No es un material fácil de domesticar. El vidrio exige tiempo, precisión y una relación directa con el fuego que no siempre resulta evidente. Ahí es donde aparece Trinidad Viñuela, quien lleva cinco años dedicada al arte, pero solo hace uno encontró en el vidrio soplado ese punto donde todo calza. Un descubrimiento que llegó de forma inesperada —guiado por tecnología y curiosidad— y que terminó convirtiéndose en una práctica casi obsesiva.


Trinidad lleva ese proceso a la joyería con su marca V1dr1a, creando principalmente anillos que conservan algo de ese origen: formas orgánicas, colores que parecen suspendidos y una cierta fragilidad que contrasta con la resistencia real del material.
Lo curioso es que el fuego nunca fue un lugar cómodo para ella: siempre con miedo a los hornos y al fuego de la cocina, descubrió en esta práctica, que frente al soplete –y a más de 1200°C–, aparece algo distinto: concentración absoluta, un tipo de calma que le es difícil de explicar. Trabajar el vidrio no es solo técnica; es una especie de sincronía entre tiempo, temperatura y decisión. Hay segundos para actuar. Después, el material cambia. En ese tránsito está lo interesante: el vidrio, cuando está incandescente, se comporta de forma inesperada: fluye, se estira, se deja moldear. Luego se enfría y se vuelve rígido, definitivo. Cada pieza queda marcada por ese momento preciso en que fue trabajada.
«Existe una sensación casi deportiva en el proceso porque tienes apenas unos segundos para dar forma a la pieza antes de que se solidifique. Es fascinante observar cómo la gente (incluso yo a veces) se sorprende al entender que algo tan delicado y hermoso nació de una simple y rígida vara de cristal», cuenta sobre el proceso de sus anillos.
Por ahora, su trabajo se mueve entre ferias y nuevas vitrinas que empiezan a aparecer en Santiago. Puedes ver más de su trabajo en su instagram @v1dr1a.



