Inspirado en la navegación y en el paisaje del sur de Chile, el arquitecto Guillermo Acuña ha construido en etapas este proyecto en la Isla Lebe, en la bahía de Rilán. Más que una casa de verano, su idea es reforestar la zona y crear un bosque como existía originalmente.

La vida de Guillermo Acuña siempre ha estado relacionada con el mar. Su papá le enseñó desde chico a navegar, mucho antes de convertirse en arquitecto, y fue así como encontró este terreno en la isla Lebe, en la bahía de Rilán, en Chiloé. Al verlo le pareció perfecto; era un buen lugar para combinar dos de las cosas que más le gustan: el jardín y la navegación.

No tenía una idea clara de lo que quería, sino que más bien “el proyecto se fue tejiendo de a poco”, cuenta. Al comienzo sólo pensó en construir una bodega para una casa de botes, un lugar donde dejar su velero y que estuviera en la puerta de su casa. De a poco fue comprando terrenos y se unió al proyecto su amigo Roberto Pons.

“La gracia del lugar es que es un islote. Hay muy pocos islotes pequeños en la costa de Chiloé, creo que hay cuatro. Este es uno de esos pequeños, tiene cinco hectáreas y es un islote intermareal, es decir, queda conectado con la marea baja y desconectado con la marea media-alta”, cuenta Guillermo.

Las construcciones se fueron dando a medida que las fueron necesitando, y todavía no está terminado; podrían venir más casas, quizás, un invernadero. “Todos los años remodelamos o cambiamos cosas que no funcionaron tan bien y las repensamos de nuevo. Es un proyecto que es bastante elástico, dúctil y que está concebido, más que como una casa, como una serie de refugios”, dice el arquitecto.

Aquí no hay una sola gran casa, sino tres construcciones que albergan cuatro departamentos. La más grande tiene en el segundo piso dos refugios de 50 metros cada uno y abajo un club house o quincho, un espacio al que llaman el Salón Rojo, donde hay cocina, parrilla, living, incluso, mesa de pool. Ahí también está la bodega con los veleros. Esta fue la primera construcción que se hizo en el terreno y que partió como la casa de botes pero fue mutando a lo que es hoy día: el espacio para compartir.

Además del club house, en el terreno hay dos refugios más, cada uno con cocina y baño, por si no se quiere ir a la casa grande. El refugio de Guillermo, de 60 metros cuadrados, tiene 3 dormitorios en el primer piso, más un baño. Al subir al segundo piso uno se encuentra con un gran espacio de living, comedor y cocina. La casa de Roberto tiene 70 metros y una distribución similar.

La decoración y muebles son mínimos, menos en el área común. La mayoría de las mesas y estanterías las hizo Guillermo con los dos maestros de la zona que construyeron los refugios. El rojo de las paredes interiores, el de los techos y de algunos detalles de las casas se hizo como un guiño a los bosques. En el jardín hay mucho chilco, una planta típica de la zona que tiene una campanita roja, del mismo color de la pintura.

En total, entre todos los espacios, tienen camas para unas 22 personas. Sin embargo, “aquí cada uno hace su vida”, cuenta Guillermo. Los invitados alojan en la casa principal y pueden acostarse y levantarse a la hora que quieran. “Esta no es una casa de veraneo, se ocupa todo el año. Yo vivo una semana allá y otra en Santiago”, cuenta. Pero, cuando hay amigos o todas las casas están ocupadas, el centro de reuniones es el club house. “Nadie recibe en su refugio”, aclara.

Todos los volúmenes están unidos por un sendero de madera o deck y para su construcción usó materiales como madera y tejas típicas de la zona, logrando su integración total al paisaje. Además, las construcciones fueron pensadas de forma sustentable. Los refugios se hicieron en altura para aprovechar el calor y tener la menor planta posible. El lugar es húmedo, por lo que el arquitecto alejó la construcción del suelo por medio de los pilotes, lo que ayudó a la ventilación.

La vida en la isla gira alrededor de la navegación: del velero, del bote a remo. Cuando la marea sube, se puede llegar por mar, y sólo en algunos momentos del día se puede cruzar en auto, lo que hace que se sienta como en un mundo de conexión por agua, cuenta el arquitecto. Cuando están allá siempre están pensando en una nueva aventura, un paseo, algunos, incluso, de varios días. Guillermo nos habla de al menos tres que ya tienen en carpeta y en donde el viento es el que determinará el rumbo. Pero, aunque para un lado de la isla está la vida náutica, hacia el otro, está el jardín y la playa.

El sueño de Guillermo es reforestar la zona y para eso necesita tiempo. Por eso, divide su vida entre Santiago y Chiloé, y la mayoría de sus proyectos de arquitectura están ahora allá; el último año construyó tres casas en la zona.

Para él, este es un proyecto paisajístico más que de arquitectura, asegura. En 2018 plantaron 1.200 árboles en su terreno y están creando senderos y circuitos de paseo. Tiene una zona de frutales y otra de bosque. Guillermo está a cargo de todo, ha estudiado mucho de botánica y le gusta el tema. En invierno hacen excursiones a la cordillera de la costa y sacan especies, las trasplantan, hacen reproducciones. Los árboles han devuelto el agua a la zona. “Mi encargo es hacer un bosque, porque yo compré el terreno absolutamente deforestado. Las casas son unos refugios para llegar y punto. Pero mi meta es que esto sea un bosque de aquí a 20 años más. Devolverlo como originalmente fue”.