, dice Valeria Ugarte, público habitual del recinto.
Si bien para los nuevos asistentes la sorpresa es latente, para quienes habitan a diario el teatro esta se transforma en cotidianidad. Fernanda Videla es jefa del Área Escénica y lleva cinco años en la institución. Recuerda la impresión que le causaron las dimensiones del edificio: “No estaba todo colapsado; cada espacio era grande y vasto. Eso me llamaba la atención, porque generalmente los espacios teatrales son pequeños. Se camina bastante; es un constante recorrer”, rememora.
Para Videla, Smiljan Radić tiene ciertos gestos con las personas que trabajan en el edificio, como que la oficina está en una planta abierta en el cuarto piso y que es el único espacio donde hay un gran ventanal hacia el río. El formato “es muy enriquecedor: nos permite trabajar mucho en equipo, porque en general esto es como una posta”, dice Jessica Aravena.
Ubicado en la costanera, mantener la temperatura es un desafío. “El hall es más frío, pero tiene que ver con la materialidad del espacio, porque es vidrio y membrana. Pero creo que, de alguna manera, hemos logrado darle calor humano al espacio”, asegura Aravena.
Los espacios del teatro se han adaptado a nuevos usos, como ocurre con TBB Lab —un área de creación y experimentación artística— y salas para residencias artísticas, donde los artistas pueden hospedarse por pequeñas temporadas en el edificio. “Las residencias no fueron parte del diseño original; son como dos pequeños lofts que permiten que un artista de cualquier parte del mundo pueda estar un mes en el teatro”, explica Rioseco, y expone el caso de Los Bunkers y los elencos de Ópera Patagonia y el musical Cecilia, una historia incomparable.
Así, el teatro es un edificio vivo que se adapta a las necesidades de sus habitantes. Tal como decía su eslogan en 2023, “Habitemos el TBB”, el recinto se ofrece como cobijo en medio de la costanera. “Los espacios se van rehabilitando, no tienen por qué seguir el diseño, y nosotros como equipo buscamos que tenga ese lenguaje; vemos el valor arquitectónico del edificio. Es un edificio que permite soñar”, concluye Rioseco.







