Arquitectura

En medio de un bosque nativo: esta casa frente al Lago Rupanco se construyó sin remover un solo árbol

En la orilla norte del Lago Rupanco, esta casa se posa en una pendiente extrema sin tocar un solo árbol. Un proyecto pensado para el retiro, la vida interior y los días largos de lluvia, con vistas directas a los volcanes Osorno y Puntiagudo.

Una pendiente muy pronunciada, un bosque nativo, vistas privilegiadas y un terreno que recibe sol en abundancia. Estas fueron las condiciones en las que se desarrolló esta casa emplazada en Bahía El Encanto, en la ribera norte del Lago Rupanco.

El proyecto, a cargo del arquitecto Benjamín Goñi y su oficina junto a Claro + Westendarp Arquitectos, responde a una manera de habitar profundamente ligada al clima, al paisaje y al paso del tiempo, resultando en una vivienda concebida desde el respeto absoluto por el terreno y sus árboles nativos.

Pero antes de lograr el resultado, existió un desafío que puede verse a simple vista: el terreno en el que debió proyectarse. De hecho, fue uno de los sitios de mayor pendiente enfrentados por sus arquitectos, el que desciende abruptamente desde el lago —con pendientes cercanas a los 45 grados— hasta encontrarse con un farellón de gran presencia. Esta condición topográfica, sumada a la orientación norte del sitio, define una relación particular con la luz: la casa recibe el sol por la espalda durante las mañanas y, en verano, mantiene iluminación frontal hasta muy avanzada la tarde. Desde ese punto de partida, el proyecto se enfrentó a un doble desafío: resolver una implantación compleja sin remover ningún árbol y asegurar vistas despejadas hacia los volcanes Puntiagudo y Osorno.

La disposición de la casa en el terreno fue el resultado de un largo proceso de pruebas y ajustes, iterando múltiples disposiciones volumétricas —más de lo que habitual se hace para proyectos similares— hasta encontrar una planta que lograra encajar entre los árboles existentes. De manera paralela, las alturas y desniveles fueron cuidadosamente estudiados para reducir al mínimo el movimiento de tierra. Así, una parte de la vivienda se apoya en un recorte del cerro, mientras que el resto se eleva sobre pilotes, permitiendo que la pendiente y la vegetación sigan su curso natural.

La organización espacial se estructura a partir de dos barras de dormitorios dispuestas en paralelo al cerro, conectadas por un volumen central de mayor altura que alberga los espacios comunes. Esta decisión responde tanto a las condiciones del lugar como a la vida de sus habitantes: los propietarios imaginaron esta casa como un lugar para retirarse en el futuro, con un sector independiente para los hijos —que al momento de la construcción iniciaban su vida universitaria— y amplias áreas compartidas pensadas para el uso cotidiano y los días de lluvia.

Esa manera de habitar, más orientada hacia el interior que a la vida exterior, se traduce en espacios comunes generosos, capaces de acoger largas estadías bajo techo sin perder la relación con el paisaje. La volumetría responde también al clima del sur: techumbres simples, de geometría clara, que facilitan la evacuación de aguas lluvias y remiten a las construcciones tradicionales de la zona, como graneros y galpones.

El sistema constructivo combina fundaciones corridas y puntuales con estructura metálica. En el interior, la casa se reviste con pino machihembrado, mientras que hacia el exterior se utilizaron tejuelas de alerce de demolición y una cubierta de planchas metálicas de gran longitud. La incorporación de ventanas de buena calidad fue un aspecto clave del proyecto, trabajado en conjunto con un especialista en sustentabilidad para ajustar dimensiones, aislaciones y sistemas de calefacción de acuerdo con el clima y las necesidades de los mandantes.

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Construir en un terreno tan empinado, respetando cada árbol existente y enfrentando además una obra a distancia, implicó un desafío mayor, especialmente durante la pausa prolongada que significó la pandemia. Ese proceso pudo sostenerse gracias a un equipo consolidado y a la confianza de los clientes, quienes participaron activamente y luego se encargaron de la decoración, dando forma final a esta segunda vivienda que sintetiza años de vínculo con el lago Rupanco.

Esta casa sureña se presenta así como una arquitectura que surge de la suma precisa entre lugar, materialidad y modo de vida: un lugar pensado para quedarse, mirar hacia dentro y convivir, con calma, entre árboles y volcanes.

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