Dominio total

Al diseñar esta casa en Graneros, el arquitecto Juan Carlos Sabbagh buscó eliminar las barreras entre interior y exterior. Con amplios ventanales y un patio al centro, el campo aquí se vive en todo su esplendor.

¿A quién no le ha pasado eso de llegar de visita a un lugar en la playa o el campo y que baste entrar para sentir que no se ha movido de la ciudad? Hay veces que las construcciones son tan cerradas, tan cómodas, tan perfectamente funcionales, que tienen poco que ver con la zona en que están insertas, lo que hace que uno se olvide que ha salido de Santiago…

Esta casa no lleva a equívocos. Aquí uno puede estar dentro o fuera, pero no hay forma de ignorar que se está en medio de un parque en un campo en Graneros, en la Sexta Región. Desde cualquier lugar de la casa se tiene una vista en 360 grados. Uno puede estar parado en la salita del segundo piso y ver las caballerizas por un lado, la piscina por el otro, la cordillera en el norte y los nogales a la redonda. Lo mismo pasa si uno está en la cocina, en el comedor, en la pieza principal y hasta en el hall de entrada… dominio total.

La cabeza detrás de este concepto es del arquitecto Juan Carlos Sabbagh, hijo de los dueños de casa. “Mis papás tienen este campo hace 30 años. La casa original era de esas prefabricadas, que se fue ampliando a medida que fue siendo necesario, aunque siempre con la idea de hacer otra definitiva. Llegó el minuto en que los hijos nos empezamos a casar, aparecieron los nietos, no cabíamos, y mis papás dijeron ‘es ahora o nunca’. Botamos la casa y sobre el mismo terreno construimos una nueva”.
El diseño se hizo pensando intervenir lo menos posible el entorno y mejorando todas las deficiencias que tenía la casa anterior, como la altura, la luz y las vistas. “Esta es una casa súper abierta porque la idea era que fuera de una transparencia absoluta. Sólo cerré lo necesario, como baños, cocina y algunas divisiones menores, con la idea de que uno, con la mirada, pueda atravesar el parque de un lado a otro y de ver varios actos de vida en simultáneo. Me preocupé de que hubiera una fluidez espacial en relación al jardín”, dice el arquitecto.

Un amplio hall marca la entrada a la casa, ideal no sólo para dejar maletas y coches de guagua, sino sobre todo mantas, espuelas y sombreros, ya que esta familia es fanática de los caballos; de hecho, el dueño de casa practica enduro ecuestre y a sólo metros de la construcción están las caballerizas, también proyectadas por Juan Carlos años atrás. En el primer piso está el dormitorio principal, además del living, comedor, cocina y una salita; en el segundo hay dos piezas matrimoniales, dos dormitorios para niños y otro estar. Casi todo el interior está revestido de madera de nogal: “Este campo originalmente producía nueces, pero luego se cambiaron por parrones para producir uva de mesa. Cuando los botaron, mi papá decidió guardar la madera de nogal para usarla en la casa definitiva… el momento llegó y alcanzó para cubrir todo el piso”, cuenta el arquitecto. Los muros de los dormitorios se revistieron también en esta madera, mientras los de las áreas comunes en madera de pino con impregnante negro, igual que el exterior de la casa, “para remarcar la idea de que las áreas comunes fueron concebidas como un exterior y que el parque fluye a través de ella”. La cubierta es un manto a dos aguas muy simple, que envuelve el espacio y toma espesor abrigando el interior gracias a un cielo revestido de listones de pino a modo de celosía, que contribuye a dar calidez pero sobre todo a mejorar fuertemente la acústica de la casa, evitando la reverberancia, fundamental sobre todo cuando hay muchos niños dando vueltas…

La construcción demoró un año, tiempo en el cual la dueña de casa, María Inés Cruz, se dedicó a pensar exactamente cómo la iba a armar. “Hice pieceras para cada cama, compré alfombras en el sur, saqué los aguayos que había traído de viajes a Perú y Ecuador… planifiqué cada espacio porque me entretenía”. Como llevaba años en clases de cerámica gres, hizo copias de 20 huacos precolombinos que más tarde puso sobre un mueble en obra que el arquitecto hizo para ellos. “Tenía todo tan claro en mi cabeza, que me demoré dos días en armarla”, cuenta María Inés.

Del jardín también se encargó ella. A lo largo de los años lo fue ampliando hasta el parque que es hoy, con muchos árboles nativos como peumos, quillayes, arrayanes y ginkgos biloba. En distintas etapas, su hijo arquitecto fue construyendo la piscina (de 20 metros de largo, para que tuviera relación con el inmenso espacio), y un quincho que, siguiendo el estilo de la casa, no corta la vista. “El encargo fue hacer algo techado y en una esquina del parque, pero propuse no techarlo pues le habría dado un protagonismo excesivo. Lo que hice fue ubicarlo al medio, bajo un pequeño bosque de árboles que domina visualmente ambas cordilleras y el parque en toda su magnitud, sólo era necesario sombra y mucho espacio para sentarse, lo que se logró sólo con un juego de niveles”, explica. Con adoquines en el piso proyectó distintos ambientes: un comedor en obra, una terraza para el aperitivo y una parrilla hundida en el suelo; distintas macetas que envuelven los árboles permiten que muchas personas puedan sentarse alrededor.
“Nosotros vivíamos en Santiago, pero al terminar de construirse la casa, al ver lo bien que había quedado, nos dimos cuenta que teníamos que aprovecharla, así que nos vinimos a vivir acá”, cuenta María Inés. De eso han pasado dos años y no hay fin de semana que no estén llenos de visitas.