Lo mejor de dos mundos

Aunque a simple vista parece una casa, es un increíble departamento dúplex de los años 50, en pleno Providencia. Decorado por el arquitecto German Margozzini, quien logro recuperar todo el carácter original, con detalles bien modernos.

 

Después de vivir por varios años cerca de la plaza Las Lilas, en Providencia, este matrimonio decidió que era hora de buscar algo un poco más grande. Con tres hijos, el departamento donde estaban se sentía cada vez más pequeño, pero no querían cambiar el entorno; el barrio, con sus plazas y cafés, los había conquistado. Y un día, en plena búsqueda, encontraron en un portal online algo que les llamó la atención: una propiedad que estaba descrita como un departamento dúplex, pero que a primera vista parecía una casa. Con las fotos, quedaron fascinados. Y cuando la vieron en vivo fue amor a primera vista.

No sólo se enamoraron de la ubicación y del espacio, también les encantó la historia. El pequeño edificio había sido construido en el año 50 por el arquitecto Samuel Eyzaguirre, como encargo para una familia croata. La idea era que este edificio tuviera un departamento para cada hijo. Pero el año 2005, después de medio siglo, vendieron el edificio. Y lo que podría haberse convertido en una gran torre, de esas que abundan en Santiago, se dejó tal como estaba, sólo se remodeló. En el mismo gran terreno, construyeron un edificio moderno, donde se proyectaron varios departamentos más y que se conectó con “la casona”, como la bautizaron, a través de un puente. Así, esta antigua construcción quedó completamente actualizada: todos los departamentos que pertenecieron a la familia original ahora contaban con estacionamiento subterráneo, bodega, conserje… Realmente, lo mejor de dos mundos.

Por eso, este matrimonio no dudó un segundo en comprar el dúplex (que originalmente pertenecía al jefe de la familia croata). “Alucinamos con el lugar. Es como vivir en una casa, pero con todas las comodidades de un departamento”, cuentn. Ya con las llaves en la mano, llegó el momento de armarlo. “A nosotros nos encanta la estética; vivir en un lugar lindo es un agrado. Así es que empezamos a pensar que sería buena idea hacer algo entretenido, que alguien nos ayudara a darle más onda a esta casa”, cuentan. Y así fue como llegaron donde el arquitecto Germán Margozzini. Para los dueños de casa, lo más importante era lograr un espacio que tuviera un buen mix de clásico y moderno, donde se respetara la historia y el estilo de la casa original, pero con una vuelta, algo que ha caracterizado el trabajo de Germán.

“El lugar era increíble, sólo le faltaba un poco de carácter”, cuenta el arquitecto. Y uno de los primeros cambios que decidió hacer para lograrlo fue en el piso: la casa tenía el parqué de lingue original, pero el color no funcionaba. Así es que lo oscurecieron. El cambio fue dramático. En los muros del hall de acceso pusieron un lino gris que también hizo que el espacio quedara con mucha personalidad.

En el living, que está conectado con el comedor, la idea fue lograr un espacio bien abierto y suelto. “Lo que había antes aquí era súper estructurado, y esa era un poco la imagen que los dueños de casa tenían en la cabeza”, cuenta Germán. “Estaba bloqueado el paso hacia el jardín y hacia el comedor con sofás grandes, y lo que a mí me interesaba era incorporar estos espacios y que se vieran lo más unidos posibles”. Para lograrlo, Germán diseñó un sofá en L –que hizo Angela Restrepo– que contiene el espacio, pero que al mismo tiempo es mucho más flexible, permitiendo el flujo fácilmente. Las mesas de centro, que también se roban la película, son diseño del arquitecto. Y como en esta familia no eran muy fanáticos de las alfombras, para el living eligieron una muy simple, de sisal negro, que se repite también en la escalera del departamento.
Uno de los proyectos que más llama la atención es un gran muro de espejos envejecidos que Germán hizo justo en la escalera que une los dos pisos. La idea era generar un elemento conductor entre las dos plantas, con harto impacto.

Y aunque llevan poco más de un año en esta nueva casa, el matrimonio está fascinado y la aprovechan al máximo: les encanta hacer asados en el jardín, invitar amigos y vivirla a concho. “Estamos mucho aquí. Los fines de semana nos cuesta salir, porque nos gusta mucho. Además, con los tres niños -de 4, 7 y 9 años- todavía vamos mucho a las plazas, a tomar café, o simplemente a dar una vuelta a la manzana. Esa es la gran gracia de la vida de barrio”, dicen.