Desde Concepción realizan proyectos que son reconocidos mundialmente. Su última construcción, la Casa Rode, en la isla de Chiloé, está hecha completamente de madera nativa y sorprende por su forma, que representa el encuentro interrumpido entre un cono y un cilindro.

En la ciudad donde viven pasan desapercibidos, muy pocos saben que mundialmente son un éxito. La oficina de arquitectura que Mauricio Pezo y Sofía von Ellrichshausen formaron en 2002 en Concepción mezcla el arte y la arquitectura. Desde el sur de Chile, ellos se han convertido en referentes internacionales y suman una larga lista de proyectos, charlas, publicaciones y premios.

Cuentan que fue un flechazo el que los unió. Mauricio nació en Angol y obtuvo el grado de Magíster en Arquitectura en la Universidad Católica y el título de Arquitecto de la Universidad del Bío-Bío. Sofía es de Bariloche y egresó como arquitecta de la Universidad de Buenos Aires, donde fue destacada con el Diploma de Honor FADU-UBA. Un viaje de Mauricio a Argentina hizo que sus caminos se cruzaran, y unos meses después estaban casados.

Visiones similares de la vida y la arquitectura, los han convertido en una dupla consolidada. Con su oficina, Pezo von Ellrichshausen, fueron curadores del Pabellón Chileno de la Bienal de Venecia 2008. Ambos enseñan regularmente en Chile y han sido profesores visitantes en la Universidad de Texas, en la Universidad de Cornell y, ahora, en la Universidad de Harvard. Su trabajo ha sido distinguido con el Premio MCHAP Emerge del IIT (Chicago, 2014), el Premio de la Rice Design Alliance (Houston, 2012), el Premio de la V Bienal Iberoamericana de Arquitectura y Urbanismo (Montevideo, 2006) y el Premio de la XV Bienal de Arquitectura de Chile (Santiago, 2006). Además, Pezo ganó el Premio Arquitecto Joven otorgado por el Colegio de Arquitectos de Chile en 2006.

Fue la llamada Casa Poli, la que en 2005 los dio a conocer internacionalmente y los consagró como uno de los estudios prometedores de la arquitectura internacional. Ese proyecto en Coliumo, Chile, salió en más de 100 publicaciones en 40 países, ganó premios e incluso fue calificado como una de las 10 mejores obras de concreto del mundo por el diario británico The Guardian.

Desde ahí su trabajo se disparó y ha sido publicado en ediciones monográficas, presentado en la Exposición Internacional de Arquitectura de La Biennale di Venezia (Venecia, 2010), en la Royal Academy of Arts (Londres, 2014) y como parte de la Colección Permanente del Museo de Arte Moderno (MoMA, Nueva York, 2014).

Generalmente emplazadas en entornos de mucha naturaleza, sus casas han sido destacadas por su arquitectura y materialidad. Hoy, con 16 años de trayectoria, pueden decir que su sello es la interdisciplinaridad. “Haciendo el ejercicio vanidoso de mirarnos al espejo, supongo que lo más importante ha sido trabajar sin distinciones disciplinares, cruzando a capricho entre arte y arquitectura. Muy desde el comienzo de nuestras divagaciones nos dimos cuenta que nos hace más sentido inventar y construir ideas. Si luego son un poema, un dibujo, una pintura, un pabellón o una casa, no cambia tanto la intensidad a la que aspiran”, dice Sofía.

Uno de los proyectos que han llamado la atención es su última construcción, la Casa Rode. Ubicada en lo alto de una colina en Chonchi, en la Isla Grande en Chiloé, es una casa que es a la vez media y doble. “Media, porque es el encuentro interrumpido entre un cono y un cilindro. Doble, porque la substracción de una forma rectangular en la base de tales figuras genera un par de habitaciones equivalentes en ambos extremos de una secuencia lineal, una dirigida hacia el sol directo y amarillo y la otra hacia el sol indirecto y azul”, explican.

El encargo llegó a los arquitectos por casualidad. Cuando estaban en Londres, instalando el pabellón de madera en la Royal Academy of Arts, conocieron a un diplomático de carrera, al que le gustó mucho su trabajo y les comentó que tenía un terreno en Chile. “Pensamos que sólo había sido small talk, comentarios aduladores por buenos modales”, cuentan. Pero tiempo después los llamó. Ha sido una de las pocas veces en que el cliente se ha mantenido al margen, aseguran. “En la arquitectura la libertad total no existe, es sólo un matiz de autonomía o responsabilidad. En este caso, por fortuna, nos dejaron a la deriva”, dice Sofía. Del dueño de casa sólo recibieron un boceto, un diagrama sencillo. Sin embargo, ese dibujo les permitió entender la necesidad de tener dos espacios equivalentes pero distanciados entre sí; impulsó la creación de dos piezas en los extremos.

El techo inclinado, hecho de delgadas tejas de alerce, y las paredes en ángulo, logran un gran espacio exterior, un patio que se protege de la lluvia y del viento, al que miran todos los espacios interiores. Además, dos tragaluces circulares permiten que la luz del día entre en la sala de estar y la pieza.

“La casa ocupa una posición dominante sobre un gentil lomaje verde, muy pintoresco y pastoral. Tiene esa belleza idílica que registran las postales del sur. La generosidad del terreno de varias hectáreas entregaba una relación panorámica con el paisaje. Tal vez lo único que hicimos fue confinar ciertas direcciones predominantes. De un modo casi artificioso, casi como un montaje teatral, las perforaciones en los muros seleccionan cuadros parciales, lo suficientemente estrechos en algunos casos como para ser entendidos bajo el mismo lente con el cual un fotógrafo recorta una postal”, comenta Mauricio.

La construcción de 200 metros cuadrados está hecha principalmente con madera nativa. La estructura es de coihue, los tablones del exterior son de canelo y los del interior, de tepa. Son en total 45 marcos rígidos los que están desplegados para formar una estructura que soporta el techo inclinado. “La casa es finalmente un ensamblaje de trozos de madera labrada dispuestos en diferentes texturas y direcciones. Los tablones de la fachada curva, por ejemplo, son traslapos que siguen el cilindro pero que también requieren una deformación en vertical, casi como escamas de pescado. Para instalarlos fue necesario curvarlos con calor, uno por uno, y luego tensarlos in-situ con esfuerzos mecánicos en sus extremos. Esta tediosa factura se repitió al interior, en el cielo curvo del cono, con tablas machihembradas más finas y flexibles”.

Lo que Pezo von Ellrichshausen buscaba con este proyecto era “instaurar la imagen mental de un centro, de una vida alrededor de un exterior a medio contener. A diferencia de una casa de uso permanente, donde las rutinas funcionales caracterizan la domesticidad, en este caso el interior es un refugio que se cierra sobre sí mismo. Pero no es como los refugios de fin de semana, como quien va a media hora a ver el atardecer para luego volver a la rutina diaria. Este es un lugar que se descubre luego de un largo viaje”.  pezo.cl