Manifiesto hotelero

Ismael 312 es el nombre de este hotel urbano enclavado en el sector del Bellas Artes, una apuesta que sorprende por una concepción potente y una carta de principios que alude a la vida de barrio, a iconografías citadinas y por supuesto a crear una experiencia crucial del centro de Santiago a través de su elocuente arquitectura y diseño interior.

Seamos sinceros. El centro de Santiago muchas veces no se valora como debería. Es la masa de extranjeros que visitan a diario nuestra capital la que busca sentir ese peculiar pálpito que caracteriza este casco histórico, cultural y hoy gastronómico. Son estos polos donde se puede apreciar realmente el ADN de una ciudad.

Este fue el punto de partida de este hotel independiente para instalarse en Ismael Valdés Vergara 312. De ahí su nombre. Pero tenemos que advertirle algo: si pasa caminando por esta estrecha y residencial calle de adoquines, es muy probable que no se dé cuenta que este edificio es un hotel. Nada de letreros, casi como si fuera un secreto bien guardado o bien, como nos contó uno de sus dueños, Juan Carlos Moreno, “una decisión que respeta esta emblemática calle y a sus vecinos”.

Cerca de los más significativos museos capitalinos, tiene un jardín que todos quisiéramos, lleno de árboles centenarios… El parque Forestal es literalmente su patio. Y si busca además una clase de arquitectura chilena, esta cuadra podría ser su sala. En ella se concentran todos los estilos, desde el clásico, hasta el barroco y el moderno. Por ello el edificio anterior se tuvo que demoler para construir uno nuevo; era considerado por Monumentos Nacionales como “discordante”, debido a que no consolidaba la cuadra. Para ser más exactos, no sólo carecía de valor arquitectónico, sino que además sus tres pisos desarmonizaban la manzana.

Por eso cuando el Estudio Larraín –integrado por Rodrigo Larraín, padre e hijo– recibió el encargo, sabía que el desafío era grande y que debía responder ante la interrogante de cómo sumarse con el entorno.

No sólo se trataba de la altura, sino de la firme convicción de que esta nueva construcción requería ser un legado, un manifiesto de la arquitectura actual chilena. “No es un edificio para 20 años, sino uno que durará probablemente 100”, sostiene uno de los arquitectos.

La conceptualización del proyecto nació de una exhaustiva investigación de los diferentes elementos arquitectónicos de la cuadra. Se dieron cuenta que contenían un frente bastante hermético y con diferentes tipos de penetraciones y balcones, que aunque con estilos muy distintos entre sí, terminaban armando un todo. Este fue el hilo conductor que desencadenó una fachada dinámica, que al plegarse suma estos balcones. La nobleza de los materiales utilizados partían del mármol travertino chileno, emblemático en los zócalos de las edificaciones del centro de Santiago, que al contrastarlo con una materialidad actual como el aluminio –negro y brillante–, imprimían la versatilidad de su propuesta; un frontis girado que dependiendo de la hora del día acentúa el contraste de luces y sombras y permite crear diferentes imágenes de su principal cara.

No menor fue actualizar el programa usual de las edificaciones de la cuadra, uno que se entiende al pensar en la manera de vivir del siglo pasado y que ponía las áreas de servicio hacia la calle Monjitas.

Había que integrar la ciudad al hotel. Por ello los arquitectos levantaron cuatro metros la construcción y la acristalaron de tal forma que se conectara el Parque Forestal y Monjitas, en una especie de túnel o como uno de los icónicos pasajes del centro entre dos calles. Esta transparencia visual enmarca el verde del parque o el pulso de la ciudad.

La luz natural es algo fundamental para otorgar calidez a los pasajeros. Optaron por seguir la misma línea que la edificación anterior, donde un patio central cruza las nueve plantas. Y para el subterráneo, nuevamente aparecen los arquetipos del centro de la ciudad, en donde la luz pasa por un suelo translúcido, por unos vanos situados en ambos accesos, al igual que muchos pasajes del centro otorgan luz interior a los pisos inferiores.

Puesta en escena

Si Nueva York tiene el Mercer o Smyth, y París sucumbe ante el Mama Shelter, ¿por qué Santiago no podía seguir el mismo camino con Ismael 312? Marcial Cortés-Monroy de Árbol de Color, quien dirigió el proyecto de interiorismo, cuenta que éstos son muy buenos ejemplos de hoteles urbanos para pasajeros que se instalan en él y tienen una vida muy vinculada a lo que hay alrededor. Esa complicidad entre el pasajero y la connotación urbana debía primar en las intervenciones. No hay cuadros. Los muros interiores, al igual que muchos en la ciudad, se transforman en el lienzo de grafitis, comenzando con el más espectacular de todos, el realizado por el artista Ramuntcho Matta, que recorre los nueve pisos del hotel a través del patio interior y donde se expone una interesante conversación de cómo era la vida en el hotel. “Una suerte de retiro, donde una maleta reduce tu vida. Es esa reducción y la experiencia de los iconos urbanos lo que está retratado en el mural”, explica. Los otros grafitis van desde las sombras de los árboles pintados tanto en la barra como en las habitaciones, donde son el único elemento decorativo, la señalética que indica los números de las habitaciones pintadas con letra manuscrita en cada piso, y por supuesto los mapas de Santiago y del barrio, donde este último recomienda los mejores lugares donde ir.

El resto de la decoración no sale de los blancos, grafitos y el color de la madera para acentuar el protagonismo del verde de las copas de los árboles del parque. Pero es en las zonas públicas del hotel donde mejor se puede percibir el pálpito de Ismael 312, que es “sentirse como en una pieza más de este histórico barrio”. Unos nuevos pasajeros que llegan junto a sus hijos; el vecino que está sentado hace un par de horas en la terraza con piezas industriales del París de los años 20; una joven pareja que disfruta de los libros visuales y hasta firmados por algunos autores que ya disfrutaron de las dependencias, como Isabel Allende; el hipster que recién está tomando desayuno en la cafetería (porque el desayuno está disponible las 24 horas del día) o el citadino que pasó a comprar un muffin y que se quedó pegado viendo la pantalla del notebook con hombres en overoles que literalmente van cambiando la hora minuto a minuto; o yo, que me devoro la última Wallpaper que está en la recepción. “One room, please”.