En un lote de 5.000 m², al interior de un condominio neorrural en Quebrada Honda, Frutillar, esta casa nació de dos condiciones tan precisas como decisivas. La primera: tres laureles notables que, al disponerse en el terreno, formaban un triángulo equilátero perfecto. La segunda: una fuerte pendiente con vista al noreste, abierta hacia el lago y la cordillera.
Más que obstáculos, ambas situaciones se transformaron en el punto de partida del proyecto, a cargo del arquitecto Guillermo Acuña. Los tres laureles fueron entendidos como el primer plano de un paisaje boscoso capaz de aislar la casa del entorno inmediato y, al mismo tiempo, permitir que la vista se filtrara a través de las diagonales del triángulo que estos árboles dibujaban. La casa quedó así flanqueada por estos volúmenes verdes, inmensos, que permiten abrir las esquinas y mirar a través de ellos el lago y la cordillera.


Desde esa lectura del lugar, la arquitectura se organiza con una claridad que juega con distintas formas geométricas. Un cuadrado se dispone en el centro del triángulo como eje de simetría, y desde allí la casa se proyecta en tres niveles que se van ampliando concéntricamente hacia arriba. Esta decisión permite ocupar la menor superficie posible del terreno para fundar la vivienda, reduciendo su impacto y dialogando con la pendiente.
A partir del segundo nivel, la casa se distribuye hacia arriba, donde se desarrollan los espacios comunes, y hacia abajo, donde se ubican los dormitorios. En planta, el proyecto se ordena como tres anillos concéntricos que responden a cuadrados de 8×8, 12×12 y 16×16 metros. En corte, sin embargo, la casa se abre de manera inesperada: una forma triangular invertida configura un impluvium central que recibe la luz y el agua de la lluvia, dejando los espacios comunes abiertos hacia las esquinas y hacia el cielo.
El resultado es una experiencia espacial delicada y envolvente. El estar, el comedor, la cocina y la sala de meditación se entrevén entre sí a través de los reflejos del cielo y de las nubes en los cristales. La luz no entra de manera frontal, sino que se filtra, se refleja y se desplaza, reforzando la sensación de verticalidad y de apertura contenida.
Otra de las singularidades de esta casa está en su estructura. Construida completamente en madera, el sistema se basa en un entramado de vigas y pilares de una misma sección, que tejen los distintos niveles y atan la estructura en un equilibrio constante entre tensión y compresión. El conjunto trabaja como un canasto, donde cada pieza es indispensable para la estabilidad del todo.




Los pasamanos, escaleras, puertas y revestimientos fueron construidos íntegramente en obra, con una precisión notable, por el carpintero y amigo Víctor Contreras. A ellos se suman los muebles que integran la casa, todos diseños del propio arquitecto, fabricados con una calidad excepcional por su hijo Martín, en su carpintería en Cachagua. Nada es añadido: todo pertenece.






Como el mismo Guillermo Acuña afirma, esta casa no admite decoración. No la necesita. Los laureles lo llenan todo. La arquitectura se basta a sí misma, contenida entre árboles, gravedad y luz, dejando que la vida ocurra sin interferencias, en un equilibrio silencioso y profundamente consciente del lugar que la sostiene.







