Encuentro fortuito

Aunque no fue hecha para ellos, esta casa en Zapallar resume todo lo que sus dueños buscaban. Su arquitectura simple, los muros de piedra y la vista del terreno hicieron que la compraran a ojos cerrados. La decoración es una recopilación de muebles y adornos de sus casas antiguas, que estuvieron por años guardados.

La historia de cómo la compraron es tan increíble como la casa misma. Justo el día en que este matrimonio iba a firmar con el constructor que les haría su casa en Zapallar, llegaron por casualidad a este lugar, entonces una construcción en medio de un bosque nativo lleno de molles y quillayes. La simpleza de la arquitectura, los muros de piedra, el tamaño, la distribución y la vista al mar la hacían perfecta para ellos. “Esto es lo que quiero”, dijo la mujer, y no se movió hasta que logró convencer a su marido. En media hora decidieron comprarla, poner a la venta el terreno que tenían, cancelar la reunión con el constructor y todos los planos que ya les había hecho el arquitecto. Era junio de 2011, y en septiembre de ese mismo año ya estaban alojando en colchones, aunque la casa no estaba lista todavía.

Cuando el arquitecto Francisco Alemparte la diseñó, pensó en una familia muy parecida a la de este matrimonio, con hijos grandes y nietos. Por eso la independencia de la pieza principal y la distribución del resto de los dormitorios a lo largo del pasillo del primer piso, todos con vista hacia el mar. Con cuatro hijos y la misma cantidad de nietos, esta casa es para aprovecharla en familia, con amigos y también solos. “Lo rico es que son todas las piezas iguales y ninguna tiene nombre. El que llegó agarra su pieza y el que no alcanzó, duerme en la salita”, comenta la dueña. Hace años, Alemparte había trabajado con la misma familia en la construcción de una casa en Santiago, que tenía una materialidad bastante parecida. Los muros de piedra, el piso del living que continúa hasta la terraza, los cielos de cemento y las proporciones son algunas de las cosas que le recuerdan a la dueña el lugar en el que vivieron por años.

Para decorarla, sacaron las cosas que tenía guardadas de sus casas anteriores, como la de Puerto Octay y Santiago, y fueron armando los espacios con muebles y objetos llenos de historia. Las antigüedades que hay en la chimenea vienen del campo, la mesa de centro del living la tienen hace más de cuarenta años, los muebles de mimbre de Matta y las mesas de Moro también tienen su trayectoria en la familia. “No hemos comprado casi nada”, comenta ella.

En el verano la vida es afuera. Cuando el día está rico, bajan a la playa en la mañana y llegan directo al aperitivo en la piscina, donde se quedan toda la tarde. El almuerzo es en la terraza, que tiene un quincho ideal para los asados y un sillón en obra para aprovecharla. “La casa se colocó en el terreno pensando en la gran terraza al frente de ella”, comenta Alemparte, de ahí el protagonismo que tiene este espacio. La vista que hay desde este lugar da para no moverse; a un lado están los cerros llenos de árboles nativos, que se unen con el jardín que diseñó el mismo arquitecto, y al frente está el mar. “Es como estar en el campo y en la playa a la vez”, dice la dueña.

No hay día en que no se prenda la chimenea del living, la que les trae muchos recuerdos del campo; el calor y el sonido del fuego generan un ambiente ideal para la lectura, la buena conversa y los aperitivos. En la noche, “cada uno mata su piojo en la cocina”. Cuenta la dueña que se preparan sándwiches a gusto personal y se los comen al lado de la chimenea; aunque también hay veces en las que se quedan hasta las dos de la mañana picoteando cosas ricas en la gran mesa chanchera que tienen en la cocina.