Desde que pisaron por primera vez la isla de Folegandros, en Grecia, Simone Ciarmoli y Miguel Queda se enamoraron del lugar. Los socios del estudio de diseño que lleva sus apellidos se construyeron una casa que respeta el entorno y se disfruta todo el año, siempre con las puertas abiertas.

Después de escuchar la recomendación de un amigo, en julio de 2006, Simone Ciarmoli y Miguel Queda pisaron por primera vez la isla de Folégrandros, en el archipiélago de las Cícladas, en Grecia. Recién aterrizados, arrendaron una Vespa para irse a su hotel. La sensación de manejar la moto por esas calles camino a Chora, el pueblo donde se iban a quedar, fue el primer atisbo de una relación que duraría muchos años mas. “Al atardecer, cuando llegamos a la plaza principal del pueblo, y las luces caían sobre una buganvilia contra una pared blanca, el trato estaba hecho. Este era el lugar para nosotros”, cuentan desde Milán.

La pareja de diseñadores de interiores, que ha trabajado para Prada y Giorgio Armani, estableció su estudio en la capital de la moda italiana en 2009. Desde entonces, han creado proyectos de gran precisión y factura impecable, que logran combinar la elegancia absoluta con un impacto visual, que se ha convertido en el sello de sus trabajos. Durante estos años, han trabajado con muchos artesanos, arquitectos y diseñadores, buscando soluciones creativas en proyectos que realmente son hechos a la medida. Desde casas, hasta yates, el sello Ciarmoli Queda se ve a la distancia.

Y por supuesto, así también fue el resultado de la casa que decidieron construir en Folégandros después del flechazo que tuvieron en 2006. “Simplicidad”, fue el concepto que querían plasmar con esta casa, una construcción que se inspiró en el sol y en el viento. “La isla tiene una larga historia de agricultores y economía autosustentable, desde los animales hasta los campos. Queríamos una arquitectura que respetara plenamente la tierra y a la gente. Queríamos lograr un espacio en el que las personas entraran en acción con todos los sentidos. Espacios cómodos, hermosas vistas y espacios que se superponen para diferentes momentos del día”, cuentan.

Para hacerlo, trabajaron sólo con materiales locales, que se adaptan perfectamente a las necesidades climáticas del lugar. Para los pisos usaron piedra Karisto, muy típica de la isla, que sirve para dar continuidad a los espacios y diluir los límites entre el interior y el exterior. Y los muros, que tienen un grosor de 60 cm, están cubiertos con estuco y pintados blancos, para ayudar a aislar un poco el calor. Además, en la terraza grande –uno de sus lugares favoritos en el verano, “donde invitamos a comer y miramos las noches oscuras y la Vía Láctea”, dicen– hicieron una cubierta de madera de castaño, que sirve para controlar el viento, el calor y la luz de forma armoniosa, creando un juego de luces y sombras muy interesante. Para los baños también usaron una resina especial, muy común en las casas de la isla; y el jardín lo crearon con la ayuda de locales, usando las piedras que rescataron de la excavación que hicieron en el terreno.

El clásico azul tan típico de Grecia, que se ve tanto en las construcciones, como en el cielo y el mar, tampoco podía quedar ausente. Por eso, además de nombrar el proyecto como Casa Azul, decidieron pintar una pieza de este color. Es un espacio de 25 metros cuadrados con una gran mesa y una cama india. “Este es el lugar donde nos gusta estar en el invierno, y donde se puede admirar la mejor vista que el cielo te puede dar, desde el amanecer hasta el atardecer”, dicen sus dueños.

Claramente, ese es el espíritu de esta construcción, un lugar para olvidarse del mundo. “Es nuestro lugar para desestresarnos. Viajamos mucho y cada vez que podemos, nos escapamos a la Casa Azul. Invitamos amigos y la casa está siempre abierta. Afortunadamente podemos pasar casi tres meses al año en este lugar. Casa Azul también es el lugar para explorar nuevos pensamientos y nutrirnos de ideas”, rematan. Pura inspiración. π