A sus 84 años sigue produciendo los matrimonios más lindos de Chile. Divertida, audaz y sobre todo valiente, ni las ingratas vueltas del destino, ni los años la han detenido. Con su agenda copada, se hizo un tiempo para compartir sus recuerdos con humor, tenacidad y nostalgia.

Sentarse a repasar el pasado, puede resultar una tarea extenuante y a ratos dolorosa. Pero hacerlo con Amelita Correa es una aventura llena de chispazos de ingenio y humor, aunque las penas y las tragedias no quedan fuera. Ella, en cada uno de sus 84 años de vida, ha sabido desprenderse de la tristeza y pararse digna y fortalecida. Vigente, activa y trabajadora, esta mujer sigue produciendo, semana a semana, los más espectaculares matrimonios, inauguraciones y eventos. Asociada con sus hijos Juan Pablo y Amelita Izquierdo, ha sido tutora, guía y precursora de cómo se celebra un matrimonio en nuestro país. Pero jamás se olvida que partió haciendo tortas inspirada en La Buena Mesa, de Olga Budge y en un libro escrito por la condesa de Toulouse-Lautrec.

Una mirada atrás

Amelita tenía sólo seis meses cuando sus padres se separaron y desde ahí supo poco y nada de su papá. Fue entonces que partió un matriarcado encabezado por su madre, Amelia Urrutia Zañartu, y secundado por sus tres hermanas. Ella, la cuarta y menor, creció en un mundo de mujeres con coraje, que no le temían al esfuerzo y que pese a todo disfrutaban de la vida, los bailes y de los sencillos gustos que podían darse. “Era una casa sumamente entretenida, una reencarnación de la novela Mujercitas. ¡Si hasta nos llamábamos igual!”, asegura la menor de las Correa Urrutia.

Pasó de colegio en colegio, la salud no la acompañó –estuvo largos períodos en cama afectada de reumatismo– y para ser franca, como dice ella, su fuerte no era el estudio. Pero aprendió de su mamá, mujer culta, viajada y gran lectora. A los 16 se puso a trabajar en Grace, la boutique de su hermana Paulina en la calle Bandera. “Yo quería estudiar arte y actuación, de hecho, me inscribí en el Bellas Artes y en el Teatro Ensayo, pero, cuando comencé a llegar a la casa con pintores y estudiantes de teatro mucho mayores que yo, mis hermanas junto a mi mamá, decidieron darle un corte radical a mis aspiraciones de artista y me pusieron a trabajar en la tienda”, recuerda Amelita.

Y la verdad es que su ingreso no le venía nada de mal a la familia, que vivía de manera muy sencilla, aunque según la propia Amelita, su mamá le enseñó a comer desde langosta hasta criadillas. “Juntaba sus pesos y me sacaba a comer a los mejores restoranes de Santiago para que después no hiciera el ridículo en la mesa”.

Seis años después dejó la tienda e ingresó como ejecutiva al Banco Central, y desde entonces las cosas pasaron rápido, muy rápido: conoció a José Manuel Izquierdo, con quien se casó tiempo después en 1961. Tuvo a su primer hijo, armó un negocio paralelo con su amigo Mauricio Riesco y juntos vendían sándwiches de pollo a sus colegas del banco para sumar unos pesos extras. En esos años también, murieron una a una sus tres hermanas, marcando su vida para siempre y dejando a su madre, también enferma, a su cargo. Con menos de 30 años, este sólido y protegido mundo femenino se desmoronó y Amelita tuvo que comenzar a escribir su propia historia, una que nada tuvo que ver con Mujercitas.

A la conquista del sur

Junto a los agitados años políticos de principios de los 70, la familia Izquierdo Correa y sus cuatro hijos, José Manuel, Felipe, Juan Pablo y Amelita de sólo seis meses, emprendió nuevos rumbos, dejó Santiago y se instaló en la austral Punta Arenas, debido a que el padre de familia había sido reasignado por el Banco Central. Fueron tres años fantásticos, todos disfrutaron y hasta hoy tienen los mejores recuerdos de esa época. “La gente era muy abierta y mi marido tremendamente bueno para la vida social, así que la casa pasaba llena de gente. Incluso demasiado… Probablemente ese fue mi estreno como banquetera”, comenta Amelita.

Nuevamente José Manuel fue reasignado y esta vez trasladado a Osorno donde, a diferencia de Punta Arenas, la gente era muchísimo más cerrada y el esfuerzo para integrarse tuvo que ser mucho mayor. “Mi mamá se metió a un club de bolos para poder hacerse de amigas, cuando en su vida había pescado una pelota”, recuerda entre risas Amelita.

Con la jubilación del padre volvieron todos a Santiago y, con ello, comenzaron los años más duros de la familia. José Manuel fue estafado, perdieron absolutamente todo y tuvieron que partir desde cero. “No teníamos un peso partido por la mitad, pero éramos muy felices. Felices y gorditos, porque nunca faltó comida ni alegría”, recuerda Juan Pablo.

Fue en esta época cuando Amelita comenzó a lucirse con sus tortas de panqueque, la de naranja almendra y la afamada Saint-Honoré. “Trabajábamos todos, yo, mi marido, los niños, mi nana y armamos una verdadera empresa, de hecho, vivíamos de eso”, recuerda Amelita. El emprendimiento tuvo que continuar en Osorno porque a José Manuel, le ofrecieron trabajo en una financiera, así que una vez más la familia volvió al sur.

La suerte estuvo del lado de esta familia. Además de conocer a monseñor Francisco Valdés Subercaseaux quien los ayudó mucho, “un verdadero santo”, según la señora Amelita (de hecho, actualmente se encuentra en proceso de canonización); ella comenzó a organizar cócteles por encargo de los rotarios de la ciudad y su trabajo fue un éxito. Fue entonces cuando afloró el espíritu empresarial de esta mujer y la necesidad la obligó a tomar las riendas, desprenderse de los miedos y arriesgarse a lo grande. Ya no sólo eran tortas ni cócteles para 50 personas, se hizo cargo del aniversario del Colegio Alemán de Osorno, celebración a la que acudieron 1.500 personas. Y sin perder el tiempo se estrenó en el mundo de los matrimonios revolucionando la forma de celebrarlos. Se asesoró por el Club de Jardines para los arreglos de flores, cambió el menú, la decoración, la luz, la música, las mesas… En definitiva, los llenó de alma y encanto.

Amelita hija recuerda cómo el subterráneo de la antigua casona alemana de cuatro pisos donde vivían, se fue transformando en una verdadera fábrica, con cocina industrial, bodegas y personal para poder dar abasto con los encargos. “Además todos nosotros ayudábamos, los niños amasábamos el mazapán y hacíamos los canastitos de almendra, el papá, con su simpatía innata, era el relacionador público y la mamá era la bruja. Sus gritos se sentían hasta la Antártica”, coinciden riendo.

El negocio iba viento en popa hasta que la recesión del ‘80 golpeó brutalmente a Amelita, quien nuevamente lo perdió todo: hornos, casa, furgones, auto, mesas, sillas, copas, todo, menos la fortaleza. Entonces, sacando fuerzas de flaqueza, la familia se hizo cargo del Club Alemán y como concesionarios oficiales, se trasladaron con camas y petacas a vivir a un pequeño y abandonado altillo dentro del mismo club. “Era siniestro, pero nunca lo he pasado mejor en mi vida”, admite Amelita. Y sus hijos agregan con orgullo: “Fueron tiempos felices, años en que nos inculcaron el valor del trabajo y el esfuerzo. Y mi mamá fue un ejemplo fantástico. Tenaz, responsable y siempre de espíritu alegre, supo sacar adelante a la familia”.

Inquieta y trabajadora, decidió además probar suerte como concesionaria del Centro Español de Temuco. El problema es que no podían abandonar el club de Osorno, así que con su marido decidieron apostar al cara o sello para definir quién se iba. Salió Amelita y partió sola a hacerse cargo de este tremendo desafío. Durante dos años trabajó de sol a sol para poder echar a andar este nuevo proyecto y, de pasada, pagar hasta el último centavo de sus deudas. Finalmente, el resto de la familia se despidió agradecida de Osorno y se trasladó a Temuco, donde hicieron historia, no sólo por su gestión en el Centro Español, sino que también con su restorán El Mesón de Sancho, sus matrimonios, eventos e inauguraciones.

El reinado en Santiago

A principios de los ‘90 y después de 13 años en Temuco, los Izquierdo Correa volvieron a Santiago y esta vez, los dos hijos menores –Juan Pablo y Amelita– se sumaron al negocio familiar. Lo que más destacan ambos hermanos es la generosidad de su mamá quien, a pesar de llevar años en el rubro, siempre les celebró y se sumó a las ideas nuevas. “La gracia de esta empresa es que somos los tres muy distintos y nos complementamos muy bien. Trabajamos juntos, pero de forma paralela, lo que nos obliga a competir entre nosotros mismos y a estar siempre innovando”.

Y probablemente la capacidad de nunca quedarse atrás es lo que los ha mantenido vigentes por tantos años. Recuerdan que, al principio, solían hacer un cóctel seguido por un gran buffet a la americana. Luego vinieron las mesas asignadas y los platos servidos. “Hoy los matrimonios son experiencias, antes con un camión estabas listo, ahora con menos de cinco no das abasto: sillones, alfombras, adornos, velas… Hay que trasladar de todo para estar a la altura y que sea un evento inolvidable”, asegura Juan Pablo.

Otro factor que ha sido clave en el reinado y buen funcionamiento de la empresa es la relación con los empleados y no resulta exagerado asegurar que son una verdadera familia. Patricia Barrientos es testigo de ello. Suma toda una vida trabajando con Amelita y asegura que como ella no hay dos. “Comencé a trabajar con ella en Temuco, donde al principio estaba muy sola, así que yo pasé a ser su asistente, su amiga y compañera. Cuando se vino a Santiago, no sólo me vine yo, sino que la siguieron muchos otros. Acá nos arrendó una casa y aquí hicimos nuestra vida, como una gran familia”.

A sus 84 años Amelita Correa sigue trabajando sin descanso. Viene llegando de India, en donde compran de todo para el negocio y su agenda está de eventos hasta fin de año. Sus clientes destacan su exquisito gusto, su disposición y calidad humana. “Es una gran señora en todo sentido, organizó un matrimonio maravilloso y superó todas nuestras expectativas: la comida, la decoración, los aperitivos, todo fantástico. Además, estuvo todo el día en el lugar del evento, pese a su edad, y se quedó hasta que todos hubiéramos comido, nos dejó bailando y recién entonces, cuando todo estaba funcionando como ella quería, se fue”, así resume su experiencia Verónica Valdés, quien casó a su hija hace unas semanas atrás.

Bernardita de la Carrera, otra de sus fieles clientas, agrega que Amelita es una mujer fantástica, que tiene verdadero oficio en lo que hace y que desborda alegría y eficiencia. “Además, nunca olvida lo fundamental: ¡La fiesta! Ella organiza fiestas felices, llenas de color, armonía y finura. Su hacer con alegría la convierte en una mujer felizmente realizada”. ¿Qué más podemos agregar?