En la periferia de Rancagua y proyectado por Elemental, el colegio Ayelén es un ejemplo de educación de calidad: con espacios abiertos a la comunidad y un patio que reúne a todos los alumnos de una manera diferente.

Creado por la Fundación Impulsa y construido entre el 2014 y el 2015, el Colegio Ayelén, en Rancagua, es un verdadero ejemplo de la educación de calidad de la que tanto se ha hablado en el último tiempo. Aquí, ésta no está basada sólo en una aproximación metodológica clara, sino también en la arquitectura: tenía que contribuir con espacios que facilitaran las actividades educativas y que además promovieran la construcción de identidad y los valores de la comunidad.

Para lograrlo, el empresario Sergio Massai, a cargo del proyecto, invitó a la reconocida oficina de arquitectura Elemental, una apuesta segura. Uno de los requerimientos que debía tener este colegio era que tenía que ser un espacio abierto a la comunidad, incluso después del horario de clases. Por eso, las partes públicas del programa fueron ubicadas en el frente. Así, la biblioteca, el laboratorio de informática, el gimnasio y el comedor se pueden usar sin tener que abrir el resto del edificio. “Adicionalmente a esta disposición estratégica, diseñamos un espacio cubierto que en la mañana puede usarse como un patio para la escuela, y por la tarde se puede convertir en una plaza pública para la ciudad, simplemente moviendo la reja hacia dentro o hacia fuera”, cuentan en Elemental.

Otro de los requerimientos que recibieron fue que el proyecto debía incorporar medidas de seguridad muy concretas, que garantizaran un ambiente positivo para los alumnos. Por eso, la idea era que no tuviera ningún punto ciego. La solución fue hacer un único patio desde el cual se puede acceder a todo el programa, “bajo un gran techo que se recorta memorablemente contra el cielo, creando un fuerte sentido de comunidad”, como dicen los arquitectos.

Además, el proyecto tenía que desarrollarse con un presupuesto muy acotado, un tema más que conocido para esta oficina de arquitectura, que no teme a la escasez de recursos. “Las restricciones, más que ser un límite para la creatividad, nos obligan a ser muy rigurosos con las decisiones de diseño que tomamos”, cuenta Diego Torres, el arquitecto a cargo del proyecto. “Significa enfrentar el proyecto de un colegio de una manera no muy distinta a la de una vivienda social, en la que nosotros definimos el marco de un sistema abierto que luego será completado. En el caso del colegio, eso permite que se pueda completar la infraestructura inicial dependiendo de las necesidades y aspiraciones de la comunidad escolar y el proyecto educativo del colegio, algo particularmente relevante para una comunidad nueva”.

El patio, parte central de este proyecto, fue completado el 2017 por la Fundación Patio Vivo, que se dedica a la implementación de “paisajes de aprendizaje”, es decir, espacios que promueven el juego libre y activo, la convivencia escolar y el contacto con la naturaleza. Para el colegio Ayelén, la idea era representar la historia que cada niño trae consigo. “En este proyecto valoramos la cultura campesina que los niños tienen en su historia y que hoy están perdiendo por el rápido crecimiento de la ciudad. Por eso trabajamos con materiales propios del campo y plantamos un huerto de almendros”, cuentan en la Fundación.