*Publicada originalmente en noviembre de 2019.

El arquitecto Nicolás Arancibia fue el encargado de remodelar esta casa de fines de los años 80. Tras los cambios, se convirtió en una actual y moderna, a la que sus dueños le dieron un toque único y muy personal.

Una moderna fachada negra y roja da algunas pistas del remozado interior de la casa en que su dueña, la diseñadora y creadora de Muralia Papel (@muralia_papel), ha vivido toda su vida. Y su historia es bien particular: proyectada por Juan Sabbagh, originalmente fue de los padres de la dueña de casa, quienes decidieron ponerla a la venta cuando todos sus hijos se fueron. Sin embargo, la casa siempre había sido el centro de reunión de esta familia y parte de su historia. Así, la diseñadora Josefina Del Campo y su marido, el arquitecto Nicolás Arancibia, decidieron comprarla y compartirla con ellos. “Mezclar la arquitectura fue sencillo por su materia prima. Hicimos el gesto de unir estos dos mundos, respetándonos”, cuenta Nicolás.

El resultado fue la convivencia perfecta entre estos dos ambientes, uno más clásico y el otro nuevo, donde la luz es la protagonista. En el año 2016 empezaron los trabajos de remodelación y la idea siempre fue mantener el estilo moderno y atemporal de la casa, a la que se le agregó un segundo piso, construido especialmente para los nuevos dueños y sus tres hijos. “Qué mejor que criarte con tus abuelos, a la antigua. Es como volver al concepto de familia antigua, porque además esta sigue siendo la casa familiar, súper abierta”, cuentan.

Tras la remodelación decidieron dejar atrás el color morado original de la casa para pintarla completamente negra y transformarla en un lugar más osado y actual. Adentro la decoración es bien especial, ya que coexisten objetos clásicos con arte moderno y libros, muchos libros. Las paredes de los nuevos espacios se pintaron negras, igual que los techos, y se priorizó la entrada de la luz. Una escalera metálica da la bienvenida al segundo piso, decorado con muebles diseñados a medida para los espacios, muy actuales. “La idea fue mantener el espíritu de la casa, que la remodelación no se notara demasiado y para eso se mantuvieron sus líneas. Lo que más cambió fue el estilo y refresco que le dimos por dentro”, asegura el arquitecto.

Empezaron por retapizar todos los muebles de colores más neutros, para así lograr la unión de los dos mundos. Cuentan que todos opinaron a la hora de decorar y que siempre hubo consenso en que la casa se tenía que notar bien suelta y bien vivida, “porque siempre ha sido así”, sostienen. “El nuevo sello de la casa habla de sentir que se habita en un lugar totalmente nuevo”, dicen sus dueños.

Luego quisieron resaltar las materialidades nobles como el piso de piedra del acceso sacando las decenas de alfombras que decoraban la casa para dar paso a una preciosa madera, la misma que resalta el gran cambio de la antigua salita de estar. Si bien era un lugar de paso, era el centro de reunión indiscutido. Ahí fue donde se hizo el acceso al nuevo piso. “Pusimos una escalera metálica para hacer una obra lo más limpia posible”, comenta Nicolás. “Se proyecta la escalera con una ventana en su remate, para subir siempre con vista y luz. Lo que más me gusta es que al subir lo haces mirando un punto de luz. También hicimos una gran toma de luz para dar protagonismo a la escultura de Ana María Hurtado”. Así es como se crean movimientos entretenidos en esta casa.

“La salita de los niños esta hecha para fomentar su imaginación, por eso le pusimos estas lámparas de Felipe Altamirano traídas de Pucón que emulan barcos. Y en nuestra pieza, la luz también cumple un rol fundamental, ya que por la ventana, en verano, entra a través de las hojas, y en invierno, un sol maravilloso en la mañana”, cuentan.

Hoy, la casa sigue tan familiar como siempre, sólo cambió de mano. En su interior, modernos y coloridos cuadros pueden convivir perfectamente con un gobelino en el comedor, mientras las decenas de libros sobre arte que han recolectado en cada viaje, se han ido apoderando de cada espacio.

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