Encantadora

De piedras del río Maule, maderas de demolición y antiguas tejas, esta casa es tan encantadora como su jardín. Los dueños son un matrimonio que dejo atrás la gran ciudad para vivir en el campo.

Esta es una de esas casas que no se olvidan, en cada rincón hay un reflejo de la convicción que llevó a una pareja de recién casados a dejar Santiago y echar raíces en el campo. El objetivo era formar una familia en un lugar más tranquilo y donde la naturaleza fuera parte del día a día, y de eso ellos sí sabían. Los dos habían pasado cada fin de semana largo y veraneo en las parcelas de sus respectivas familias; eran amantes de los caballos y de la vida al aire libre, por lo que la vida fuera de la ciudad no les era ajena.

Así fue como llegaron a San Clemente, un pueblo ubicado a 30 kilómetros de Talca. El camino de tierra y una añosa alameda son el punto de partida de su casa y jamás se pensaría que cuando llegaron, hace once años, no había nada. Beatriz Valenzuela, la dueña -agrónoma-, cuenta que era un potrero vacío. Antes de instalarse ellos, sólo se sembraban cultivos anuales y apenas había una casa antigua que se caía a pedazos; hoy, ya reacondicionada, se ocupa como bodega y es también donde vive el cuidador de caballos.

La casa la fueron armando muy de a poco. Arrendaron algo cerca y comenzaron a tirar líneas sobre lo que querían. Tenían claro que tenía que ser algo campestre. Primero juntaron los materiales. Fue así como de tanto recorrer, reunieron piedras del río Maule, tejas antiguas de la zona, puertas en bodegas de demolición o recolectaban las que estaban simplemente abandonadas en un campo vecino. El resto se completó con manillas, postigos y tantos otros detalles que son los que en definitiva le dan el carácter a este lugar.

El primo de Beatriz, el arquitecto Andrés Prat, proyectó “una casa chilena con aires mediterráneos”, explica. El resultado fue una edificación de 350 metros cuadrados, de dos plantas y con un acceso principal que impresiona. Lo marca una gran puerta recuperada de tres metros de altura, que da un tono señorial a toda la construcción. Por dentro, la casa resulta entretenida y con personalidad. Tiene tanto de la historia de sus dueños, que es imposible negar su autoría. Muchas fotografías, recuerdos de viajes, regalos y antigüedades, donde los santos y piezas religiosas son la debilidad. Un Cristo colonial de los jesuitas, una virgen chilota y tantas otras que conviven con piezas modernas, mucha artesanía y por supuesto los objetos encontrados en el campo de la familia de Beatriz en Angol. Es una mezcla de cosas que, como dice ella, “tiene mucha vida; las opero, maquillo, cambio de lugar…”.

Durante el invierno se usa más el living y la pieza principal por sus chimeneas. Muchas películas, buena lectura y visitas se vuelven la tónica. Pero con la llegada del buen tiempo, el jardín se convierte en el centro de atención. Lo hicieron entre los dos: mientras Beatriz armó las combinaciones de arbustos, flores y macizos con la idea de que siempre hubiera color y puntos de atracción, su marido ayudó con la parte ingenieril. Es un jardín de una hectárea con una clara influencia francesa e inglesa, y con toques contemporáneos.

La idea de este parque es que llame a recorrer sus caminos y espacios de estar. Tiene muchos sectores y muy bien definidos. En la zona de la piscina, por ejemplo, hay un quincho, donde los almuerzos familiares se disfrutan bajo la sombra de la flor de la pluma y donde el horno de barro suele ser la gran estrella por las plateadas, la punta de ganso, la picana, las pizzas o las empanadas. Tampoco faltan las parrillas con leña, para alcanzar ese punto de cocción perfecto, que le da todo ese sabor a los asados después de horas y horas de preparación. La pérgola, con su gran mesón, es el rincón para las comidas más masivas; perfecta para el verano, que es cuando llega más gente a verlos. Otra sección la llamaron “pub fogón”, es el lugar destinado a la sobremesa, una que muchas veces termina con guitarra en mano y todos cantando. Lo nuevo es un lounge que reemplazó el sector de los juegos infantiles y que quieren cerrar para el invierno. Ahora que son más grandes los niños se toman el quincho, y los adultos escapan del ruido.

Este matrimonio hoy rara vez viaja a Santiago, sólo para los concursos ecuestres de los hijos y para los eventos familiares importantes. Está claro por qué. Sus vidas giran en torno a la casa, el jardín, los caballos y las caminatas… y como muy bien dicen sus dueños, “nos encanta recibir”.