En Frutillar, una remodelación donde el exterior es tan importante como el interior

En esta casa en Frutillar, el exterior es tan importante como el interior, y muchas veces los límites entre estos dos espacios son difusos. Aquí la vida se hace entre el huerto, el invernadero, el taller, las gallinas y el fogón, y también en la cocina y el living, el punto de encuentro familiar.

La chilena Paula López y el inglés Brian Budgeon se conocieron en Nueva Zelanda. Después de vivir ahí varios años, decidieron volver a Chile, pero con una condición: no a Santiago. Con esa idea, recorrieron el sur, partiendo en Valdivia, para ver dónde podían instalarse. Hasta que llegaron a Puerto Varas. El aterrizaje no fue fácil, por el idioma y por la dificultad para encontrar trabajo, pero se pusieron una meta: encontrar una casa que pudieran restaurar. Brian trabajaba como fotógrafo, pero quería aprender de carpintería, y ese sería su conejillo de Indias, el primer gran proyecto.

De eso han pasado 12 años. Finalmente encontraron una casa, que era monumento nacional, y trabajaron incansablemente durante cinco años para restaurarla. Fue un trabajo duro, del que aprendieron muchísimo. Después de un tiempo, y ya con dos hijas, decidieron buscar un nuevo espacio, que les quedara más cerca del colegio. En Frutillar encontraron un lugar impresionante: una casa construida en 1900 –de la que quedaba solo la carcasa– en un terreno de 2 hectáreas. Se demoraron un año y medio en lograr comprarla, pero lo consiguieron. Y así empezó un nuevo desafío.

El plan era aprovechar esta carcasa antigua para que Brian construyera su taller de carpintería (@huinca_woodworker) y al lado levantar una casa nueva. Lo primero que hicieron fue arreglar el piso de la casa original, para instalar el taller. Luego, los planos de la casa nueva. Después, construyeron un pequeño garage. Y como suele suceder en estos casos, el presupuesto empezó a escasear y tuvieron que tomar una decisión: en vez de construir desde cero, harían una especie de departamento sobre el taller, aprovechando parte de la casa original. En tres meses lograron armar el espacio, con muchos materiales reutilizados. Abrieron nuevas ventanas para poder mirar el lago y aprovechar la luz, revistieron el cielo con las planchas de zinc ya oxidadas que estaban en el exterior, recuperaron maderas nativas para el piso y dejaron las pocas tejuelas que quedaban a la vista, igual que las vigas. “Recuperar cosas antiguas es mucho más trabajo, pero al final es un camino que hemos elegido, porque para nosotros es importante, es coherente”, cuenta Paula.

 

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