Los hermanos Carlos Ignacio y Alberto Cruz convirtieron un galpón de fines del 1800 que estaba en Aculeo, en una increíble casa en el lago Ranco. Lejos de lujos innecesarios, acá los protagonistas son los materiales nobles y el paisaje, que de día y de noche se roba la película.

 

En medio de un bosque de robles, junto al lago Ranco, los hermanos Carlos Ignacio y Alberto Cruz –arquitectos del Estudio Valdés– levantaron hace tres años esta casa, que se ha transformado en el refugio perfecto para sus familias. Pero su construcción no fue como cualquiera, y cuando la hicieron, ni siquiera se imaginaron que iban a terminar veraneando ahí.

La historia partió hace varios años, cuando Alberto y un amigo arquitecto se encontraron con un gran galpón, que había sido construido a fines del siglo XIX, en un campo en el área de Aculeo. El único problema era que se había caído para el terremoto, y estaba en el suelo. Pero con el ojo que sólo un par de arquitectos podría tener, decidieron comprarlo para reutilizarlo. Una mitad quedó en manos de dos amigos, y la otra mitad para Alberto y su hermano Carlos Ignacio, quienes decidieron trasladarlo hasta Ranco, a un terreno donde no había nada.

La idea era simple: convertirlo en un lugar para acopiar los materiales de las obras que tienen en la zona, pero de a poco el proyecto empezó a transformarse en algo más. “Estaba quedando tan bonito, que empezamos a decir: por qué no le ponemos ventanas, por qué no le ponemos además dos piezas, por qué no lo arreglamos un poco más…”, cuenta Carlos Ignacio. Entre arreglos y arreglos, finalmente el galpón se convirtió en una casa que es realmente un lujo: una construcción con buena altura, hecha con maderas viejas y rodeada de grandes ventanales, que la convierten en una “glass house rústica”, como le dice Carlos Ignacio, que se mezcla con el paisaje sureño sin problemas.

Para la construcción reutilizaron las puertas, los tijerales, y las maderas de revestimiento, y además usaron maderas nativas para el exterior, como laurel, álamo y pino. Como la idea era rescatar el carácter del galpón, tiñeron el cielo más oscuro, y así resaltaron los tijerales antiguos. “Todo el patrimonio eran estas cerchas blancas que estaban en el cielo, que igual rearmamos; les dimos otro dibujo. Es el único proyecto de reciclaje que hemos hecho acá en la oficina”, cuenta Alberto.

Además de las dos piezas, tienen un altillo, donde instalaron una cama matrimonial y dos camas chicas: ideal para recibir a todos los invitados. Pero en esta casa lo más importante son las áreas comunes. El comedor, el living y la cocina conforman el centro de la casa, y ahí es donde pasan la mayoría del tiempo. Ya han vivido tres veranos en la casa –cada uno se va tres semanas con su familia– y dicen que es el panorama ideal. La construcción también ha cumplido su objetivo inicial: ser el centro de operaciones para estos arquitectos, que tienen muchos proyectos en la zona. “La aprovechamos durante todo el año. A veces en familia y a veces solos, cuando nos tocan visitas de obra”, cuentan.

Para decorar la casa, la decisión fue muy simple: Alberto es socio de la tienda Palo Pintao, así es que todos los muebles los compraron ahí. “Con eso agarró harta onda”, dice. Incluso las lámparas y los accesorios son de la tienda.

Como la construcción está en medio de un bosque, más protegida del lago, acá se da una vida muy de campo. Además, como los ventanales son tan protagonistas, el interior y el exterior se mezclan sin problemas. Uno de los mejores panoramas es instalarse en la terraza, sin importar la hora. Durante el día, junto a la parrilla para disfrutar de un buen asado, y cuando cae la noche, la parrilla se transforma en fogón y el bosque se ilumina, transformándose en el mejor telón de fondo. Sólo se necesita una copa de vino.