Cuesta creer que esta construcción es completamente nueva, hecha desde cero por el estudio del decorador chileno Jorge Letelier. Con un mix de materiales y muebles nuevos y antiguos, que recolectaron por el mundo, más su gusto impecable, que lo ha convertido en uno de los top más allá de nuestras fronteras, es una casa realmente sorprendente.

Autenticidad y calidad. Esos dos conceptos fueron clave para el estudio Letelier & Rock Design –del reconocido decorador chileno Jorge Letelier junto a Sheryl Rock– al proyectar esta casa en la provincia de Guanacaste, en Costa Rica. Los clientes, que ya habían trabajado con el estudio, los llamaron nuevamente para este desafío: construir una casa desde cero, en un terreno con muchas restricciones.

Y es que la construcción se haría dentro de un pueblo ecológico desarrollado por un grupo suizo americano. “Mi sorpresa fue encontrar un lugar muy bello”, cuenta Jorge Letelier sobre la primera vez que visitó este sitio en primera línea frente al mar. “Pero tenía miles de reglas y limitaciones en la arquitectura que se podía construir. Si compraban, estábamos obligados a desarrollar un proyecto tradicional con arquitectura del área”.

Para los planos más básicos trabajaron con Ari Linner, un joven arquitecto local, quien ayudó a supervisar la construcción. Pero para los detalles y el diseño más complejo, el encargado fue el chileno Fernando Concha Irarrázaval, que trabaja junto a Letelier & Rock Design en todos sus proyectos en Latinoamérica. “Al diseñar la casa, lo más importante y lo primero que tuvimos en mente fue que cada pieza tuviera vista al mar… la misma magnífica vista”.

La inspiración llegó al recordar una restauración que había hecho años atrás: una casona del siglo XVIII en Cuernavaca, México, que sirvió como el punto de partida para los materiales, proporciones y detalles. “Si íbamos a construir algo tradicional de esta parte del mundo, lo haríamos con conocimiento y autenticidad”, dice el decorador. Para lograrlo, recorrieron el mundo. Viajaron a Antigua a buscar materiales de demolición; ahí encontraron las enormes piedras para los pisos, columnas y algunas vigas, provenientes de un antiguo convento que había sido destruido por un sismo. Todas las cerámicas fueron encargadas a Portugal, las ventanas estuvieron a cargo de una firma alemana y la enorme reja fue hecha en Pirque por Rodrigo Valdés, “un herrero con la capacidad de recrear una reja basada en la de una iglesia antigua de Roma”. Y si viajaron por el mundo para encontrar los materiales precisos, la decoración también siguió los mismos pasos: hay candelabros que compraron en Holanda y Portugal; algunas antigüedades que llevaron desde Nueva York, Santiago y Buenos Aires; un lavamanos que fue fabricado en Carrara, Italia, y así muchas cosas más…

En los 1.800 metros cuadrados que tiene el proyecto, la idea era lograr un ambiente familiar y privado a la vez. En la planta baja están los dormitorios de los dueños de casa, además de la suite de invitados más grande, una terraza que mira al mar con mesa de bridge y reposeras, un escritorio y dos baños. El segundo nivel se planteó como un lugar de reunión para la familia y las visitas: ahí está el living, el comedor, la cocina y una gran terraza con quincho donde también está la piscina, una construcción que se pensó para no obstruir la vista, con un muro de vidrio. Y en la planta alta, están los seis dormitorios para los niños o las visitas, cada uno con un baño con duchas interior y exterior.

Uno de los espacios favoritos es la cocina, un lugar amplio, con una enorme isla central diseñada por el estudio y que mandaron a hacer en San José. La dueña de casa, “una increíble chef con conocimientos de cocina internacional”, quería compartir frente a frente con la familia y los invitados, mientras cocinaba. Y así ha sido. “Nunca se siente sola, siempre está acompañada al preparar los menús con su cocinera Flor, de quien está aprendiendo a preparar comida caribeña”, nos cuenta Jorge Letelier.