En San Pedro de Atacama, una construcción con múltiples lecturas

El arquitecto Guillermo Acuña fue el encargado de proyectar esta casa en San Pedro de Atacama para una pareja. Sin mucho presupuesto ni grandes pretensiones, el resultado fue una construcción en adobe que tiene múltiples lecturas.

Hace seis años, la pareja conformada por el geógrafo Manuel Prieto y la arqueóloga Ester Echenique decidieron irse a vivir a San Pedro de Atacama. Más que una decisión, fue una necesidad: Manuel tenía que estar ahí por trabajo y, como él mismo dice, “si yo me instalo en un lugar, me instalo”. Fue entonces cuando decidieron construir una casa, una especie de refugio sin grandes pretensiones.

Empezaron a conversar con el arquitecto Guillermo Acuña, que estaba viajando constantemente a San Pedro, y así la idea fue tomando forma. “Él llegó con unas ideas fantásticas, que fuimos dialogando, co-construyendo, siempre con la idea de habitar el desierto. Pero nunca tuvo mucha planificación y tampoco buscábamos construir la casa de nuestros sueños. Fue más bien un acto muy espontáneo, de muchas conversaciones (algunas largas, otras muy pragmáticas); fue un momento súper lindo, de harta creatividad”, recuerda Manuel José. El arquitecto agrega: “No nos propusimos hacer algo para la vida, era para solucionar un problema puntual. Y me parece que eso también se siente espacialmente, porque se ve esta honestidad transitoria de poder vivir lo que uno tiene que vivir en un momento determinado de la existencia”.

Las conversaciones para pensar este espacio casi siempre tenían como escenario alguno de los restoranes de San Pedro, y fue en el menú de uno de ellos donde surgieron los primeros bocetos de la construcción, que aún conservan. “Los planos y la disposición tenían que ser simples”, cuenta Guillermo. Además, no tenían mucho presupuesto, ni trabajadores y tampoco acceso a materiales muy complejos. Por eso, la casa se planteó como un damero: son cuatro cuadrados dispuestos en forma de cruz que se pensaron como recintos plásticos, que pueden tener muchos usos. Además, había dos algarrobos en el terreno, que sirvieron para anclar esta casa al paisaje, y una orientación que buscaba aprovechar las vistas al volcán Licancabur y al cerro Quimal.

Una de las gracias de esta casa, que se construyó con barro y bloques de adobe –hechos por dos familias de la zona, los Gutiérrez y los Reyes–, es que puede ser un laboratorio, una casa o cualquier otra cosa; no hay recintos definidos. Además de los cuatro recintos que están en las esquinas, hay un gran espacio al centro que es un lugar de encuentro, que puede servir para jugar, para trabajar o simplemente para sentarse a conversar. “Una de las cosas que me gusta de esta casa es que no hay espacios muertos: no hay pasillos, no hay lugares que no se habiten en la vida cotidiana, no hay lugares que solo sean de paso”, cuenta Manuel José.