Esta casa tiene varias cosas curiosas: aunque parezca contradictorio, está ubicada en la parte más baja del terreno para privilegiar las vistas al mar y mantenerlas despejadas ante posibles construcciones futuras en los sitios vecinos. Además, se entra por una pasarela elevada, como si uno llegara a un muelle, y sus arquitectos, Nataša Stanaćev y Manu Granados, la conocieron en persona recién cuando estuvo terminada.
El proyecto comenzó en 2021, cuando ambos vivían en España y las restricciones de viaje de la pandemia los obligaron a diseñar y supervisar la construcción a distancia. Aunque no pudieron visitar el terreno durante el proceso, ya conocían Matanzas de una etapa anterior de sus vidas. Casa Morla, de 140 m², fue tomando forma a partir de las condiciones del sitio y de una decisión que terminó siendo clave: ubicarla abajo y girarla dentro del terreno para mantener las vistas al mar.
El terreno tiene poco más de 1.000 m² y una pendiente suave hacia el norte, justo en dirección al mar. En vez de instalar la casa en la parte alta, los arquitectos optaron por ubicarla abajo y girarla dentro del sitio. Así consiguieron mantener las vistas despejadas, incluso si con el tiempo se construyen nuevas casas en los terrenos vecinos.
Esta posición dio origen a una planta trapezoidal, que también responde a los distanciamientos exigidos por la normativa. “La casa avanza, se gira y se recorta según las condiciones del lugar”, cuentan sus arquitectos. Sus fachadas tienen caracteres muy distintos: hacia el norte y el oriente se abre a la luz y las vistas, mientras que hacia el sur y el poniente se cierra para protegerse del viento y conservar el calor interior.
En Matanzas, el viento surponiente puede ser fuerte durante la primavera y el verano. En invierno, las mañanas son frías y el viento norte acompaña los días de lluvia. La orientación de la casa considera esas condiciones: hacia el oriente, los ventanales reciben el sol de la mañana y permiten mirar hacia el Aconcagua; al norte, una terraza techada se abre hacia el mar. Al otro lado, la construcción es más cerrada, también por la presencia cercana de eucaliptos.


Para llegar a Casa Morla hay que cruzar una pasarela elevada que recuerda a un embarcadero. El acceso conduce directamente al segundo piso, donde están los principales espacios comunes. Esta solución permitió acomodar la construcción con un movimiento de tierra acotado y entrar por el nivel donde se encuentran las áreas principales.
Una vez adentro, la escalera dirige la mirada hacia el jardín del nivel inferior, mientras el estar se abre hacia el paisaje. La distribución se entiende a medida que uno recorre la casa, que reparte sus espacios en dos niveles.
Arriba se encuentran el estar, el comedor y la cocina, integrados en un mismo espacio y vinculados a la terraza, que prolonga las áreas comunes hacia afuera. En este mismo nivel está el dormitorio principal, que puede destinarse también a oficina o salita, dependiendo de las necesidades de quienes ocupen la casa.


Los otros dormitorios están abajo, en contacto directo con el jardín. Incluso la circulación que los conecta fue pensada para tener un uso más: es lo suficientemente ancha como para convertirse en una pequeña extensión de los dormitorios, en vez de ser simplemente un pasillo. Bajo la escalera, en tanto, se ubican la bodega y la logia, con acceso independiente desde el exterior.
La casa debía ser cómoda para hasta ocho personas, con tres dormitorios, dos baños, bodega y terraza, pero dentro de una superficie interior acotada y un presupuesto definido. Para resolverlo, Nataša Stanaćev y Manu Granados aprovecharon cada espacio. Los muebles de la cocina también funcionan como antepecho de la escalera y la despensa queda escondida detrás de una puerta corredera, junto al acceso al dormitorio principal.
La madera de pino está presente en la estructura, los revestimientos y parte del mobiliario. Los arquitectos optaron por trabajar con pocos materiales y mantener una continuidad entre el interior y el exterior, utilizando la misma madera pintada de negro en ambos lados de la casa.
Adentro, ese tono oscuro ayuda a atenuar la intensidad de la luz y deja que las vistas tengan mayor protagonismo. Hacia el norte y el oriente, los ventanales permiten que entren el sol de la mañana y las vistas lejanas; hacia el sur y el poniente, las aperturas son más acotadas para protegerse del viento y evitar que se pierda el calor.


La elección del pino por parte de los arquitectos también tiene una razón práctica. En Chile es un material accesible, tanto por su precio como por la experiencia de la mano de obra local. “Nos interesaba trabajar a partir de esas condiciones, másque recurrir a soluciones constructivas ajenas al contexto”, explican.
Y este es, quizás, el dato más llamativo del proyecto: los arquitectos no conocieron el terreno hasta que la obra estuvo terminada. Casa Morla comenzó a proyectarse en 2021, cuando ambos vivían en España. “Recibimos en el encargo en pandemia, y las restricciones de viaje hicieron que acabáramos desarrollando tanto el proyecto como la supervisión de la construcción completamente a distancia”, relatan.


Aunque no pudieron seguir la obra presencialmente, Stanaćev y Granados no partían de un lugar desconocido. Ambos habían vivido anteriormente en Matanzas y conocían sus condiciones climáticas, las vistas y las formas locales de construir. Esa experiencia previa fue importante para tomar decisiones sin poder estar presentes en la obra. Según cuentan, el proyecto construido se mantuvo fiel a las imágenes que habían presentado al comienzo.
Terminada en 2022, Casa Morla fue concebida como segunda vivienda, con la posibilidad de arrendarse para vacaciones o convertirse más adelante en residencia permanente. Su distribución flexible permite que los espacios se adapten a distintos usos sin tener que cambiar la organización general de la casa.
Y aunque sus vecinos terminaron encontrándole un parecido con una embarcación, esa imagen nunca estuvo en los planes iniciales. La forma apareció al resolver dónde construir, cómo mantener las vistas al mar y de qué manera protegerse del viento. Quizás por eso Casa Morla tiene una silueta tan particular: porque antes de parecerse a algo, tuvo que encontrar su lugar en Matanzas.






