Con historia

Para su nuevo departamento, el decorador Luis Fernando Moro no quiso nuevos muebles. Eligió objetos que lo han acompañado por años, y muchos de ellos han sido parte importante de su carrera.

«Aquí estoy bien en el 33. Moro”. El mensaje, que está escrito sobre una hoja de cuaderno pegada sobre la puerta de entrada, recibe a los visitantes del nuevo departamento del decorador Luis Fernando Moro. Un mensaje que tanto por su contenido como la forma, refleja la personalidad y estilo relajado, genial y espontáneo que tanto caracteriza al dueño de casa.

A este lugar llegó hace un poco más de un año, buscando un espacio para una nueva etapa de su vida. En un principio no tenía muy claro lo que quería, pero al poco tiempo se topó con este departamento al que no fue necesario hacerle arreglos y que además contaba con una modificación que fue fundamental para su decisión: dos de los tres dormitorios se transformaron en una gran sala que le permitió instalar ahí su oficina. Una idea que tenía en mente hace tiempo y que por fin pudo concretar. Así dejó de lado su tienda, la que cerró después de 40 años y que, reconoce, no le hace falta. Hoy está full con distintos proyectos, cada uno más entretenido que el otro.

Un gran living-comedor es el lugar de encuentro para recibir a sus nueve hijos y a sus amigos, a quienes además sorprende con sus dotes de chef. Reconoce que la gastronomía le gusta y que se entretiene cocinando para sus invitados, por lo que el diseño que tiene la cocina le hace aún más agradable esta faceta de anfitrión.

Su ubicación también fue un punto a favor. Además de estar cerca de sectores comerciales muy importantes para su trabajo, está prácticamente encima del Club de Polo, con una vista envidiable. “Es lo mejor de este boliche”, dice Luis Fernando.

Para la decoración, no mandó a hacer muebles a medida para cada espacio.Todo lo contrario. La gran mayoría de los objetos lo acompañan hace tiempo y han pasado por cada una de sus casas. Algunos los compró hace más de 20 años y otros los heredó. En definitiva, adaptó lo que tenía. “Son cosas que me acomodan mucho y que no tienen ninguna pretensión, sino que tengo una relación de cariño con ellas. Tampoco van a ser eternas, de repente cambiaré un par de cosas, pero la base es siempre la misma”.

El resultado fue mejor de lo que esperaba y a la medida de sus necesidades. Entre risas, dice que le resulta muy fácil trabajar con este cliente porque lo conoce muy bien. “Conozco mucho sus gustos, sus mañas, lo que quiere y lo que no quiere, que es la base para un buen proyecto”.

Es en las áreas comunes en donde se refleja mejor su elección. Para el comedor usó una cubierta de mármol verde Alpi que tenía guardada y la base era de un antiguo escritorio de él. La base de la mesa redonda la usó para una versión de Casa Mater y la pintó dorada. Las sillas de ese sector son de una multitienda, las pintó y cambió los cojines por otros hechos a partir de camisas del decorador. El sillón de cuero del living era de su tienda, las esculturas de arcilla las compró hace años en Buenos Aires y la imagen de madera veneciana lo acompaña hace más de dos décadas. El bar lo diseñó para una exposición en el Centro Cultural Palacio La Moneda y las sillas de madera las exhibió en la galería Artespacio. La cómoda de la entrada fue de sus papás y el espejo, de su abuela.

Semejante vista tenía que ser aprovechada. Las canchas de polo están tan cerca que casi parecen ser el jardín de este departamento (por lo menos eso piensa su hija menor que le dice: “grande tu casa papá”). Para integrarla aún más, instaló una gran escultura en la jardinera y sólo usó cortinas tipo roller en el living y comedor.
Un resultado final que tiene encantado al decorador, tanto por su trabajo como por esta mezcla de casa-oficina. “La verdad es que es una calidad de vida súper rica que se refleja”.