Josefina Altamirano es una mujer con carácter, de voz fuerte y ronca, muy creativa y con una onda hippie chic muy propia. Su departamento es todo eso, aquí no falta personalidad, estilo y ni menos, actitud.

Finalmente la Pipa lo logró. Pudo armar ese lugar con el que siempre soñó, un espacio donde no hay prejuicio, se permiten todo tipo de mezclas y los cachureos suben de pelo y pasan a tener el estatus de “accesorios”. En definitiva, un lugar como ella, relajado, hippie, alegre, extrovertido y espontáneo. Las entrevistas con la Pipa son largas, es buena para hablar, lo cuenta todo, es entretenida, muy simpática. Más todavía en esta etapa de su vida, dice ella, en que está plena, tranquila y con las cosas “bastante resueltas”. Ya no fuma (era de las que una cajetilla se le hacía humo en un día). Según ella, es un tema de actitud y de descubrir que la vida son puras oportunidades. En eso está esta mujer de voz ronca, pelo largo y sus orgullosos 52 años, “una etapa en la vida en que uno es más libre, con menos apegos y más serena”.

Se encontró con este departamento en Vitacura luego de un par de vueltas del destino que en definitiva la premiaron. Porque aunque le echó el ojo mucho antes de cambiarse, en ese tiempo no había ninguno a la venta. Cuando ya estaba casi lista con otro al frente, quedó disponible este dúplex en un primer piso que tenía la seguridad de un departamento con todos los beneficios de una casa. Amplio, cómodo, bien ubicado y con un par de terrazas y un jardín soñado. “Mi pequeño paraíso”, como le dice.

Eso sí, le hizo varias modificaciones. Primero y aunque la tacharon de loca, pintó el parquet (original de la casa que botaron para construir el edificio) de color hueso, achicó el dormitorio principal para hacerle una pieza a su hija menor y, con la ayuda de su amiga Gracia Cox, hizo el jardín prácticamente de nuevo, eliminando el pasto e incluyendo una piscina.

Ella misma reconoce que aquí dentro no hay nada ni tan extraordinario ni tan valioso, sólo cosas que la han acompañado toda la vida y recuerdos de los viajes que ha hecho mochila al hombro con sus cuatro niñitas. Mantas y paños por todos lados, velas, cojines, regalos, flores y cosas históricas y que ha reciclado con toda esa creatividad y talento tan propios suyos. Según ella, cree que pocas cosas son para siempre. “En la medida en que uno sea consecuente con uno mismo a todo nivel, desde la casa hasta la ropa, pasando por la comida y los amigos, las cosas resultan de manera más fluida y armónica”.

Por casi 10 años, la Pipa fue una de las productoras estrella de nuestra revista, junto a su partner, Soledad Errázuriz hicieron grandes producciones y además, era la reina del dato. Y aunque reconoce que es una estupenda empleada (“me ordena mucho tener un jefe”), lleva años dedicada a la decoración de manera independiente. A sus clientes los divide en dos categorías. La primera, mujeres que se dan cuenta de que pasada la etapa de crianza, la casa creció y envejeció con ellas, así que le piden que les haga una profunda cirugía plástica, que haga “magia” pero aprovechando todo lo que hay y Josefina asegura que siempre le resulta. El otro grupo son hombres solos a los que hay que hacerles todo desde cero. Aquí la Pipa se suelta las trenzas y aprovecha de poner la televisión en el living (estéticamente adentro de un precioso mueble), llenar de libros el comedor para que lo usen también como escritorio y, en la medida de lo posible, hacer que todos los espacios sirvan para ser “profundamente vividos”. El mejor ejemplo: incorporar el comedor adentro de la cocina sin el famoso murito que los separa, sino que literalmente adentro. “Es como la diferencia que existe entre el descapotable y el auto que tiene la ventanita en el techo”, asegura. Lo de la cocina incorporada es su máximo sueño. Cuando logre tener su anhelada “casa de costurera”, a la cocina le sumaría también el perro, el gato, los hijos, la abuela, el tejido y la música.

En su casa las mujeres sobran, porque como ella misma dice, además de sus cuatro hijas, la nana y ella, hasta la perra, Violeta (Parra), es mujer. Reconoce que el gran ‘pero’ de la ausencia de testosterona es primero, la fuerza bruta (“el otro día quise trasladar los muebles de terraza al segundo piso y fui incapaz así que tuve que dejar todo como estaba no más”) y el tema tecnológico: “En esta casa ya no hay virus en los computadores, sino que dinosaurios”.

Llena de proyectos, tiene una lista larga de cosas que le gustaría hacer. Primero, unos cuadros que los tiene en la cabeza hace cinco años (no quiso dar más detalles para que no le copien la idea); lograr bailar flamenco como su hija menor María Gracia y vender este “paraíso” para instalarse en algo más chico y así concretar su “casita de costurera” para arrancarse los fines de semana a un lugar cerca de Santiago, bien acampado y donde quepa el perro, las gallinas y las flores y “la buena disposición, que es lo más importante”, aclara.